2016 URT. 24 Sergei lavrov Serguei Lavrovel. Pilar diplomático de la Rusia actual El actual ministro de Asuntos Exteriores, Serguei Lavrov, lleva más de veinte años en la vanguardia de las relaciones internacionales rusas. Es una figura fundamental de la política exterior del país en la época del Gobierno de Vladimir Putin. Representante de la Rusia moderna, pero reaccionaria ante Occidente. Pablo González {{^data.noClicksRemaining}} Artikulu hau irakurtzeko erregistratu doan edo harpidetu Dagoeneko erregistratuta edo harpideduna? Saioa hasi ERREGISTRATU IRAKURTZEKO {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Klikik gabe gelditu zara Harpidetu {{/data.noClicksRemaining}} Serguei Viktorovich Lavrov nació en Moscú el 21 de marzo de 1950. Es el ministro de Exteriores de Vladimir Putin y uno de los pilares icónicos de su Gobierno. Popular tanto por la política exterior llevada a cabo por su ministerio, orientada a la restauración de Rusia como gran potencia, como por su personalidad y manera de expresarse, no siempre acordes al protocolo. Un diplomático de carrera que, sin duda, dejará marca en las relaciones internacionales de su país. Es uno de los altos cargos mejor valorados por los ciudadanos rusos, solo por detrás del presidente Putin, el primer ministro Medvedev y el único ministro por delante suyo, el de Defensa, Shoigu. Su imagen es un tanto atípica para los políticos rusos, debido a su tez morena, su altura de 1,85 y su buen estado físico. Su estilo sobrio, pero elegante, es otro de sus activos que gusta entre la población. Sin embargo, en lo que Lavrov destaca especialmente, junto a otros políticos populares rusos como Putin, es en su retórica. No duda incluso en utilizar expresiones poco diplomáticas cuando las condiciones así lo requieren. Estas cualidades ya le han permitido ser el ministro de Exteriores ruso con más tiempo en su cargo y, si le añadimos la época soviética, solo le supera el mítico Andrei Gromyko. La continuidad de los altos cargos rusos no ha sido demasiado larga, a excepción del presidente, de los cuales ha habido únicamente tres; por lo tanto, mayor es el mérito de Lavrov, el cuarto ministro de Exteriores desde el fin de la URSS y el único designado por Putin. Antes de ser ministro fue el representante ruso ante la ONU, donde se ganó la fama de ser un duro rival diplomático. Los amigos de toda la vida. Su trayectoria profesional empieza bastante antes. Lavrova es el apellido de su madre, una funcionaria soviética de rango medio. De su padre poco se sabe, era un armenio de Tbilisi, capital de Georgia, posiblemente de ahí viene su tono de piel algo más bronceado de lo normal entre los rusos. Oficialmente Lavrov se considera étnicamente ruso, como otros tantos ciudadanos soviéticos de familias mixtas en las que no se daba demasiada importancia a la nacionalidad y, en caso de elegir una, se prefería la rusa. Entró en MGIMO, la universidad para formar futuros diplomáticos, a finales de los sesenta. Ahí estudió inglés, francés y cingalés. Durante su época de estudiante, conoció la vida soviética plenamente y se integró en el sistema. Nada más ser admitido en la universidad, incluso antes de que empezaran las clases, como él mismo cuenta, participó en la construcción de la torre de Ostankino, los estudios centrales de la televisión estatal rusa. «Aunque realmente yo no construí nada, me dediqué a cavar el enorme agujero que serviría luego para el fundamento». Este duro trabajo físico ocasional era común entre los universitarios en la URSS durante sus vacaciones. Ir a sacar patatas o recoger coles no tenía demasiado que ver con las futuras profesiones de los estudiantes, pero les permitía hacer amistades para toda la vida y recorrer los vastos territorios del país. Lavrov visitó territorios como Yakutiya, en la Siberia oriental; Tuvá, en la frontera con China o el Extremo Oriente ruso. Allí se aficionó al deporte del rafting. Se comenta que cuando Putin le ofreció el cargo de ministro de Exteriores en 2004, impuso la condición de poder tomarse cada año unos días para ir con sus amigos a practicar descensos por los ríos del país. Son amigos que hizo en sus años de estudio en su mayoría y que a día de hoy ocupan importantes cargos, tanto en el Ministerio de Asuntos Exteriores (MAE) ruso como en el mundo de los negocios. Entre ellos no ha habido hasta la fecha ningún oligarca o parecido, lo que también mejora la imagen de Lavrov entre los rusos. Otro logro importante de su época de estudios fue conocer a Maria, su esposa, con quien contrajo matrimonio durante el tercer curso de carrera. Con ella ha tenido una única hija, Ekaterina. Ella fue la primera descendiente directa de un diplomático ruso o soviético que se ha graduado en una universidad norteamericana, la de Columbia. Aun así, cuando se le preguntó recientemente sobre el proceso de nacionalización de las elites declaró que «mi hija, su marido y mi nieto viven en Rusia. Han comprado un piso en Moscú, porque hacen sus planes de futuro en el país», en referencia