7K - zazpika astekaria
FRENAR EL TRÁFICO HUMANO

Los vigilantes de la playa libia

En un país sumido en el caos, una pequeña localidad costera adopta sus propias medidas para combatir el tráfico de personas hacia Europa.


En Zuara no se habla hoy de otra cosa. Dicen que los vieron pasar ayer a la noche camino de Abu Kamash, en la frontera de Túnez. Volvieron de madrugada con varios detenidos, presuntamente traficantes. «Estamos orgullosos de ellos»; «Son nuestros chicos»; «Hacen lo correcto, ¿qué haría usted un nuestro lugar?»... En el bazar, en las mezquitas o en la miríada de cafeterías de esta localidad costera, nadie pone en cuestión la labor de los imsuten, «enmascarados» en lengua amazigh. Han limpiado el nombre de una ciudad tristemente conocida por ser uno de los principales puertos de salida de pateras hacia Europa de toda África.

Durante años, Zuara había mirado hacia otro lado mientras los traficantes de personas se hacían obscenamente ricos. Sus 60.000 habitantes contemplaban perplejos el tránsito de los coches de lujo por unas calles en constante lucha con la arena. Los cláxones de los Hummer y los Porsche repiqueteaban impertinentes entre el correoso tráfico, recordando a los locales quiénes eran los nuevos amos en Libia.

Pero el verano pasado, Zuara se despertó con 200 cadáveres en su inmensa playa. Era casi la mitad del pasaje de un viejo barco de madera que había volcado a pocas millas de la costa. Los zuaríes hicieron acopio de palas y cavaron una fosa común. Luego marcharon desde el centro de la ciudad hasta el puerto.

«Zuara no puede ser refugio de sanguijuelas», coreaba la masa indignada. No era la primera vez que la ciudad se levantaba contra los contrabandistas, pero las dimensiones de la última tragedia exigían que fuera la última.

«Había que hacer algo», recuerda Sadiq Jiash, uno de los oficiales de seguridad de la administración local. «No hay un Gobierno funcional en el país, por lo que nos dimos cuenta de que teníamos que organizarnos para garantizar la seguridad de los nuestros», añade este bereber, que es también el presidente del Comité de Emergencia de Zuara. Se trata de una organización creada en 2014 y compuesta por 35 personas como él. Dice que hay médicos, bomberos, policías, miembros de la Media Luna Roja… todos aquellos a los que se supone capaces de gestionar situaciones de crisis.

«En el caso de los migrantes, participamos en la búsqueda de los cadáveres y ayudamos en los rescates en coordinación con la administración local, la sociedad civil y los Enmascarados», subraya Jiash, que dice sentirse «muy satisfecho» con el grado de colaboración entre las partes. Es necesaria.

«Gadafi tenía la llave para controlar el flujo de migrantes a su antojo para presionar a la UE. Pero la situación se descontroló después de la guerra; nadie sabía cómo parar aquello», recuerda el voluntario. Pero no bastaba con llevar a los responsables a la cárcel.

«Tras la guerra de 2011, nos organizamos para arrestar a los contrabandistas. En Zuara no hay centro penitenciario, por lo que los transferíamos a Sabrata o Zawiya –dos localidades vecinas–, pero a las pocas semanas estaban ya de vuelta en el negocio. La corrupción en Libia es endémica, ¿sabe usted?».

Diez días después de la tragedia del pasado agosto, los Enmascarados detuvieron a una docena de personas entre supuestos contrabandistas y sus colaboradores. Para evitar repetir los errores del pasado, se les encerró en una prisión improvisada a las afueras de Zuara.

Caos. Cuando se cumple un lustro del estallido de la guerra en Libia, existen dos gobiernos y sendos parlamentos en el país: uno en Trípoli, que cuenta como aliados principales a Qatar y Turquía, y otro en Tobruk, este sostenido por Egipto, Arabia Saudí y Emiratos Árabes. El pasado enero, la ONU anunciaba desde Túnez un supuesto acuerdo entre ambas partes para la creación de un Gobierno de unidad, en una maniobra que sigue sin contar con el respaldo de ambos parlamentos. Mientras los miembros de lo que ya se da en llamar el “tercer Gobierno” de Libia esperan en Túnez, el ISIS se sigue haciendo fuerte en el país, con su cuartel general en Sirte, la ciudad natal de Gadafi.

A día de hoy, las rivalidades entre milicias enfrentadas hacen casi intransitables las carreteras libias. Incluso en el caso de que trasladar a los presuntos traficantes a una prisión vecina fuera una opción viable, tampoco sería fácil. La carretera que conecta Zuara con Trípoli hace tiempo que dejó de ser transitable por los enfrentamientos con milicias afines a Tobruk y, sobre todo, porque el pasado diciembre, el ISIS ya hizo una demostración de fuerza liberando a sus miembros presos en Sabrata, a 15 kilómetros de aquí.

