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GUERRILLEROS DEL CARBONO

BLOCKADIA

Bienvenidos a Blockadia. No es un punto geográfico en el mapa, sino más bien un concepto, pero sus habitantes son reales y viven (o más bien, pelean) como si fueran «guerrilleros del carbono» en la batalla medioambiental declarada en todo el planeta. Blockadia es «una zona transnacional e itinerante de conflicto que está aflorando con frecuencia e intensidad crecientes allí donde se instalan proyectos extractivos con la intención de excavar y perforar, ya sea para abrir minas a cielo abierto, ya sea para extraer gas por el método de fracturación hidráulica, ya sea para construir oleoductos que transporten el petróleo obtenido de las arenas bituminosas», explica la activista y periodista canadiense Naomi Klein en su “Esto lo cambia todo. El capitalismo contra el clima”, un ensayo convertido en best seller, con el que da un sopapo bien fuerte al sistema.


Fijémonos por un momento en el mapa del mundo. Salpicados por aquí y por allá veremos que hay declarados conflictos y guerras, pero si nos alejamos un poco más y ampliamos el foco, visualizaremos una batalla global que va más allá de cuestiones nacionales o religiosas, aunque tenga mucho que ver con la Tierra y las creencias. Es la batalla climatológica, en la que nos jugamos la continuidad del planeta y que enfrenta, dicho de forma simple y crudamente real, de un lado a una minoritaria élite económica y política y, del otro lado de la barricada, a una gran masa con una avanzadilla liderada por los movimientos indígenas y locales. La escena la plantea la activista y periodista canadiense Naomi Klein, quien cada década sacude conciencias con un ensayo, convertido esta vez en un best-seller planetario. En los cinco años que duró la investigación de su “Esto lo cambia todo. El capitalismo contra el clima”, Naomi Klein viajó por Canadá, Estados Unidos y Europa para documentarse sobre el movimiento climático incipiente que se da en todo el mundo, lo que ella ha definido como Blockadia, y llegó a una conclusión, que es la que resume de alguna manera el proyecto del que forma parte “Esto lo cambia todo”: «Olvida todo lo que crees saber sobre el calentamiento global –preconiza la publicidad del libro–. La verdad incómoda es que no estamos hablando de carbono, sino de capitalismo. La parte buena es que podemos aprovechar esta crisis existencial para transformar nuestro fracasado sistema económico y construir algo radicalmente mejor». Por cierto, Klein confía más en el ecologismo de los pobres que en las grandes organizaciones verdes, a las que da un buen repaso.

Una gran masa de perdedores. Periodista, columnista habitual de medios como “The New York Times”, “Rolling Stone”, “The Nation” y “The Guardian”, Naomi Klein es, pese a su juventud, una investigadora muy reconocida y con un peso importante en los mass media norteamericanos. De hecho, la revista “New Yorker” ha dicho ella que «es la figura más visible e influyente de la izquierda estadounidense. Es actualmente lo que Howard Zinn y Noam Chomsky treinta años atrás». El hecho es que cada libro que escribe, realizado a modo de gran reportaje de investigación, es un revulsivo al sistema. “Esto lo cambia todo” se puede considerar el cierre de una trilogía que arrancó con “No Logo” (2000) –un estudio sobre la publicidad y el consumo a nivel global–, al que siguió “La doctrina del shock” (2007), un libro traducido a más de 25 idiomas, llevado también al cine por el cineasta Michael Winterbotton y nombrado en 2011 por la revista “Time” como uno de los mejores libros de no ficción publicados desde 1923. La publicación en setiembre de 2014 de “Esto lo cambia todo” fue un éxito instantáneo. Ha sido traducido a más de veinte idiomas y ha aparecido en multitud de listas de los libros más vendidos.

«‘La doctrina del shock’ analizaba de qué modo explota sistemáticamente el poder capitalista las crisis con el fin de imponer políticas que enriquecen a una élite restringida desmantelando toda regulación, procediendo a recortes de los gastos sociales y privatizando a gran escala el sector público –declaraba recientemente al semanario parisino “L’Obs”–. Escribiendo este libro, he descubierto que el calentamiento climático es la última crisis hasta la fecha que se convierte en objeto de este género de explotación: se me hizo evidente cuando estuve en Nueva Orleans tras el paso del huracán Katrina y observé lo que describo como ‘apartheid social’. A juzgar por la evidencia, se van a explotar los ‘shocks’ creados por los cambios climáticos para crear una sociedad cada vez más desigual, apoderándose de una parte todavía más importante del sector público y arremetiendo contra los derechos de la mayoría de los ciudadanos. Habrá un pequeño grupo de grandes ganadores y una gran masa de perdedores».

