2016 MAI. 15 tráfico ilegal de gasolina El contrabando del «oro líquido» En Benín, una ex colonia francesa situada entre Togo y Nigeria, la distribución ilegal de gasolina es una de las actividades económicas que mueve más dinero en el país. Es un lastre para el Estado, que deja de ingresar más de 200 millones de euros al año. No obstante, las autoridades se encuentran entre la espada y la pared y hacen la vista gorda. Neus Marmol {{^data.noClicksRemaining}} Artikulu hau irakurtzeko erregistratu doan edo harpidetu Dagoeneko erregistratuta edo harpideduna? Saioa hasi ERREGISTRATU IRAKURTZEKO {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Klikik gabe gelditu zara Harpidetu {{/data.noClicksRemaining}} Desde hace cuarenta años, en Benín existe una vasta red de tráfico ilegal de gasolina desde Nigeria. Esta excolonia francesa situada en el oeste de África, que desemboca en el Golfo de Guinea y hace frontera con Togo al oeste y Nigeria al este, no cuenta con suficientes estaciones para abastecer su territorio. La mayoría han cerrado, porque no pueden hacer frente a la competencia del precio del carburante nigeriano. Nigeria es el primer productor de petróleo en África. En Benín hay solo una gasolinera por cada 20.000 habitantes, según Bio Soulé, economista del Laboratorio de Análisis Regional y Especialización Social (LARES). Soulé explica que en las estaciones el precio del litro de carburante puede llegar a oscilar hasta 40 céntimos de euro –unos 250 francos CFA, la moneda beninesa– más que en el mercado ilegal. El carburante nigeriano llega a Benín por distintas rutas. Los grandes traficantes han diseñado un entramado de rutas que pasan por tierra, vías fluviales y marítimas. Una vez la gasolina llega a territorio beninés, los transportistas reparten los bidones entre los clientes de todas las ciudades y pueblos del país. Para ello, utilizan motocicletas de 100 centímetros cúbicos que cargan con hasta una decena de bidones de entre 15 y 20 litros de capacidad. Se les conoce popularmente como «hombres bomba» o «kamikazes», debido a que cada semana se producen accidentes cuando la gasolina que transportan explota o se incendia. Abiath Oumarou, periodista de la televisión nacional ORTB, explica que en mayo de 2006 se registró un accidente en Cotonou, la ciudad más poblada de Benín, donde viven casi un millón de benineses. Casi un centenar de personas murieron. «Las imágenes que salieron en televisión eran espantosas. No podías ni mirar», se lamenta. Los bidones cargados con gasolina nigeriana llegan a todos los rincones de Benín, cuyas calles están repletas de vendedoras de gasolina a granel. Este trabajo normalmente lo hacen mujeres, mientras los hombres se dedican al transporte. Ellas se instalan en los márgenes de las principales vías con una mesa y decenas de botellas de cristal de distintos tamaños que rellenan con el carburante de contrabando. Hay recipientes de un litro, de cinco y de diez. En una pizarra apuntan con tiza el precio del litro. Cuanto más cerca están de la frontera con Nigeria, más barato es el carburante. Todos los transportistas y las vendedoras a pie de calle responden ante sus patrones, quienes dividen sus zonas de dominio por departamentos, localidades y distritos o barrios. El entramado de tráfico ilegal de gasolina nigeriana en Benín está bien estructurado y sigue una jerarquía muy marcada. «No hay nadie que un día se despierte y diga: ‘voy a vender gasolina en la calle’. No funciona así. Los contrabandistas están bien organizados», argumenta Abiath Oumarou. «Monsieur» Guy Fakeye, coordinador de los traficantes de Kétou y Pobé. Son las doce del mediodía y las calles de tierra rojiza de Kétou, una localidad del departamento de Plateau, están vacías. No se oye a los niños y las niñas, las motocicletas están aparcadas y en las casas no hay nadie. Todos han acudido a la gran fiesta que ha organizado Monsieur Guy Fakeye en las afueras de la población con motivo del funeral de su madre. A lo lejos se oye, casi imperceptible, el repicar de los tambores. Una veintena de hombres están sentados a la mesa que preside Guy Fakeye. Todos visten túnicas estampadas con colores vivos y