7K - zazpika astekaria
IRITZIA

Ahuciar


Que cuando el mercado libre entre por la puerta todo salta por la ventana, no es ninguna novedad bajo un cielo plomizo donde el fascismo aúlla. Es solo una cruel constante histórica. La más simple de las tautologías. Pura reiteración canalla, como capitalismo caníbal. Decía Brecht que había muchas maneras de matar -“Quitarte el pan / No curarte de una enfermedad / Meterte en una mala vivienda / Empujarte hasta el suicidio (...) / Solo pocas de estas cosas están prohibidas en nuestro Estado”-.

Es verdad que a veces lo improbable sucede, lo hundido sale a superficie inesperadamente y, de repente, un nombre -Maricarmen- habla por tantos ausentes olvidados. También pasó con la primavera árabe tunecina: la inmolación del vendedor ambulante Mohamed Bouazizi prendió la chispa que socavó la dictadura de Ben Ali. Pero poco antes de él, otros tantos jóvenes en paro se habían segado la existencia porque sobrevivir ya les costaba la vida. Días antes de morir Maricarmen en el hospital, Olga se suicidaba en Hospitalet de Llobregat. Había sido desahuciada por el fondo buitre Cerberus. Y solo veinte días después, Javier, un zapatero del mismo municipio, se quitaba la vida porque no le iban a renovar el contrato de su local. Las muertes de Olga y Javier en septiembre del 2026 me llevaron a golpe jirones, sin solución de continuidad, a la muerte de Miguel en noviembre de 2010 en el mismo Hospitalet, convertido entonces en el primer suicidio documentado como consecuencia del tsunami silente de la especulación inmobiliaria. Miguel ocupaba un piso vacío de protección oficial, pidió un último mes de demora y, ante la negativa, se ahorcó en un parque público.

Uvas de la ira, la diferencia entre el suicidio de Miguel y el de Olga solo es, tristemente, temporal. Sus respectivas ex-casas están todavía a un cuarto de hora a pie. Pero median entre ambas muertes por desesperación 16 años, 400.000 desahucios en los Països Catalans, 285.000 millones en beneficios netos de la banca y más muescas de vidas que ya no son ni están. En cambio, lo inmutable es que en 2010, el parque público de vivienda social en Catalunya estaba por debajo del 2%, muy distante de la media europea del 15%. En 2026, sigue estando exactamente ahí: bajo el umbral del 2%. Y aún más: solo en la demarcación de Barcelona, hasta 2040, se perderán 50.000 pisos de protección por arte mercantil del birlibirloque. Y eso lo explica casi todo. Por ejemplo, que los que ahora corren a decirnos que salgamos pitando a salvar la democracia son los que llevan años demoliéndola. Y en la frustración, el miedo o la impotencia democrática de ver que la democracia no democratiza casi nada, surgen o bien las esperanzas jamás vencidas o mal, los monstruos ya conocidos. Todo radica en la diferencia etimológica radical entre desahuciar y su contrario. Porque ahuciar remite al hecho de esperanzar o dar confianza. Mientras la democracia desahucie, desahuciados estaremos. Y mientras eso suceda, ahuciémonos todos -en la lucha final-.