Y lo mismo ocurre con la ruta menos transitada hacia las montañas de Nafusa, el principal bastión amazigh de Libia. A Zuara se accede desde la frontera de Túnez, a 60 kilómetros al oeste, pero de aquí no se va a ninguna parte.

Desde la sede de la Media Luna Roja en Zuara, se apunta a que los efectos de la fractura libia van más allá de intrincadas disputas políticas. «Las carreteras están bloqueadas, por lo que cada vez resulta más difícil conseguir suministros médicos para atender a la población local y a los 3.000 trabajadores extranjeros que tenemos registrados», lamenta Ibrahim Atushi, principal responsable de la legación de la ONG en la localidad.

Además de la asistencia sanitaria, Atushi insiste en que la Media Luna Roja también está luchando para hacer frente a la crisis migratoria. «Tenemos que registrar los cadáveres y llevar a cabo pruebas de ADN. También tomamos fotos de la ropa para encontrar pistas sobre el paradero de los desaparecidos», detalla el oficial, quien se congratula de que el volumen de trabajo se haya visto reducido «drásticamente» en los últimos meses. La razón principal, subraya, ha sido la labor de los Enmascarados.

«Son todos de Zuara y algunos incluso cuentan con un título universitario. Colaboramos con ellos y nos coordinamos cada vez que se da la noticia de la llegada de refugiados», relata Atushi antes de lamentar el escaso apoyo que reciben de organizaciones internacionales.

La «última puerta». Durante una estancia de una semana en Zuara, 7K abordó a los Enmascarados en las calles en varias ocasiones, pero ninguno de ellos se mostró dispuesto a hablar. Fuentes locales atribuían el recelo a un desafortunado primer encuentro con medios de prensa internacionales.

«Los retrataron como una milicia más, cuando lo cierto es que ni operan en claves religiosas, ni son un grupo de pistoleros al uso. Por otra parte, ninguno hizo mención de la singularidad de Zuara; el hecho de que aquí todos somos amazighs, incluida la milicia», apuntaba Youbas Halab, un activista local que dice contar con familiares en la brigada. Y es que aquí todo el mundo sabe quién se esconde bajo las máscaras.

Solo tras arduas negociaciones a través de terceros conseguimos una entrevista con Ayman al Kafaz, comandante en jefe de los Enmascarados.

El lugar elegido para el encuentro es el antiguo cuartel general de los servicios secretos de Gadafi en Zuara. Se trata de un pequeño complejo amurallado junto al estadio que hoy alberga la radio local, así como el centro de reunión de los voluntarios que trabajan en la normalización de la lengua amazigh.

Desde allí, Kafaz explica que el grupo se creó originalmente en enero de 2013 bajo el nombre de «Escuadrón de Intervención Especial». El objetivo era combatir toda actividad criminal.

«No importaba que fueran delincuentes comunes o traficantes de personas a gran escala: los poníamos a disposición judicial, pero siempre acababan volviendo a Zuara a delinquir», recuerda Kafaz.

Después de dos años en los que ni la organización interna ni las condiciones externas facilitaban su labor, la brigada se reactivó tras el desastre del pasado agosto. El mando asegura haber formado parte del Comité de Emergencia «desde el primer día». Dice que el número de hombres dispuestos a unirse al grupo no para de crecer desde entonces.

«El cuerpo lo integran hoy 130 miembros entre policías y voluntarios a partes iguales. Cada uno trabaja en la medida de sus posibilidades, generalmente en turnos de 24 horas», desvela el comandante justo antes de añadir que la brigada está registrada oficialmente en el Ministerio de Interior de Trípoli. De allí llegan los sueldos.

Según Kafaz, los Enmascarados han arrestado a más de 50 personas presuntamente vinculadas con el tráfico de seres humanos desde el pasado agosto. Los detenidos son presuntamente recluidos en un «centro de detención temporal», pero 7K no puede confirmar tales afirmaciones al sernos denegado el acceso al lugar en cuestión.

Antes de despedirse, Kafaz insiste en que el de los refugiados es un problema «no solo demográfico, sino también económico, de salud y de seguridad para la Unión Europea». Tiene un mensaje para Bruselas: «Esta es la última puerta hacia Europa. Si se quiere abordar esta crisis con éxito, se tendrá que apoyar a las autoridades locales a este lado del Mediterráneo. De lo contrario, todo esfuerzo será inútil».

