7K - zazpika astekaria
Elkarrizketa
Alex Txikon

«Tengo mejor sabor de boca de superar los obstáculos que de conseguir la cumbre»


Alex Txikon (Lemoa, 1981) es conocido sobre todo por su faceta de alpinista, también por la de aizkolari, aunque su carácter aventurero le haya llevado a experimentar otras posibilidades, algunas tan peligrosas como los saltos base que ha probado hasta 37 veces. Públicamente se le puede encontrar en otras actividades, ya que tan pronto relata detalladamente su última expedición al Nanga Parbat (8.126 metros) en alguna publicación especializada en montaña, como da una conferencia, o es nombrado embajador del txakoli.

El pequeño de una familia de 13 hermanos es un tipo abierto, cercano, espontáneo, curioso, perseverante, activo, trabajador, con pinta de tener muchos amigos, pese a que no se siente «profeta en su tierra». Txikon recibe a 7K en la casa familiar de Lemoa, cuando las secuelas externas de su última expedición a la novena montaña más alta del planeta parecen curadas, aunque le quedan heridas de guerra de esta y anteriores escapadas en los dedos de los pies que se resienten al someterlos a los rigores de sus aficiones.

La cita se produce días después de regresar de Milán, donde se ha reencontrado con Simone Moro y Tamara Lunger. El tándem italiano terminó juntándose con Txikon y Ali Sadpara en el campo base del Nanga Parbat para conformar el equipo definitivo que se apuntó a finales de febrero la primera ascensión invernal de la historia del gigante paquistaní 27 años después de producirse el intento inicial. En ese período de tiempo, hasta 29 expediciones fracasaron antes de que el grupo liderado por Txikon lo lograra.

Moro –el único hombre que ha conseguido coronar cuatro ochomiles en invierno–, Lunger –que se quedó a escasos 100 metros de convertirse en la primera mujer en culminar un ochomil en la estación más fría– y Txikon han grabado parte de un programa televisivo junto a Reinhold Messner, la gran referencia del himalayismo. El hilo conductor es el Nanga Parbat, donde Messner, el primero en completar los 14 ochomiles, perdió a su hermano Günther en 1970 tras una de las gestas del alpinismo que terminó en tragedia.

Txikon, que conoció a este tirolés de fuerte carácter hace tres años, le define como un hombre sabio. «Sus opiniones tienen mucho peso y me dejó asustado por su memoria. Recuerda fechas, nombres… Messner, que habló sobre todo de su experiencia allí, la comparaba con otras de sus aventuras, también muy frías. Es que los de antes sí que tenían mérito», señala.

Lo cierto es que tres meses después de la inédita cima al Nanga Parbat, la Montaña Desnuda no termina de dejar en paz al vizcaino. «Los regresos son épocas de cambio. Vienes de la tranquilidad y hay un poquito de barullo. Siempre sonando el teléfono y contestando lo mismo. Parezco un disco rayado», admite sin soltar el móvil.

La importancia del camino. Ahora que empiezan a quedar atrás los tres meses de espera en el campo base, los 15 días que durmió en altura, las desavenencias con su excompañero de fatigas Daniele Nardi e incluso los 40 grados bajo cero, con sensación térmica de -50 de aquel 26 de febrero en el que un alpinista vasco firmó una cima invernal, el lemoarra insiste en que «más positivo que la cumbre ha podido ser el recorrido». «Todos los problemas que hemos ido solventando, incluidos los líos con Daniele que hizo cosas muy graves –y terminó marchándose–. Tengo mejor sabor de boca de haber superado los obstáculos y de ir para adelante que de conseguir la cumbre, que es una consecuencia de lo anterior», sentencia.

Txikon, que se ha embarcado en una treintena de expediciones y suma once ochomiles, las afronta con tres objetivos: «El primero es pasártelo bien, viajar y estar en la naturaleza. El segundo, evidentemente, está relacionado con lo deportivo y es llegar a la cumbre, porque además tienes unos patrocinadores. Tú te debes a… pero hasta aquí, porque si haces las cosas para los demás en este deporte te matas. Yo lo he vivido. El tercero es regresar al campo base».