Un Plan Marshall para la Tierra. En Ginebra, en abril de 2009, la joven embajadora de Bolivia ante la Organización Mundial del Comercio (OMC), Angélica Navarro Llanos, explicaba a Naomi Klein su misión: dado que países como el suyo no habían contribuido a que se disparasen los niveles de emisiones contaminantes en el mundo, debieran de ser considerados como «acreedores climáticos». No fructificó, pero.... «si un número suficiente de todos nosotros dejamos de mirar para otro lado y decidimos que el cambio climático es una crisis merecedora de niveles de respuesta equivalentes a los del Plan Marshall, entonces no hay duda de que lo será y de que la clase política tendrá que responder, tanto dedicando recursos a solucionarla como reinterpretando las reglas de libre mercado que tan flexiblemente sabe aplicar cuando son los intereses de las élites los que están en peligro», escribe Klein.

Y es que en su investigación del movimiento climático incipiente, la analista se dio cuenta de que el cambio climático puede servir de catalizador para una transformación social democrática radical. Supondría una oportunidad histórica para los movimientos sociales para convertirse en un movimiento de masas global. «La buena nueva es que este movimiento lleva ya en marcha desde hace mucho tiempo: no partimos de cero –declara–. Por todo el mundo, se ven crecer poderosas organizaciones que luchan por el clima y la justicia energética: logran victorias importantes como la prohibición de la explotación del gas de esquisto o la espectacular transición energética en curso en Alemania. Se ve igualmente en Gran Bretaña, en donde el movimiento contra la austeridad está llegando a una confluencia con los ecologistas que luchan por una mayor ‘justicia climática’: juntos reclaman ‘un millón de empleos por el clima’. Por lo demás, la verdadera apuesta no consiste tanto en poner en pie un gigantesco movimiento totalmente nuevo sino en lanzar pasarelas entre las organizaciones ya existentes. Cuando los habitantes de Río de Janeiro o de Sao Paulo reclaman transportes colectivos gratuitos y eficaces, poco importa que no se consideren militantes ecologistas. Lo son en los hechos, porque lo que exigen contribuye a reducir la circulación automovilística. Se pueden multiplicar los ejemplos. Espero que haya convergencia entre el movimiento obrero, el movimiento contra la austeridad y los movimientos ecologistas para una acción justa y concertada a favor del abandono de las energías fósiles».  

 

De Bolivia, a Grecia pasando por Canadá. En su investigación, Naomi Klein y su equipo han estado en bloqueos como el protagonizado por el pueblo de Skouries (Grecia) contra la minería de oro a cielo abierto de la empresa canadiense Eldorado Gold –Syriza prometió que lo pararía cuando llegase al poder–, el de los campesinos de Pungesti (Rumanía) contra el proyecto de Chevron para un pozo de gas de esquisto y en la lucha de los micmac canadienses contra el proyecto de fracking en Nuevo Brunswick (Canadá), donde fueron testigos de escenas que les recordaban «más a situaciones de guerra civil que de protesta política». La Policía y los Gobiernos, ya se sabe de qué lado suelen estar. El viaje durante estos cinco años ha tenido otras muchas paradas: en la campiña británica diciendo no al fracking, en el Ártico con los activistas de Greenpeace, en la Mongolia interior contra los planes de una mina de carbón a cielo abierto, en la devastación de las arenas bituminosas de Alberta (Canadá), en la lucha de resistencia contra los megaproyectos de oleoductos en Estados Unidos –en la que se han unido «vaqueros e indios»– y.... precisamente Naomi Klein «roba» el nombre de Blockadia al grupo de acción directa Tar Sands Blockade. Fue este movimiento quien acuñó este término en 2012 para definir el bloqueo de 86 días llevado a cabo contra la tala de árboles, con el fin de obstaculizar la construcción del oleoducto Keystone en el este de Texas.

Un panorama desperdigado que le hace reflexionar sobre cómo la prensa convencional se ha hecho eco de estas acciones caracterizándolas como protestas aisladas contra proyectos concretos, pero «todos esos escenarios de resistencia se conciben cada vez más a sí mismos como parte de un movimiento global». Por tanto, son «parte de un relato transnacional de resistencia a una crisis ecológica común».

Los verdes y sus pecadillos. ¿Pero el movimiento verde de toda la vida? Provocadora y directa, Naomi Klein le da un buen varapalo; no a todo el movimiento en sí, pero sí denuncia «la desastrosa fusión entre la gran empresa y las grandes organizaciones ecologistas» y una cierta relajación de formas y objetivos. Pone un ejemplo: la internacional Nature Conservancy, famosa por comprar extensiones de terreno para convertirlas en reservas, extinguió la población de pollos de las praderas de Attwater que se suponía protegía... al ¡abrir pozos de hidrocarburos en su reserva! Klein sostiene, por tanto, una vuelta al ecologismo de los 60 y 70, a la época de luchas como la de Rachel Carson, una forma de hacer que se diluyó con la llegada de la época neoliberal de Ronald Reagan.

