2016 URT. 31 UN TESORO NATURAL Turberas de Euskal Herria El próximo martes se celebra el Día Mundial de los Humedales, unos ecosistemas acuáticos que incluyen a las desconocidas turberas, que están presentes en la geografía de Euskal Herria y que merecen una especial protección. Jon Benito {{^data.noClicksRemaining}} Artikulu hau irakurtzeko erregistratu doan edo harpidetu Dagoeneko erregistratuta edo harpideduna? Saioa hasi ERREGISTRATU IRAKURTZEKO {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Klikik gabe gelditu zara Harpidetu {{/data.noClicksRemaining}} Tal vez uno de los mayores problemas a los que se enfrenta la protección de las turberas sea que desconocemos qué son, dónde están y qué las hace especiales. La respuesta a la primera pregunta es que son un tipo de humedales, de aspecto cenagoso y cubiertos de vegetación empapada en agua, donde hay un ambiente «raro», incómodo incluso, para quien esté decidido a conocerlas mejor. Y es que las turberas no se descubren hasta estar a pocos metros de ellas; más aún, hasta agacharse para contemplar un extraño paisaje dominado por almohadillas de musgos y plantas cubiertas de gotitas viscosas que atrapan insectos. En sentido estricto, una turbera es un entorno húmedo donde se forma turba, un aglomerado de vegetales muertos que se descomponen lentamente en agua encharcada muy pobre en oxígeno. En el caso de los esfagnos –el principal tipo de musgo formador de turba–, los nuevos tallos crecen sobre los que mueren, que se van hundiendo en el agua a la vez que se pudren lentamente a un ritmo de unos 0,5 mm al año. Tras unos miles de años y compactada por su propio peso, la gruesa capa de turba se transforma en un tipo de carbón utilizado como combustible doméstico, por ejemplo, en Irlanda o Escocia, aunque la normativa medioambiental europea quiere restringir, lógicamente, este uso. Este tipo de turbera escasea en Euskal Herria y está representada especialmente por la de Belate (Nafarroa), de 17.000 años de edad y con un espesor de cuatro metros, y la del monte Zalama (Bizkaia), de 6.000 años de edad y dos metros de espesor. Lamentablemente, la de Saldropo, en el macizo de Gorbeia, fue arrasada en los años 70 del pasado siglo por una empresa de jardinería que se llevó la turba, algo impensable en la actualidad. Hoy le sustituye un interesante humedal que nunca se transformará en lo que fue durante 4.000 años. Por el contrario, los trampales, con aspecto muy parecido aunque en ellos no se forme turba, son habituales en las frías laderas y collados de nuestras montañas. Su nombre proviene de la dificultad que encuentra el ganado o los ganaderos para moverse por esos terrenos encharcados, algo bien conocido también por muchos montañeros. También se les llama tremedales, porque la alfombra de musgo tiembla cuando se pisa; o zapacas, nombre que dan en Araba a estas zonas cenagosas. Valiosos ecosistemas a cuidar. A pesar de su aspecto humilde e incluso insalubre, son unos inmensos almacenes de agua. Se calcula que suponen casi la mitad de los humedales mundiales y que acumulan un 10% del agua dulce del planeta. Testigos de la última glaciación, que terminó hace unos diez mil años, guardan en su interior restos de polen y otros fragmentos vegetales que nos permiten reconstruir el paisaje y el clima de aquellas frías épocas, cuando los mamuts transitaban por Euskal Herria. En la turbera de Padul ( Granada) se han encontrado restos de cuatro ejemplares de unos 35.000 años de edad. Y si de conservar se trata, el caso más espeluznante es el de los cuerpos momificados que se han hallado en unas turberas del norte de Europa. En 1950, en la localidad de Tollund (Dinamarca), unos hermanos se encontraban cortando turba para combustible cuando descubrieron el cadáver momificado de un hombre. Vivió en la Edad del Hierro (siglo III a.C.) y todavía mantenía la cuerda con la que fue ahorcado. Algo similar les ocurrió en 1983 a dos trabajadores de la turba en Lindow (Inglaterra), cuando hallaron un cadáver momificado. Era un hombre de una época similar a la del danés, pero este estaba decapitado. Los arqueólogos debaten sobre si se trataba de rituales paganos o fueron simples ejecuciones de delincuentes, pero, en cualquier caso, estas y otras muchas momias encontradas en las turberas han proporcionado interesantes datos para reconstruir aquella época de la humanidad. Por otra parte, la gran capacidad que tienen las turberas para absorber agua reduce el impacto de las lluvias torrenciales y el consecuente riesgo de catástrofes. Además, el agua absorbida rezuma lentamente, lo que aporta frescor a los pastos en el verano. Las turberas son también el hábitat de especies muy frágiles, tales como las plantas carnívoras, y ofrecen refugio y descanso a millones de aves en sus viajes migratorios. Por último, estos humedales son unos enormes sumideros de carbono; una hectárea de turbera puede retener dos veces más carbono que una de