También Txikon se ha dado la vuelta o ha sabido esperar para contarlo, como en el Gasherbrum, en 2012, al que acudieron seis y tres no regresaron. Si algo tiene claro es lo que no hay que hacer en situaciones extremas y en lugares peligrosos. «A veces un reto se convierte en una obsesión y prevalece ser el primero frente a las medidas de seguridad. Eso es puro egoísmo, por esa condición del ser humano de hacerlo como sea. Luego sus familias sufren y algunos tienen hijos que casi se quedan sin conocerles», recuerda.

Por eso valora especialmente la decisión de Tamara Lunger que, indispuesta físicamente y sin la certeza de poder bajar sin ayuda, renunció a la cumbre del Nanga. Con ese gesto evitó incrementar los riesgos tanto para ella como para sus compañeros. «Eso dice mucho de su madurez. Es bonito que una persona con 30 años tenga las cosas tan claras. Era llegar a la cumbre y ser la primera en la historia en hacer una invernal. Luego se hubiera hartado de dar conferencias, pero igual con una cruz detrás. Después, toda la noche del Campo 4, en el descenso, ella pasó muchísimo frío, lo pasó fatal y no pidió ayuda en ningún momento. Quizás lo hizo por ser mujer», señala Txikon.

Para ser un hombre que se reconoce «hiperactivo, pero sin estresarse» ha elegido una actividad en la que se requiere abundantes dosis de paciencia. En los campos bases, salvando las distancias, pasa como en los rodajes cinematográficos: el que no sabe esperar, mejor que cambie de oficio. La meteorología manda y la dificultad obliga a concentrarse al máximo: «Cuando estás en el monte no existe nada, ni el teléfono, ni las preocupaciones. No tienes que acordarte de ciertas cosas y tienes que guardar fuerzas».

Además de templar nervios y temores: «Depende. Cuando estoy aquí practicando escalada deportiva los gestiono bien. Pero cuando estás allí arriba –se refiere a las grandes cumbres– si el miedo se convierte en pánico te bloquea. Este invierno iba con las raquetas puestas, estaba sorteando bloques y en una de estas veo uno de 2 metros cuadrados. Me pasa por encima. Es tan rápido... Tienes que saber enfrentarte al miedo».

Incluso en situaciones ligadas al azar o la suerte: «Lo que tienes que hacer es trabajar, trabajar y trabajar y luego la suerte suma. Allí arriba todo vale. Estás tan concentrado que, de repente, crees lo imposible. Hay un personaje mitológico de nombre Fery, una mujer que vive en el Nanga Parbat y te parece que te acompaña. Me gusta jugar con la intuición y luego razonarlo. Primero hay que recibir los estímulos externos, las sensaciones, porque muchas veces lo calculamos todo. Nos basamos en fórmulas matemáticas, en estadísticas. Y eso vale para la montaña y para la vida. En el mundo del deporte estamos un poquito huecos».

Masificación y ventajas tecnológicas. Lo dice sin perder de vista la perspectiva de un alpinismo cambiante, que no ha logrado escapar a la masificación. Lo que antaño practicaban unos pocos ha entrado en otra dimensión. «Con 21 años empecé en el Broad Peak, con 22 fui al Makalu. Luego al K2, en 2005, tenía 23 cuando me estrené con ‘Al filo de lo imposible’ y fuimos 70 días de expedición. ¡Lo que ha cambiado en once años! Entonces estábamos solos en el campo base. En la ruta normal había solo una expedición o dos. Esta primavera habrá 400 personas por lo menos y tendrán dos líneas de cuerdas montadas. Ahora baja el compromiso, porque tener un teléfono cambia la situación. Sabes que te pueden ayudar, hablas desde la cumbre, tienes los partes meteorológicos, se cuelga todo en internet, aparecen las fotos y las marcas de los patrocinadores».

Y unido a los sponsors van los asuntos económicos, la parte engorrosa de organizar expediciones: «El camino es bonito e interesante, aunque hay cosas que me gustan menos. Es un coñazo tener que andar pidiendo dinero, evidentemente porque no lo tienes. Para el Nanga hemos pedido muchísimo, 30.000 euros –el coste total rondó los 50.000–. El permiso en invierno es más barato que en primavera para fomentar que vaya más gente, pero lo demás cuesta tres veces más. Yo no tengo ni casa, ni coche. Con las cuatro expediciones invernales ya tendría para comprarme un pisito», bromea.