La autorregulación del mercado se convirtió entonces en dueña y señora, pero la crisis financiera y económica ha terminado por ponerlo todo en claro: en la cumbre sobre el clima en Copenhague en 2009, que tanta frustración generó, se estableció el límite del aumento de la temperatura a dos grados, pero el acuerdo no era vinculante y todo quedó en agua de borrajas. La caída de esta ilusión hizo que el movimiento verde madurara y que se diera cuenta de que fue un error desmovilizarse después de la elección de Obama: debían de haber permanecido en las calles, porque nunca se debe de bajar la guardia. La cuestión es que los gobiernos del mundo han sido incapaces de solucionar el problema debido a que no quieren verse amenazados por una «élite minoritaria» que domina la economía y la política, prácticamente, de todo el planeta.

El amor nos salvará. Se puede decir que hay dos procesos paralelos aquí: uno, vital –Naomi Klein también intentaba quedarse embarazada mientras escribía el libro; lo consiguió tras sufrir 18 abortos– y el otro, intelectual, porque “This Chages Everything” es también un proyecto de plataforma multidisciplinar, cuya punta de lanza es el libro, pero que tiene más ramificaciones. Una es el documental dirigido por Avi Lewis que está previsto que se estrene este otoño –hay un adelanto colgado en youtube– y otra es Beautiful Solutions, un lugar donde se buscan nuevas soluciones a los problemas económicos que tenemos delante. En un país en el que empiezan a tomar fuerza movimientos como la desinversión en combustibles fósiles, Naomi Klein aparece como miembro de la junta directiva de 350.org –la organización ecologista internacional dirigida por Bill MacKibben, cuyo objetivo es crear un movimiento de base global para reducir las emisiones de dióxido de carbono– y ha mostrado hace poco su apoyo a The Next System Project, una iniciativa copresidida por Gar Alperovitz, profesor de Política Económica de la Universidad de Maryland, y el veterano ecologista Gus Speth, e impulsada por, entre otros, el actor y activista Danny Glober. Esta iniciativa plantea un debate nacional en EEUU, con la participación de investigadores, teóricos y activistas para buscar nuevos sistemas, convencidos de que «el sistema económico político de hoy no está programado para asegurar el bienestar de las personas, el lugar y el planeta»

La conexión vasca. La 21 conferencia de la Convención de las Nacionales Unidas sobre el cambio climático que tendrá lugar en París-Le Bourget en diciembre es la gran cita del año... y la gran duda. «La idea es reforzar todas las batallas y proposiciones transformadoras que iniciativas como Blockadia y Alternatiba puedan encarnar. Tras las manifestaciones masivas del 21 de setiembre pasado en Nueva York, París 2015 podría ser algo así como un ‘Seattle de las falsas soluciones’ o una ‘Cochabamba de la transición ecológica y social’», preconiza la plataforma de organizaciones ecologistas francesas Attac.org. ¿Pero... Alternatiba? En octubre de 2013, la asociación vasca Bizi! y una docena de organizaciones sociales de ambos lados de la muga crearon lo que se llamó Alternatiba, una especie de aldea en la que se dan a conocer alternativas concretas como medios de trasporte alternativos, eco-construcción... Su objetivo: demostrar que hay soluciones locales y a pequeña escala. De ahí surgieron más, y hoy en día en Europa se están organizando cuarenta Alternatibas, mientras que en los próximos meses se esperan que surjan más en el Estado francés. También las hay en Bélgica, Suiza, Austria, Rumanía, y en Tahití.

En lo que queda de año parece que vamos a vivir fechas intensas en temas de movilización internacional. Por citar algunas: en EEUU, el décimo aniversario del huracán Katrina, con actos a través del país; en Alemania, contra el G7... y del 13 al 19 de julio, en Subilla (Araba), la acampada internacional contra el fracking.



El planeta está j*d*d*. En diciembre de 2012, la conferencia de Brad Werner, un geólogo de llamativo cabello de color rosa, era lo que más curiosidad suscitaba en la reunión de la Unión Geofísica Americana en San Francisco. Se titulaba “¿Está la Tierra jodida?”. Werner dio todo tipo de datos, teorías... y el resultado quedaba bastante claro. Narra Naomi Klein: «Cuando un periodista presionó a Werner para que diera una respuesta clara a la pregunta de si está la Tierra verdaderamente «j*d*d*», él dejó el argot especializado a un lado y contestó: ‘Más o menos’. Sin embargo, en su modelo se incluía una dinámica que ofrecía cierto resquicio a la esperanza. Werner la llamó ‘resistencia’». Esta incluiría la acción ecologista directa, la resistencia desde fuera de la cultura dominante, como se produce en las protestas, bloqueos y sabotajes de los pueblos indígenas, obreros, anarquistas y otros grupos de activistas. Esa «fricción» es la que más posibilidades tiene, dijo, de frenar la máquina económica, que se precipita fuera de control.

O sea, que ya no será suficiente con cambiar las bombillas de nuestras casas. No nos salvarán ni los grandes benefactores –el capítulo dedicado al presidente de la Virgin es cáustico–, ni marcharnos a Marte. Ahora es preciso cambiar el mundo antes de que el mundo haga que tengamos que saltar en marcha. Y no hay donde caer en blando, ya me entienden.