a la extendida moda de las elites políticas y económicas rusas de enviar a sus hijos a estudiar y vivir en el extranjero, y a adquirir allí propiedades inmobiliarias. De Sri Lanka al final de la URSS. Al finalizar sus estudios, Lavrov fue destinado a la embajada soviética de Sri Lanka, ya que hablaba cingalés. Trabajó en la república asiática durante cuatro años, tras los cuales volvió como diplomático con experiencia a la URSS. En 1981 recibió un nuevo destino, el que marcaría su carrera para los próximos 23 años: fue asignado a la delegación soviética en la ONU, donde trabajó hasta volver a la URSS en los últimos años de ese país. Así, desde 1988 hasta 1993 Lavrov fue testigo in situ de cómo se desintegraba el país del que era diplomático. Participó en los intentos fallidos de transformar el MAE soviético en el de la Comunidades de Estados Independientes, en la serie de conflictos que se originaron en el espacio post soviético. Participó en las negociaciones para el alto el fuego entre georgianos y abjasios, en los conflictos de Karabaj, Osetia y Transnistria. «Ahora los conflictos regionales se expanden mucho más. En mi opinión, la causa reside en que, después de la disolución de la Unión Soviética y la desaparición del Pacto de Varsovia, el sistema internacional empezó a notar sobre sí el impacto de que nuestros socios occidentales se consideran ganadores», señala Lavrov. Precisamente es esa percepción de injusticia cometida con su país la que probablemente hace que encaje tan bien en el círculo de confianza de Putin, quien en más de una ocasión ha dejado claro que, si bien la URSS no era algo ideal, el cómo se desintegró y, sobre todo, cómo se han comportado los países occidentales ha sido injusto con Rusia.Además, pudo sentir en primera persona esa actitud occidental desde que en 1994 fue nombrado representante ruso ante la ONU. Al ser preguntado recientemente sobre su época en Nueva York, Lavrov dijo que, pesar de todo, no echa de menos los años pasados allí, ya que«mi actual trabajo es tremendamente interesante y no me deja tiempo para el aburrimiento». Sin embargo, defiende el papel de la ONU con la frase de Dag Hammarskjöld, segundo secretario general de la Naciones Unidas: «La ONU no se creó para traer a la humanidad al paraíso, sino para salvarla del infierno». Y añade, de cosecha propia, que «si no existiera la ONU, el mundo sería mucho más caótico e impredecible». Un fumador de carácter. La representación rusa ante la ONU se denomina coloquialmente como un MAE en miniatura, por lo que la cabeza de la delegación es un cargo de gran importancia. En esta responsabilidad, Lavrov empezó a destacar desde el principio. Casi desde su nombramiento fue candidato en las quinielas para ocupar el cargo de ministro, aunque prefirió quedarse en Nueva York durante diez años. Ahí hizo gala de su fuerte carácter, tanto en lo profesional como en lo personal. En cierta ocasión tuvo un conflicto con la Policía norteamericana. En un control rutinario retuvieron su vehículo y, ante las quejas de Lavrov, un agente le quitó las llaves del coche, violando de esa manera su inmunidad diplomática. El canciller ruso no paró hasta que obtuvo disculpas oficiales de las autoridades norteamericanas por este incidente. Siempre se ha señalado el hecho de que es fumador como un punto desfavorable en su imagen pública. Lavrov confiesa que intenta fumar cada vez menos, pero en su época en la ONU tuvo un incidente cuando el entonces secretario general Kofi Annan, siguiendo el ejemplo del alcalde de Nueva York, prohibió fumar en la sede de Naciones Unidas. Lavrov no dudó en dejar clara su disconformidad: «La casa pertenece a todos los miembros de la ONU, su secretario general es solo un gerente». Por ser fumador le guarda cariño a Madeleine Albright, representante norteamericana de 1993 a 1997 en la ONU, porque ella le dejaba fumar en su despacho cuando más tarde ocupó el cargo de secretaria del Estado. En su prolongada carrera de más de veinte años en la diplomacia al más alto nivel, Lavrov ha coincidido como ministro con cuatro secretarios del Estado, dos republicanos y dos demócratas. Esta experiencia le da una ventaja en las negociaciones diplomáticas. Gromyko, el mítico ministro de Exteriores soviético, conocido por su dureza negociadora como «mister no», es posiblemente el referente más cercano para entender la importancia de la figura de Lavrov. Una larga experiencia en el trabajo diplomático siempre es bienvenida. El 9 de marzo de 2004 Serguei Lavrov se convierte en el ministro de Exteriores de Putin. Un mes y medio más tarde se produjo un hecho clave para entender que la política internacional de la Rusia de Putin, con Lavrov al frente de Exteriores, empezaba a cambiar. El 21 de abril Rusia utilizó el veto en el Consejo de Seguridad por primera vez en casi diez años. La anterior ocasión fue en 1994, con motivo de la guerra de Bosnia. No cabe duda de que si Moscú se decidió a dar un paso así no fue sin consultar a su nuevo, en aquel entonces, ministro de Exteriores