Lo afirma alguien que, en 2010, respondió «no» a la propuesta de Edurne Pasaban para participar en la última incursión al Everest sin oxígeno de la tolosarra. La situación económica era otra. «Ya estaba cansado. Era un ciclo terminado. Se había conseguido el objetivo de los 14 ochomiles y eso que entonces se movía dinero. Tengo un recuerdo superbonito de aquella época. Si ahora me dicen Asier (Izagirre), Ferrán (Latorre) y Edurne ven, me voy con ellos al fin del mundo. Nos llevamos bien y me alegro cuando les salen las cosas, aunque no estemos conectados permanentemente. El día tiene 24 horas y da para lo que da».

Entonces cambió los concurridos y ambientados campos bases primaverales por los duros y solitarios invernales: «Creo que la crisis en algo ha venido bien para este deporte, que iba ya enfilado a una profesionalización repentina. No hay esa varita mágica que haces puf… y consigues los fondos para una expedición. La gente tiene que trabajárselo, conseguir algo alternativo e incluso preservar algunos lugares».

Entre el puro mangoneo, las privatizaciones y el «todo vale» lanza su visión sobre el dinero: «Quizás, como me voy haciendo mayor, me gusta más leer de economía. El dinero es una cosa que no tiene valor y a veces pienso que no hace falta. Te vas a escalar por aquí con los amigos y eso es lo bonito. Somos afortunados, tenemos salud y tiempo y lo importante es valorarlo. Nos pasamos más tiempo pensando en qué hacer, que haciendo. Yo también y más desde que soy un personaje público y me juzgan. Hay que pensar en los que vienen detrás y creo que los chavales y las chavalas son el futuro. Les inculcas que tienen que llegar hasta aquí y luego no tienen la recompensa y llega la desmotivación. Pero también hay crisis de valores en la que se da más importancia el envoltorio que a lo que hay dentro. Es lo que me duele cuando vas por ahí y ves a los niños. Cuanto más jodido lo tienes, más peleas. Pero no puedes ayudar a todos».

Él se trajo a Ishaq Muhammad y Dolores, su madre, le adoptó. Le trata como a su hijo número 14, «y le llama amatxu». A este sherpa de Baltistán, cocinero en la trágica expedición invernal al Gasherbrum I de 2011 en la que murieron tres de los compañeros de expedición de Txikon, vivir en Euskal Herria le ha cambiado la vida. Les está eternamente agradecido y más desde hace poco, tras regularizar su situación y pensar que con los papeles en regla podrá viajar a su país. «No lo hice solo. A mí no me gusta el yo –matiza Txikon–. Fue gracias a muchísima gente que colaboró y fue un lío. Ahora su familia ha cambiado, sus hijos van a la escuela. Ishaq les ayuda, también a sus vecinos. Allí hay otro concepto de la vida: los hijos se pelean por tener en casa a sus padres. Las personas mayores son un referente y la gente se ayuda, aunque tengan sus pequeñas rencillas. Aquí, en cambio, se estila lo de: ‘Venga al geriátrico, que yo no tengo tiempo'. Cada uno tiene la vida que elige o la que le dejan. Porque de los 180 millones de habitantes que hay en Paquistán, el 99% no tienen la posibilidad de viajar».

¿Y el K2? . Volverá, aunque ahora la pregunta inevitable va sobre el K2 (8.611 metros). Conocida como la “Montaña salvaje”, es el único de los ochomiles que nunca se ha escalado en invierno y su estadística en la temporada más benigna es demoledora. Por cada cuatro personas que han hecho cumbre, una ha muerto en el intento. El K2 es, junto al Annapurna, el más difícil de escalar. El reto, por tanto, se antoja caro y complicado pero parece estar en marcha bajo la dirección de Krzysztof Wielicki. El veterano pionero polaco, que en los años 80 reinó en las invernales tras conquistar Everest, Kangchenjunga y Lhotse, pasó recientemente por Donostia y reconoció su intención de organizar una expedición para el próximo invierno. Su plan pasaría por montar dos equipos coordinados y el nombre de Txikon ha sonado para estar en alguno de ellos.

