2015 URR. 18 RUSSIA ARMS EXPO El supermercado ruso de la guerra Una ciudad remota de los Urales acogió a mediados de setiembre la décima edición de la Russia Arms Expo, la feria internacional de armamento pesado ruso. Un escenario discreto y privilegiado para asomarse a los conflictos bélicos del futuro. Alba Muñoz {{^data.noClicksRemaining}} Artikulu hau irakurtzeko erregistratu doan edo harpidetu Dagoeneko erregistratuta edo harpideduna? Saioa hasi ERREGISTRATU IRAKURTZEKO {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Klikik gabe gelditu zara Harpidetu {{/data.noClicksRemaining}} Vladimir Putin ha vuelto. Después de casi cinco años de conflicto, la intervención rusa en Siria ha supuesto un cambio de dirección en las estrategias de las potencias aliadas. Tras meses de aislamiento internacional por el conflicto en Ucrania, el Ejecutivo ruso ha desembarcado en el tablero de juego y ahora nadie va a hacerle marchar. El Kremlin busca protagonismo y alianzas en la lucha contra el Estado Islámico, poner tierra sobre el conflicto en Ucrania y, por qué no, levantar parte de las sanciones impuestas por Occidente. No es un capricho: el hundimiento económico del país a consecuencia de las mismas está afectando a la popularidad del presidente. Pocos saben que antes del desembarco en Siria, tuvo lugar una fiesta en Rusia, un acontecimiento vital para el Kremlin y sus planes de futuro. Incluso los más inmediatos. Sucedió el pasado setiembre en Nizhny Tagil, una ciudad remota de los Urales, en cuyos bosques se celebró la décima edición de la Russia Arms Expo (RAE), la mayor feria de armamento pesado del país y una de las más importantes del mundo. La exposición compite con Eurosatory, su equivalente europeo, que se celebra cada dos años en París. Hasta allí se desplazaron centenares de compradores de armas, empresarios privados y delegaciones de numerosos países, los mismos que han situado a Rusia en el segundo puesto mundial como exportador después de Estados Unidos. En su mayoría proceden de países fuera de la órbita de la OTAN. La localización de la feria no es fruto del azar: Nizhny Tagil, una ciudad altamente contaminada y rodeada por grandes extensiones de abedules, alberga la mayor fábrica de tanques del mundo. Es propiedad de la empresa Uralvagonzavod, un símbolo industrial ruso y orgullo de los Urales. Unas recientes imágenes por satélite han desvelado que seis tanques T-90, el producto estrella de la fábrica y cuyo último modelo se presentó en la Russia Arms Expo, han sido desplazados hasta la base que los rusos tienen en la ciudad costera de Tartus (Siria). Con una extensión de 400.000 metros cuadrados, que incluye un campo de pruebas militares, el Kremlin no escatimó esfuerzos para convertir este gélido paraje en un brindis por las guerras del futuro y en una prueba de su propia fortaleza política. La feria de Nizhny Tagil se convirtió en un escenario discreto para los comerciantes de armas a nivel mundial. Tanques para todos. Cuatro cazas MiG-29 sobrevuelan las cabezas de los asistentes en forma de bienvenida. Varias parejas de azafatas adolescentes con la piel de gallina por el frío se pasean entre los presentes para compensar el estallido ensordecedor. Según cifras de los organizadores, 50.000 personas procedentes de 65 países han visitado la feria de novedades de armamento «Made in Rusia». En los pabellones, los comerciales explican desde sus expositores las propiedades de cada misil y granada, incluso la eficiencia de distintos tipos de metralla. Utilizan eufemismos como «target», «alcance», «objetivos» y «defensa». La artillería y los últimos avances en sistemas de detección del enemigo se diseccionan en maquetas de alta precisión técnica. Todas las armas se exhiben sin reparos, pero el enemigo, el receptor imaginario de aquella potencia destructiva, nunca aparece en las conversaciones. Aunque muchos comerciales reconocen que sus productos están «activos» en varias zonas del mundo, ninguno señala un punto del mapa: «No estamos autorizados a hablar de nuestros clientes», contesta la representante de una empresa de proyectiles para tanques. La zona más transitada de la feria es la exposición de carros de combate. Es aquí donde las delegaciones de países extranjeros se dejan ver mientras hacen preguntas a sus guías en voz baja. Podría decirse que el comercio de armas se escenifica en un inmenso parking de tanques