«Cul-de-sac». Si bien no está exenta de controversia, la operación contra la red de tráfico de personas en Zuara se ha demostrado indudablemente eficaz, algo que también confirma MSF. La ONG con sede en Bruselas ha operado una flota de tres barcos de rescate en la costa de Libia durante 2015. Juan Matías, coordinador de proyecto del Dignity 1, uno de los buques, detallaba a 7K el modus operandi del operativo: «Nuestros barcos permanecían en posición de stand by a lo largo de una línea imaginaria a 30 millas náuticas de la costa libia. La mayoría de los rescates se llevaron a cabo por el Dignity 1, que monitoreaba la costa de Trípoli. Por su parte, el Argos, frente a la costa de Zuara, fue testigo de una reducción drástica del tráfico desde el final del verano pasado», relataba este argentino de 34 años.

La existencia de los barcos de rescate en la costa libia es de sobra conocida por las decenas de subsaharianos en los alrededores de la céntrica plaza de los Mártires. Desde que sale el sol hasta que se pone, esperan un trabajo ocasional en la construcción. Pero todos saben que no será este su puerto de salida. Zuara es un cul-de-sac, un callejón sin salida.

Son malas noticias para Amiri. Ya han pasado dos años desde que salió de su aldea en Nigeria y casi había reunido el montante estándar de 500 euros para subirse a una balsa rumbo a Europa. La cantidad reunida sería mucho mayor de no ser por todas las veces que este joven de 28 años fue asaltado en su odisea a través del Sahara, o por el rescate que tuvo que pagar para ser liberado de uno de los centros de detención de Trípoli.

«Solo vine a Zuara porque alguien me dijo que las barcas salían de aquí y también porque es un lugar mucho más seguro que el resto de Libia», explica el nigeriano.

Es verdad. A diferencia de Trípoli, Misrata u otras localidades costeras, los refugiados y migrantes en Zuara no huyen cuando ven los coches de la Policía local y ni siquiera cuando los Enmascarados se paran en el semáforo que da acceso al centro de la ciudad.

Según datos de Naciones Unidas, más de 900.000 personas han llegado a Europa en 2015 cruzando el Mediterráneo en lo que ya se considera el mayor desplazamiento humano desde la Segunda Guerra Mundial. Para ser parte de esa estadística, Amiri tendrá que atravesar un país en guerra en el que solo rige la ley de la milicia y él no tiene ninguna que le respalde. Además, el número de pateras se reduce en invierno por las condiciones del mar.

«Pero siguen saliendo, ¿no es así?», exclama Amiri, resistiéndose a perder la esperanza.

Gadafi, el gran vigilante. Una razón de peso tras la actual crisis migratoria fue la caída de Muamar Gadafi, hace ya más de cuatro años. En 2010, Europa iba camino de normalizar sus relaciones con Libia, no solo por el interés en sus reservas de gas y petróleo, sino también por el deseo de varios estados europeos de transferir el control migratorio al país magrebí. No en vano, la historia de Libia está repleta de episodios que hablan del traslado de personas, de forma tanto voluntaria como forzada, a Europa y América. Desde la Edad Media hasta bien entrado el siglo XIX, los puertos de Trípoli y Bengasi eran el destino final para caravanas de esclavos procedentes del interior de África. Ya en décadas recientes, decenas de miles de migrantes y refugiados han partido hacia Italia en precarias embarcaciones, mientras los oficiales libios miraban hacia otro lado. Gadafi era plenamente consciente de la preocupación que dicho tráfico suscitaba y ya en 2004 empezó a firmar acuerdos con diversos estados europeos para controlar el flujo migratorio.

Gadafi ofreció una solución práctica: cerrar su país y su costa a refugiados y migrantes a cambio de 5.000 millones de euros al año. En junio de 2009 firmó un acuerdo con Roma que consistía en operar patrullas navales conjuntas y permitía la entrega a Libia, sin responsabilidad ninguna, de todos aquellos individuos capturados camino de Italia. La medida se demostró altamente efectiva y el número de africanos intentando acceder de forma ilegal al continente cayó un 75%. A finales del mismo año, Gadafi firmó un nuevo acuerdo por 50 millones de euros que incluía la construcción de campos de internamiento y torres de vigilancia en las playas. «Europa se volverá negra sin mi ayuda. Tendrá que decidir entre ser un continente desarrollado y unido, o ser destruido, como ocurrió con las invasiones de los bárbaros», llegó a decir el mandatario libio durante una reunión en 2010 con su antiguo amigo y aliado Silvio Berlusconi.

La guerra de 2011 no hizo sino empeorar las cosas para migrantes y refugiados africanos. Bajo la premisa de que muchos subsaharianos habían combatido como mercenarios para Gadafi, los insurgentes encarcelaron y ejecutaron a un gran número de ellos únicamente por el color de su piel.

En los años siguientes al levantamiento, la falta de una estructura de Estado ha convertido el país en un lugar aún más impredecible y peligroso para todos aquellos que sueñan con llegar a Europa.