sombreros de tela a juego con su vestimenta. Se han puesto sus mejores galas para la ocasión. Monsieur Fakeye se encarga de que no falte cerveza, whisky y vino, y ordena a las camareras que no cesen de traer bandejas con comida. A unos diez metros de la mesa presidencial, asan una vaca sobre unos neumáticos. Fakeye presume de que le ha costado 70.000 francos CFA (100 euros), una fortuna para cualquier beninés. Los niños juegan y bailan, y las mujeres del pueblo charlan mientras comen, agrupadas en varias mesas cerca de Fakeye y su séquito. Monsieur Guy Fakeye es el coordinador de los traficantes de Kétou y Pobé, dos localidades situadas en el departamento de Plateau, una de las zonas donde se registra más contrabando por su proximidad con la frontera nigeriana. Bajo su mando trabajan más de un centenar de personas. Fakeye se reúne cada semana con los patrones de sus zonas de dominio, estos precisamente que, durante el opulento banquete, le acompañan a la mesa y le hacen reverencias. «Tengo una oficina donde trabajan trece personas. Allí acordamos el precio del litro de la gasolina con los jefes que están a mi cargo», explica Fakeye. Leon Edoun, uno de los contrabandistas de la localidad de Kétou, añade: «Si algo no funciona, vamos a ver a Guy Fakeye, le damos parte del problema y él nos lo resolverá, tanto si se trata de problemas con el Estado como con los gendarmes o los aduaneros. Lo arreglamos todo entre nosotros. Somos como una familia», apostilla. Jochoua Leoto, uno de los transportistas que trabajan para Leon Edoun y Guy Fakeye y que también ha acudido a la fiesta, lo corrobora: «Cuando he tenido algún problema con la Policía, he llamado a mi patrón y en seguida lo ha solucionado. El coordinador puede solucionar cualquier cosa con una simple llamada». Los jefes del tráfico de gasolina conocen al dedillo las dificultades que sufren sus transportistas, ya que todos ellos han llegado a lo donde están escalando su posición desde el último escalafón de la pirámide. «Cuando empecé, fui poco a poco y ahora soy mayorista», explica Guy Fakeye, quien se inició en el transporte ilegal en 1987. «Al principio iba con mi moto a la frontera con Nigeria a buscar carburante y al cabo de unos cinco años pude empezar a alquilar vehículos», añade. Tanto Fakeye como el resto de sus jefes se sienten orgullosos de poder desarrollar esta actividad. «Con esto estoy contento, no paso hambre y mantengo a mis hijos, a mi mujer y a mí mismo», explica Guy Fakeye. «No sé qué podría hacer si no hiciera esto», admite. En Benín las opciones laborales son muy escasas. La tasa de desempleo ha llegado al 30%, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Análisis Económico de Benín (INSAE), y la tasa de pobreza superó el 50% en 2011, según datos del Banco Mundial. El país ocupa el puesto 166 de 187 en el Índice de Desarrollo Humano y muchos benineses no tienen otra alternativa laboral al contrabando y venta ilegal de gasolina. Una realidad ante los ojos de las autoridades. Centenares de familias subsisten en base a esta actividad y es muy difícil reprimirla cuando el Estado, hasta ahora, no ha encontrado una solución alternativa. Ante esta realidad, los agentes de las gendarmerías más cercanas a la frontera con Nigeria se encuentran a menudo entre la espada y la pared. «Tengo amigos y familiares que se dedican a esta actividad. Esto da de comer a muchas familias», afirma el gendarme Sourou Brice, quien opera en los departamentos fronterizos de Ouémé y Plateau. Estas zonas son la base de los traficantes, explica. Brice reconoce que se siente impotente y a menudo hace la vista gorda. «Muchas veces fingimos no ver nada. La solución es cerrar los ojos y dejar que actúen», admite. El transportista Jochoua Leoto, empleado de Guy Fakeye, explica que, cuando los gendarmes del control aduanero les paran con la mercancía nigeriana, se limitan a multarlos con sanciones económicas. Normalmente no hay más represalias y rara vez los agentes han arrestado a un traficante. Las multas pueden oscilar entre las 10.000 y las 20.000 nairas, la moneda de Nigeria (entre 46 y 92 euros). Si no hay sanción económica, los gendarmes se llevan toda la mercancía