2026 URR. 25 ARKITEKTURA Trazar la naturaleza En una época en la que se busca dar prioridad a zonas verdes en las ciudades, al sur de Estocolmo destaca un proyecto de más de un siglo de antigüedad. A lo largo de más de cien hectáreas, se alternan caminos y zonas arboladas donde cohabitan un cementerio y zonas de paseo. Diferentes zonas de Skogskyrkogården, donde cohabitan la geometría rígida de los cementerios tradicionales y caminos, colinas y masas arbóreas. (Francisca Gual Ors) Francisca Gual Ors {{^data.noClicksRemaining}} Artikulu hau irakurtzeko erregistratu doan edo harpidetu Dagoeneko erregistratuta edo harpideduna? Saioa hasi ERREGISTRATU IRAKURTZEKO {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Klikik gabe gelditu zara Harpidetu {{/data.noClicksRemaining}} La arquitectura encuentra otras maneras de habitar el paisaje cuando deja de entenderlo como algo que debe transformar. En un momento en que las ciudades buscan recuperar zonas verdes y reconciliarse con sus ecosistemas, Skogskyrkogården, el Cementerio del Bosque de Estocolmo, ofrece un buen ejemplo de ello. Concebido hace más de un siglo, el proyecto integra la naturaleza en la estructura urbana, haciendo del paisaje el principio que ordena el complejo y define sus recorridos. Situado al sur de Estocolmo, el conjunto nació de un concurso internacional convocado en 1914 y que fue ganado por los arquitectos suecos Gunnar Asplund y Sigurd Lewerentz. Las obras comenzaron en 1917 y el recinto se inauguró en 1920, aunque su desarrollo continuó hasta 1940. El lugar elegido, una antigua zona de extracción de grava repleta de pinos, ofrecía un terreno irregular cuya topografía y vegetación se convirtieron en los principales materiales del proyecto. Frente a la geometría rígida de los cementerios tradicionales, los arquitectos propusieron una composición en la que claros, caminos, colinas y masas arbóreas construyen una secuencia de ámbitos abiertos y recogidos. El paisaje funciona como una infraestructura espacial. Los senderos atraviesan la formación boscosa sin imponer una trama excesivamente regular, los claros interrumpen la continuidad de los árboles y las pequeñas edificaciones aparecen integradas en el contexto. La Capilla del Bosque, diseñada por Asplund e inaugurada en 1920, y la Capilla de la Resurrección, proyectada por Lewerentz y terminada en 1925, muestran dos maneras distintas de relacionar lo construido y el entorno natural. En ambas, la escala y la materialidad encuentran su medida en el pinar, al que no pretenden imponerse. La experiencia del conjunto reside también en su condición de espacio público. A lo largo de sus más de cien hectáreas, la alternancia entre caminos y zonas arboladas permite experimentar el tiempo y las estaciones a través de cambios de luz, texturas y colores. Aunque conserva su función funeraria, el recinto forma parte de la vida cotidiana de la capital sueca y ofrece una forma de contacto con la naturaleza dentro del tejido metropolitano. En 1994, la UNESCO lo incorporó a la Lista del Patrimonio Mundial, reconociendo tanto su calidad paisajística como su influencia internacional en la concepción de los cementerios. Un año después recibió el premio Carlo Scarpa per il Giardino, distinción dedicada a la cultura del paisaje. Skogskyrkogården demuestra que la arquitectura también puede intervenir desde la contención, trazando un lugar sin borrar las cualidades que lo hacen singular, reconociendo sus posibilidades y estableciendo las condiciones para que estas se manifiesten. Más que diseñar un bosque, sus autores supieron encontrar en él una forma de ciudad, una suerte de espacio colectivo donde el medio natural, la intervención arquitectónica y la vida urbana conviven en equilibrio. A lo largo de sus más de cien hectáreas, la alternancia entre caminos y zonas arboladas permite experimentar el tiempo y las estaciones a través de cambios de luz, texturas y colores