bosque tropical, lo que las convierte en unas perfectas aliadas para atenuar el cambio climático. La delicada vida en las turberas. Las turberas de montaña son hábitats difíciles. El frío, la acidez del agua y la pobreza del suelo crean duras condiciones para la vida, pero esta siempre medra allá donde exista una parcela de suelo disponible. De la enorme diversidad biológica, la selección natural ha permitido solo a unas pocas especies alojarse en estos humedales. Durante miles de años se han establecido unas delicadas redes de alimento entre ellas y ahí radica su fragilidad y la necesidad de protegerlas, pues lo que afecte a una de ellas puede tener serias consecuencias para las demás. Como en todos los ecosistemas, las plantas son la base de las turberas y, entre ellas, las reinas indiscutibles son los musgos, especialmente los esfagnos (Sphagnum sp), que forman tapices esponjosos en torno a los cuales se desarrolla la vida. Además, estos humildes vegetales absorben los escasos minerales del agua y convierten a esta en un líquido lo suficientemente ácido (en algunos casos cercano a la acidez del vinagre) como para complicar el desarrollo de otras plantas. Es como si construyeran un entorno selecto y exclusivo donde solo tienen cabida ellos y pocas plantas más. La pobreza mineral incluye también al nitrógeno, un elemento vital para todo vegetal. ¿Qué hacer para obtener una dosis suficiente cuando escasea? En un alarde de imaginación evolutiva, algunas plantas se han hecho carnívoras o, mejor dicho, insectívoras. Sus hojas están provistas de pelitos que exudan un líquido pegajoso, a veces dulce, que atrae y atrapa a los abundantes mosquitos del lugar. Una vez atrapados, la planta libera sustancias que digieren las proteínas del incauto insecto, de las que extraerá el preciado nitrógeno. En nuestras turberas, este grupo está representado por las grasillas (Pinguicula sp) y las atrapamoscas (Drosera sp). Estas últimas, llamadas también rocío de sol, ofrecen un precioso espectáculo al amanecer, cuando a las viscosas gotas de las hojas se le suman las de la escarcha. Otras especies que dan personalidad a nuestras turberas son las hierbas algodoneras (Eriophorum sp), que con sus espigas coronadas por unos penachos similares a copos de algodón delatan la ubicación del trampal. También la bella orquídea Dactylorhiza maculata o el brezo de turbera (Erica tetralix) son habituales. Les acompañan la calta (Caltha palustris), el ranúnculo (Ranunuculus flamula) o la sugerente genciana de turbera (Gentiana pneumonanthe), entre otras. La fauna de nuestras turberas se compone sobre todo de anfibios e invertebrados, entre los que destacan por su color y diseño las libélulas y los caballitos del diablo. Estos rápidos insectos precisan del agua para poner los huevos de los que nacerán unas larvas acuáticas. Feroces depredadoras, que incluso se alimentan de renacuajos, cuando estén listas para la muda, treparán a un junco fuera del agua y se harán adultos dejando como testigos de su metamorfosis las duras carcasas que les sirvieron de esqueleto. Los mosquitos y otros dípteros son abundantes y constituyen, como ya se ha dicho, la dieta de las plantas carnívoras. En el caso de los anfibios, los hay que habitan permanentemente en el agua, como los tritones palmeados (Lissotriton helveticus), o los que acuden a las charquitas a desovar, como hacen la salamandra (Salamandra salamandra), la rana bermeja (Rana temporaria), la ranita de San Antonio (Hyla arborea) y el sapo común (Bufo bufo). Un reptil, la lagartija de turbera (Zootoca vivipara), ha hecho también de estos cenagales su hábitat. El futuro de nuestras turberas. Son numerosas las amenazas que sufren nuestras turberas y en gran medida, todas derivan de un aspecto crucial: nuestro desconocimiento de su valor ecológico y de su dinámica. Las agresiones que sufren son variadas: la desecación (e incluso incendio) para obtener pastos, la construcción de pistas forestales o abrevaderos y fuentes que alteran la circulación del agua, o sencillamente el pisoteo del ganado y sus purines, algo que parece insignificante, pero que ha promovido su vallamiento en muchos casos. Consciente de su vulnerabilidad, la Unión Europea las incluyó en su Directiva de Hábitats (1992), una contundente ley proteccionista y de la que derivó la Red Natura 2000, el principal manto protector de la naturaleza europea. La actitud favorable al medioambiente de los ciudadanos va calando en las autoridades, que junto a organizaciones ambientalistas, van desarrollando proyectos de protección, como ocurre en las ya citadas turberas de Saldropo, Belate y Zalama, o la de Arkarai (Araba), Usabelartza (Gipuzkoa) o Artxilondo (Nafarroa Beherea), entre otras. Por lo demás, todos los que amamos la montaña deberíamos mirar con otros ojos a estos pequeños rincones, tan rudos como frágiles, y reconocerlos como uno de los exquisitos frutos que la evolución nos ha legado.