y gran conocedor de la ONU. Con ese gesto, realizado a raíz de una resolución menor sobre Chipre, Rusia volvió a reivindicarse como superpotencia en el panorama diplomático mundial. Un paso que no debe interpretarse como necesariamente agresivo. Esa época, posterior al 11S, es utilizada por Rusia para la búsqueda de cooperación con EEUU. «¿Quién cojones eres para darme lecciones?». En ese tiempo, el propio Putin declaraba en más de una ocasión su disposición a la colaboración con el bloque Atlántico y el desengaño sufrido posteriormente. Lavrov se convirtió casi desde el principio en un fiel ejecutor de la política de Putin en los asuntos internacionales. Si bien no se puede hablar a día de hoy de él como un gran teórico, Lavrov ha dejado patente que comparte casi por completo la línea emprendida por el Kremlin. Dirigió los duros procesos de negociación sobre el escudo antimisiles norteamericano, avisando del peligro de que una nación se sienta con la capacidad de golpear a otras impunemente. Pero lo que de verdad marcó el punto de inflexión, o al menos así lo marca el propio Lavrov, fue la guerra con Georgia en el año 2008. Fue entonces cuando dejó, según los medios ingleses, una de las frases más celebres que se le atribuyen. En una conversación telefónica en setiembre de ese año con su homólogo británico, David Miliband, Lavrov se refirió al presidente georgiano como «jodido lunático». Según los medios, continuó para interpelar directamente a Miliband con un «¿quién cojones eres para darme lecciones?» durante su discusión sobre el problema de Georgia. Ese es otro punto más que hizo subir la popularidad de Lavrov entre la opinión pública rusa, harta de años en los que los diplomáticos de Moscú pasaban demasiado desapercibidos en el panorama internacional. Un comportamiento que el público ruso agradece también a Vladimir Putin. Lavrov admite que en más de una ocasión ha utilizado un lenguaje «poco adecuado» en conversaciones diplomáticas. Su último descuido se produjo en agosto del pasado año. En un encuentro con su homólogo saudí, Lavrov, creyendo que el micrófono estaba cerrado, soltó en ruso algo así como un «imbéciles, hostia». En ese momento el ministro saudí exponía su visión sobre la situación en Siria y Yemen. Este hecho pasó un tanto desapercibido en los círculos diplomáticos, pero tuvo gran repercusión en la opinión pública rusa. La imagen de Lavrov en el momento de la frase se ha convertido en casi icónica y se han llegado a producir camisetas patrióticas con su figura y sus palabras poco respetuosas. Lavrov siempre se ha mostrado continuista con la política exterior del Kremlin, dejando poco margen a la duda de si la comparte o no. Respecto al giro hacia oriente y la posible amenaza de China sobre los intereses rusos o su integridad territorial, es claro: «No veo amenaza alguna por parte de China; es más, no veo ninguna amenaza desde Oriente. La única amenaza que veo en esa región son los elementos del sistema antimisiles que quiere desplegar EEUU, también en Europa, todo mágicamente alrededor de las fronteras rusas». Del mismo modo, el enemigo queda focalizado en las relaciones ruso-europeas: «Ante todo, hace falta una colaboración alemano-rusa para darle una sacudida a la UE y que empiece a mirar por sus propios intereses. No hay que dejar la política en manos de unos marginales que cumplen órdenes del otro lado del océano». Lavrov es tan representativo de la Rusia actual como lo es el propio presidente del país. Se hace difícil analizar estas figuras como elementos separados fuera de su nación y el pasado común que comparten. Ambos eran funcionarios del Estado –Lavrov diplomático, Putin del KGB–, que vieron cómo el Estado que les dio todo implosionó, dejando tras de sí no prosperidad, sino problemas políticos y económicos que llevaron a una sensación de injusticia para los rusos de la que necesitan resarcirse. Lavrov tiene el bagaje de las Naciones Unidas y siempre aboga por el diálogo, tanto entre naciones, como entre culturas. Apoyó en su momento la iniciativa del presidente del Gobierno español José Luis Rodriguez Zapatero de lanzar un diálogo entre civilizaciones. Viendo la evolución que ha sufrido la zona musulmana próxima a Europa, queda la duda de si esa idea hubiera merecido en su momento más atención, como pedía, entre otros, el propio Lavrov. A pesar de haber figurado en varias quinielas, no parece que a sus 65 años pueda ser tenido en cuenta como sucesor de Putin, dos años más joven. Otra cuestión es la de su labor en el MAE ruso, donde aún permanecerá varios años colocando el listón cada vez más alto a su sucesor. Lavrov es un reflejo de la época en la que le ha tocado vivir. Se ha adaptado perfectamente a la realidad rusa tras vivir en la realidad soviética. Su carisma personal, su capacidad de trabajo y, ante todo, su coincidencia con la línea ideológica del presidente le han llevado al nivel de popularidad actual. Fuera dejará una imagen que puede gustar más o menos, pero pocos dudarán de su profesionalidad.