2016 ABEN. 11 IRITZIA Milagros DAVID BROOKS {{^data.noClicksRemaining}} Artikulu hau irakurtzeko erregistratu doan edo harpidetu Dagoeneko erregistratuta edo harpideduna? Saioa hasi ERREGISTRATU IRAKURTZEKO {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Klikik gabe gelditu zara Harpidetu {{/data.noClicksRemaining}} Hay gente que sabe crear milagros colectivos. Construirlos, alimentarlos y defenderlos. Casi siempre lo hacen a un gran costo personal, pero uno jamás se entera. No se sabe ni si ellos mismos lo saben. Crear algo colectivo es lo más difícil en este mundo, que suele estar dedicado a destruirse. Nada es más fácil que destruir, y casi siempre –y desafortunadamente esto es hasta común entre los que se dicen progresistas– se hace con justificaciones retóricas expresadas en un vocabulario disfrazado de lo opuesto, de la defensa de los derechos y la justicia y libertad. Eso es muy fácil y tiene efectos trágicos cuando destruye algo creado de la nada, de lo imposible, de puro corazón y fe inquebrantable en los demás. Justo por ello, toda creación colectiva es, por eso, un milagro. Bernardo Álvarez Herrera (Carora, Venezuela, 1956-2016), más allá de sus talentos como diplomático, era un creador de y para el colectivo. Atrevido y amante de la vida, de su sabor, su música y los sueños colectivos. Por eso era un gran amigo de cualquiera que él sospechase –y lo sospechaba de demasiados, pero solo por ello al hacerlo los elevaba– que compartía ese amor. Les contaba cuentos y dichos e historias y, con un cuatro o guitarra en las manos, les cantaba canciones de su país o de México –amaba la música y la cultura mexicana, la última vez que lo vi estaba cantando “Juan Charrasqueado”–, y los invitaba a sumarse a la creación de algo colectivo. No aguantaba la soledad. Se rebelaba contra ella y con ello sacaba a otros de sus aislamientos. Aun cuando uno no quisiera. Lo conocí cuando era embajador de Venezuela en Washington, representante de uno de los más grandes y nobles experimentos populares en tiempos recientes, elegido para ser representante de un sueño bolivariano socialista aliñado con Miranda y Martí en el mismo ombligo del proclamado enemigo de ese sueño. Una de mis primeras preguntas fue por qué Hugo Chávez hacía cosas tan locas que podrían ser contraproducentes para su relación con Washington y otros países. Me respondió que si yo pensaba que el mundo como estaba era lógico, que si las políticas de Washington eran razonables. Ante ello, preguntó: ¿Para qué sirve «portarse bien»? Mejor decir las cosas como son. Vale recordar que Chávez, su equipo y su pueblo, encabezaron un desafío sin precedentes al proyecto hegemónico de Estados Unidos en el hemisferio, y triunfaron. Con una pala en la mano, Chávez proclamaría que los pueblos latinoamericanos, a través de sus gobiernos progresistas, llegaron para enterrar el proyecto neoliberal denominado el «consenso de Washington», y eso marcó el funeral del Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Pero la política hacia Estados Unidos no se limitó al enfrentamiento con Washington. Bernardo, como embajador de Chávez, fue uno de los arquitectos y, más difícil aún, implementador, de una de las políticas más novedosas hacia EEUU. Mientras enfrentaban abiertamente las políticas intervencionistas de Washington, a la vez ofrecían una política de solidaridad concreta con el pueblo estadounidense. En el caso de Venezuela, esto se expresó en calor: desde abrazos culturales extraordinarios –para empezar por la música, con la joya de su corona: la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar– hasta calefacción para los más pobres. Bernardo, siempre inquieto, viajó extensamente por EEUU, sobre todo por las zonas más marginadas, lugares que ningún otro diplomático latinoamericano ha visitado, y desde allí, en nombre de un pueblo y líder desconocido, ofreció millones de dólares en combustible para la calefacción de los pobres. Esto sucedió a la sombras de ciudades riquísimas como Nueva York, en comunidades olvidadas como las reservas indígenas del noreste y el medio oeste, y hasta en comunidades de Alaska. «No conozco a ese señor Chávez, pero le quiero dar un gran abrazo a él y a su pueblo», le dijo una abuela en el sur del Bronx. Bernardo, más allá de sus actividades diplomáticas formales, también logró crear solidaridad –de la verdadera– en todos los niveles: desde intelectuales y artistas hasta sindicalistas, desde líderes sociales latinos y afroestadounidenses hasta estudiantes y empresarios –incluso petroleros–. No temía decir sus verdades. Gozaba más que nada buscando, entre el humor –aunque a veces con chistes malísimos– y la disciplina de sus tareas oficiales, creando, impulsando y defendiendo lo más frágil y delicado: la creación de milagros colectivos. Los que saben crear milagros regalan no el milagro en sí, sino algo aún más excepcional: la invitación a crear y forjarlos con ellos. A los que tenemos la gran fortuna y el gran privilegio de ser participantes en ellos, nos toca decidir cada día si defenderlos o no. Los enemigos de los milagros colectivos –los que gozan insistiendo en que todo eso es imposible– esperan cada día a ver qué decidimos. Ante tal decisión, no hay neutrales. José Martí: «Lo imposible es posible… los locos somos cuerdos». No tengo la capacidad lírica o analítica para abordar qué significa la muerte de una figura como Fidel y su insistencia en los milagros, en la audacia para desafiar a los que buscan que nos sometamos solo a lo posible. Pero su muerte y, ese mismo día, la de Bernardo Álvarez Herrera, me provoca la necesidad urgente de intentar ponderar en voz alta eso de los milagros colectivos.