lustrosos y cañones móviles que apuntan a una fracción indeterminada del horizonte, vigilados por operarios a quienes no les hace ninguna gracia ser el objetivo de las cámaras. Un pequeño grupo de diplomáticos chinos se pasea con la tranquilidad y la concentración de quien valora la compra de una autocaravana para irse de vacaciones con la familia. La comitiva de generales de la República de Boswana se muestra muy interesada por un lanzacohetes y toma notas en una libreta, hasta que una joven rubia decide escalar la máquina para posar con la mano como visera. Jayanti Chandrasekar, vicepresidenta de la empresa india D’gipro, afirma haber venido solo por un motivo: «Me interesa mucho el último modelo de tanque T-72». De hecho, uno de los acuerdos oficiales más importantes durante la Russia Arms Expo ha sido el alcanzado precisamente con India, aliado y cliente desde hace medio siglo. Adquiere repuestos para los tanques T-72 y vehículos de combate. Carlos Pestano, general del Ejército de Venezuela, parece alegrarse de oír castellano y explica el motivo de su visita: «Vemos esta feria con mucho agrado. Hemos sido invitados por nuestro aliado estratégico, con quien mantenemos un acuerdo de cooperación». Ante la pregunta de si es cierto que Venezuela podría ser el primer país en fabricar armas rusas fuera de sus fronteras, Pastano ni desmiente ni confirma. «Aún no estamos en ese punto, lo estamos negociando». Entre las delegaciones destacadas de este año se encuentran Sri Lanka, Malasia, India, Bielorrusia, Vietnam, Emiratos Árabes, Cuba y Congo. Pero el único invitado estrella es, sin duda, Arabia Saudí, el mayor comprador de armas del mundo y que visita la feria por primera vez. Aunque a día de hoy no se ha materializado ningún acuerdo entre esta monarquía absoluta y Rusia, su presencia en la Russia Arms Expo supone la tercera visita de una delegación saudí a un mercado de armamento ruso en menos de seis meses. Y podría llegar a significar un cambio relevante: una alianza estratégica con Rusia soslayaría las evidentes tensiones que los saudíes mantienen con Siria e Irán, clientes y aliados del Kremlin. La guerra, festividad nacional. A mediodía, las puertas de la feria se abren al público. Una banda de música comienza a desfilar entre los pabellones. Bombos y platillos advierten de que se acerca la hora de la exhibición en el campo de pruebas. Está anunciado el discurso del primer ministro, Dimitri Medvedev. De pronto, una riada de gente inunda los pabellones y rodea los carros de combate. Familias enteras entran por turnos en los tanques y camiones, como si estuvieran en un parque de atracciones. Forman cola para hacerse una foto sosteniendo un lanzagranadas RPG, mientras un campo de tiro virtual empieza a recibir a los visitantes ansiosos por probar sus habilidades con el gatillo. Los de más edad pasean por un pequeño mercadillo de folclore nacional, en el que se pueden encontrar botellas de vodka con forma de fusil Kalashnikov, petacas, ropa corporativa de marcas armamentísticas, dulces tradicionales y todo tipo de merchandising, tanto de la época comunista como de la del presidente Putin. Un pequeño puesto de helados sirve centenares de cucuruchos en pocos minutos, a la vez que la gente se agolpa para entrar en las gradas, con algunas personas agitando pequeñas banderas nacionales de plástico. Las vigilantes de seguridad femeninas, todas con tacones y plataformas, no parecen compartir la emoción y descansan los pies como flamencos, mientras intentan apaciguar al gentío. Y comienza el espectáculo. Después de una demostración de danza tradicional, suena el himno nacional y el público se pone en pie. El primer ministro sigue el camino marcado por una alfombra roja y sube a un solitario atril para pronunciar un escueto discurso. Aplausos tímidos y protocolarios. Acto seguido, desde las pantallas, se proyecta un cortometraje de acción rodado expresamente para la Russia Arms Expo, cuyo guion es, a grandes rasgos, el siguiente: unos diplomáticos rusos interceptan la amenaza de un ataque terrorista y mantienen una conversación por teléfono. Hay que hacer algo, y ya. La ficción bélica funde a negro y se fusiona con el escenario real. Delante del público, miles de hectáreas de explanada y bosque aparecen listas para recibir su merecido. Los puntos amarillos son los atacantes a los que hay que eliminar. Una hilera de tanques empeza a