«Me he centrado mucho en montañas de ochomil metros. Me dicen ‘vete con Simone al K2’, pero tengo la sensación de haberme dejado un riñón. Creo que hay que buscar otro tipo de viaje, me gustaría dar la vuelta al mundo viajando por otros países», suelta el vizcaino mientras recuerda que Moro ha dicho reiteradamente que no quiere saber nada del segundo techo del mundo porque su mujer soñó que moría en el intento. Nadie le ha contado al italiano que por aquí se suele decir que «cuando sueñas que alguien muere le alargas la vida». Txikon toma nota y cambia de tema para explicar que tiene otros planes.

«Me gustaría escribir un libro, de hecho ya tengo algo escrito. Hay gente que me lo pide. Y luego hacer una película para dar una imagen diferente de la montaña con algún director de por aquí, que sea euskaldun». También le tienta montar una exposición con el material que guarda de su visita a la Montaña Desnuda «sencilla y enfocada a todos los públicos en Kultur Etxea de Lemoa». y eso que más de uno estaría interesado en ampliar su patrimonio, como ese Museo de Polonia que alberga material de varios de los alpinistas que han acabado los 14 ochomiles, y una sala dedicada a las expediciones invernales, con la vitrina del Nanga vacía, de momento, o el Museo del Alpinismo Vasco –de reciente creación en Donostia– que le parece una idea preciosa.

El de Lemoa, muy interesado en la historia del alpinismo, tiene madera de coleccionista y un ático donde guarda sus tesoros. Reina el orden en ese pequeño museo que ha reunido el lemoarra en donde comparten espacio los trajes de sus expediciones con fotografías, carteles, clavos –alguno precisamente de la primera expedición al Nanga por la Vertiente del Diamir que se ha traído esta vez–, cuerdas, las guitarras que «nos han acompañado durante el trekking, han sonado mientras cantábamos»... Recuerdos, en definitiva, buenos y menos agradecidos, como el parapente con el que uno de sus hermanos cayó en la arena y se rompió una cadera o un montón de pertenencias sentimentales colocadas junto al instrumental de trabajo y utensilios que se ha encontrado en sus viajes.

Algunos de ellos de gran valor para el alpinismo. Por ejemplo un par de bombonas de oxígeno: «una de la primera expedición al K2 en 1954, es la única que existe, y otra de 1970 de la primera ascensión al Makalu por la cara norte», que enseña entusiasmado. No solo recolecta cachivaches para coleccionarlos, también se empeña en dejar limpia la montaña subiendo a recoger lo que van dejando en el trayecto. Es el obligado último esfuerzo para alguien con conciencia medioambiental, según afirma «porque es una cuestión de respeto».

En el desván controla que cada objeto esté en su sitio: «Sé donde tengo cada cosa y si las tocan mis hermanos, me doy cuenta. También en los campos base y en los de altura, las encuentro con los ojos cerrados», confiesa. Entre botas y piolets no podían faltar las txapelas conseguidas con la aizkora. Cómo en otras disciplinas de herri kirolak no es la fuerza el único requisito indispensable para resaltar. Sin una técnica depurada es difícil aspirar a la Primera categoría. A Txikon, que se siente cómodo en Tercera, han sido las apuestas y no los campeonatos las que le han dado eco. Ya ha cumplido una década desde que cortó su primer tronco. Pero también aquí le sigue saliendo la vena del alpinista: «Cuando estoy con el hacha nunca lo doy todo. Por la montaña estás acostumbrado a guardarte algo. Son cosas que te salen por defecto», confiesa.

Su casa no está lejos de la cueva de Baltzola, en Dima, uno de los lugares emblemáticos de la escalada deportiva, pero se calza los pies de gato y nos hace una demostración en otra pared, la de Lamindao desde la que se divisa el Gorbea y donde se estrenó a los 14 años. «El Diedro, el Rompetechos, este muro tiene un 7+. O sea que algo ya escalaba», concluye mientras trepa hacia arriba una vez más.