que transportan. En este caso, el traficante paga un precio simbólico de 1.000 nairas (unos cinco euros), según relata Jochoua. Su patrón en Kétou, Leon Edoun constata esta realidad. «Yo no he sido arrestado nunca. No tengo problemas con la Policía. Hablamos de la suma de dinero que les vamos a dar y ya está arreglado», afirma. No solo la Policía y los gendarmes son cómplices del entramado. Según explica la periodista Abiath Oumarou, hay diputados en la Asamblea que están implicados. De hecho, el presidente de la asociación nacional de los traficantes de carburante, Oloyè, es un político que apoya al Partido por la Renovación Democrática (PRD). Uno de los grandes traficantes situado un escalón más arriba que Guy Fakeye es Henri Assogba, responsable del contrabando en los departamentos Atlántico y Litoral, donde se encuentra la gran urbe de Cotonou. Assogba alardea de que en las elecciones de 2006 impulsó una campaña a favor del entonces candidato a la presidencia, Thomas Yayi Boni, y este acabó ganando los comicios. «Somos muy populares y los políticos lo saben», sentencia. El contrabandista critica precisamente la hipocresía de esos políticos. «Quienes aparecen en televisión diciendo que van a suprimir nuestra actividad son los que de madrugada llenan los depósitos de sus vehículos con gasolina de contrabando en la calle», espeta. Un lastre para la economía que da de comer a todos. El tráfico de gasolina soluciona el día a día del beninés medio: gracias a esta actividad, la población se abastece de carburante para sus vehículos y tiene trabajo para mantener a sus familias. Pero es una realidad que acaba afectando al desarrollo del país. Según el economista Bio Soulé, el Estado pierde alrededor de 228 millones de euros al año (150.000 millones de francos CFA benineses), ya que no percibe impuestos directos ni indirectos del negocio ilegal de la gasolina. Los traficantes como Guy Fakeye son conscientes de la situación, pero saben que no tienen alternativa. «Benín no tiene la capacidad de poner estaciones de gasolina por todas partes y gracias al tráfico la gente vive», argumenta Fakeye. El coordinador de los contrabandistas en Kétou y Pobé explica que en su dominio no hay ninguna estación que funcione. «Gracias a nosotros, los vehículos y las motos encuentran la gasolina para poder funcionar», añade. El contrabandista Henri Assogba añade que gracias al empleo que genera el tráfico ilegal de gasolina muchos benineses que no tenían recursos para sobrevivir y se veían obligados a robar han dejado atrás la delincuencia. «Los traficantes tenemos una fuerza divina», asegura con aires de superioridad. «Gracias a esta actividad soy reconocido en todo Benín y en el mundo entero», sentencia. Ante esta realidad, ¿qué alternativas laborales tienen los benineses que se dedican al contrabando de carburante? Las escasas opciones de empleo en Benín, donde más de la mitad de la población vive con menos de un dólar al día, se reducen al trabajo en el campo. El sector agrícola aporta el 35% del PIB nacional y ocupa al 48% de la población, según datos del INSAE. De todos modos, aunque exista esta alternativa, probablemente solo la agricultura no conseguiría emplear a los benineses que se dedican al tráfico y, además, es improbable que les proporcionara tantos ingresos como el contrabando. Según el economista Bio Soulé, las personas que se dedican a esta actividad cobran más que un funcionario y su sueldo supera el salario mínimo del país, que es inferior a los 35.000 francos CFA (53 euros). Cuando las autoridades han intentado suprimir el tráfico de gasolina, recuerda Henri Assogba, el país se ha bloqueado. Según explica el contrabandista, cuando se ha reprimido esta actividad, el precio se ha llegado a triplicar debido al aumento de multas a los transportistas y a la escasez de carburante. Tanto el economista Bio Soulé como la periodista Abiath Oumarou coinciden en que la estabilidad de Benín depende, en gran parte, de este negocio. Según la periodista, no se trata solo de un problema local, sino que va más allá de sus fronteras. «Hace falta que los estados de la región se sienten y encuentren una solución», concluye.