desfilar y hace retumbar el valle entero con sus disparos. Salen helicópteros, cañones autopropulsados, vehículos de asalto anfibio; varios misiles vuelan las casetas amarillas por los aires. Objetivo exterminado. Los tanques Armata. La feria de armamento ruso ha sido mucho más que un mercado de herramientas mortíferas para poderosos: también ha sido un acontecimiento de reafirmación de la identidad nacional y de propaganda política. Al contrario de lo que muchos europeos podríamos imaginar, el fusil de asalto AK-47, popularmente conocido como Kaláshnikov, no es el arma más famosa y amada de Rusia. Son los tanques Armata, el modelo más puntero fabricado recientemente en Nizhny Tagil. Para comprender el orgullo popular que concentra este carro de combate, hay que tener en cuenta que más de 7.000 hombres trabajan fabricándolo desde hace décadas. En Nizhny Tagil, todo el mundo tiene un familiar o un amigo en la plantilla de Uralvagonzavod y conoce el riesgo laboral que entraña. Si no trabaja en los tanques, lo hará en cualquiera de las más de 600 fábricas (entre ellas, muchas siderurgias) que pueblan esta ciudad de 300.000 habitantes y que cada día tiñen su cielo de un humo blanco y de óxido. La industria de armas es quizá el sector más inalterable de la economía rusa y necesita seguir siéndolo ahora que el país atraviesa por momentos difíciles. La caída en picado del precio del petróleo (de 104 a 50 dólares en doce meses) se combina con la ralentización del crecimiento de China, y las sanciones impuestas por Occidente como consecuencia de la guerra en Ucrania han herido gravemente la economía del país, que se ha contraído un 4,6% solamente de abril a junio. En este contexto, la Russia Arms Expo ha servido a Putin para dar un golpe en la mesa. Con este evento, el Kremlin ha conseguido demostrar que no necesita a Occidente para seguir manufacturando y comercializando grandes cantidades de armamento, compitiendo estrechamente con su enemigo histórico, Estados Unidos. Para Vadim Badin, uno de los directivos de la empresa de helicópteros de guerra Aerotrans, a su país no le afectan los castigos de Europa y Estados Unidos. A pesar de que tienen restringida la compraventa de material militar ruso, se muestra optimista: «Estamos dirigiendo nuestras ventas hacia el sudeste asiático. Las sanciones no nos afectan». Muchos analistas internacionales confirman esta tendencia al alza: en 2014, los gastos militares de Rusia aumentaron un 8% respecto al año anterior, según el Stockholm International Peace Research Institute (Sipri). Las exportaciones también batieron el récord el año pasado y se situaron en 13.200 millones de dólares. En 2014, la Feria de Armamento Rusa cerró acuerdos por un valor de 2.000 millones de dólares. Todo apunta a que este año se superará esta cifra. Pero las armas, como ocurre en Estados Unidos, también son un poderoso símbolo de patriotismo e identidad nacional. Desde la Guerra Fría, los rusos entienden el poder militar como un escudo defensivo necesario, como un rasgo de fortaleza política ante sus poderosos enemigos. Como algo que les mantiene en pie como nación y les da de comer. Una de las conferencias más curiosas de la feria gira en torno al marketing armamentístico. Para Alexandra Tsvetkova, una joven experta en videojuegos de simulación bélica, las marcas en la industria defensiva no son solo un elemento más del producto, sino una forma de poder político: «A los gamers rusos les fascinan las armas que fabrica su país. Se identifican con ellas, porque son eficaces, fiables y fáciles de usar, llevan a la victoria». Tsvetkova menciona unos estudios sobre redes sociales, según los cuales la mayoría de la población apoya al Ejército y cree que en caso de guerra, este les protegería. No deja de resultar sorprendente que la grandeza del pasado soviético forme parte de esa cultura. Los símbolos comunistas se entrelazan con un imaginario de “La Guerra de las Galaxias”. De hecho, uno de los espectáculos más atractivos de la feria lo constituye la lucha entre cuatro brazos robóticos armados con espadas láser, con la banda sonora de la saga de George Lucas de fondo. También destacan las mascotas de esta edición de la Russia Arms Expo: unos fascinantes dinosaurios-cyborg de apariencia letal. Son ficticios, pero podrían ser reales. Lo importante –y preocupante– es que el ciudadano desee verlos, algún día, hechos realidad.