2026 OTS. 22 RASD, medio siglo de resistencia entre el olvido y la esperanza Para contrarrestrar la expulsión de su territorio en 1975, los saharauis proclamaron el 27 de febrero de 1976 la República Árabe Saharaui Democrática (RASD). Desde entonces, simboliza la resistencia y la esperanza de un pueblo sometido a una parálisis histórica entre la ocupación marroquí, el silencio internacional y una resistencia que sobrevive en el exilio y las ruinas, y que reclama su derecho a vivir libre en su propia tierra. Dajha, exmilitar del Frente Polisario y desminador. Perdió el ojo izquierdo y algunos dedos durante la desactivación de una mina cerca de Tifariti, en el Territorio Liberado del Sahara Occidental. (Andoni Lubaki | Ronak Press) Mikel Zubimendi Hace poco más de 150 años, se sentaban en una mesa ovalada unos señores trajeados, bigotudos, todos blancos, herederos de imperios y monarquías europeas. Debatían sobre un mapa de África que abrieron en el centro de la mesa. No conocían a sus gentes, no habían pisado sus tierras, pero discutían cómo repartírsela. Allí se redactó de manera legal el fundamento de la colonización: la misión civilizatoria. Es decir, como no eran pueblos «civilizados», había que colonizarlos. La cita fue organizada por Otto von Bismarck, canciller del Imperio Alemán. Se reunieron trece potencias europeas y EEUU para fijar las normas de la colonización. Con la Conferencia de Berlín (1884-1885) se aceleró el reparto de África; de esta manera, Francia se quedó con Marruecos, Mauritania y Argelia, y España, con el Sahara Occidental y Guinea, convirtiéndose así el Sahara Occidental en un protectorado. Hasta 1947, el Sahara solo fue importante por sus bancos de pesca, pero a partir de esa fecha comenzaron las explotaciones de yacimientos de fosfatos, níquel, cromo, platino, oro, plata y estaño. Con el ingreso de España en la ONU en 1955 y con la obligación de aceptar la descolonización, el franquismo modificó la organización del Estado y en 1958 el Sahara Occidental dejó de ser una colonia para pasar a ser una provincia más de España, «la número 53». Un árbol cerca de Agüenit, que se emplea para secar la ropa limpia de los combatientes del Polisario. (Andoni Lubaki | Ronak Press) ÚLTIMO TERRITORIO PENDIENTE DE DESCOLONIZACIÓN El 10 de mayo de 1973 se fundó en la clandestinidad el Frente Polisario (Frente Popular para la Liberación de Saguia el-Hamra y Río de Oro), hoy reconocido internacionalmente como el legítimo representante del pueblo saharaui. También como único interlocutor en las negociaciones con Marruecos sobre un territorio que la ONU califica como «el último territorio de África pendiente de descolonización». Un conflicto de ocupación, persecución y opresión que no está presente en las agendas internacionales. Con sus acciones armadas contra intereses españoles, el Frente Polisario, como dijo Franz Fanon, quiso «utilizar la violencia para hacer audible la violencia física, estructural y simbólica del colonialismo» español. En 1974, España aceptó la propuesta de la ONU de iniciar el proceso de autodeterminación mediante un referéndum que debía tener lugar la primera mitad del año 1975. Marruecos se opuso y solicitó el dictamen del Tribunal Internacional de Justicia de La Haya. En octubre de 1975, su sentencia negaba cualquier derecho histórico de Marruecos sobre el Sahara. El mismo día que se hizo pública la sentencia, el rey de Marruecos, Hassan II, anunció el inicio de la “Marcha Verde”. Unos 350.000 marroquíes, «civiles desarmados», exacerbados por los discursos ultranacionalistas, iniciaron el recorrido hacia el Sahara, con la intención de invadirlo. El 9 de noviembre Hassan II anunciaba el final de la “Marcha Verde”, una vez conseguidas las garantías españolas que el conflicto se resolvería a favor de Marruecos. Cinco días después, ante el estupor de la ONU y del mundo entero, se firmaron los Acuerdos Tripartitos de Madrid, por los que el Gobierno español cedía el Sahara Occidental a Marruecos y Mauritania. La República Árabe Saharaui Democrática (RASD) fue proclamada el 27 de febrero de 1976, coincidiendo con la retirada de las últimas tropas coloniales españolas. Este acto de soberanía ante la ocupación por parte de Marruecos y Mauritania, que pretendían repartirse el territorio sin considerar la voluntad de su población, representó la firme determinación del pueblo saharaui en su lucha por la autodeterminación y la independencia. COMIENZA LA GUERRA La lucha del Polisario se caracterizó, militarmente, por décadas de guerrillas y, políticamente, por intentos de llevar a Marruecos a la mesa de negociaciones. Mauritania, tras comprender que los costos de la guerra estaban afectando a su desarrollo, se retiró en agosto de 1979. A pesar del firme respaldo de EEUU, y posteriormente de Francia, la salida de Mauritania dejó a Rabat en una posición bastante aislada, particularmente en el continente. Argelia, rival de Marruecos, calificó la anexión de «invasión lenta y asesina», y asumió un papel clave como vanguardia de la liberación en el llamado Tercer Mundo, en la defensa de la autodeterminación, y en su apoyo al Polisario mediante dinero, armas y diplomacia. Desde principios de 1976, la población saharaui inició el éxodo hacia el interior del país y, luego, hacia los campamentos de refugiados situados en Argelia. Los ataques marroquíes contra los campamentos saharauis instalados en el desierto fueron de gran violencia, incluso bombardeando con napalm y fósforo blanco. Tras la batalla de Uarkliz (1980), que supuso una severa derrota del Ejército de Hassan II, Marruecos puso en marcha una nueva estrategia: la construcción de muros para defenderse de los ataques y poder explotar los recursos minerales. Muros de arena de 2.700 kilómetros para separar la RASD controlada por el Polisario del resto del Sahara Occidental y restringir su acceso al mar. Para reforzar esa defensa, colocó entre cinco y diez millones de minas terrestres como barrera adicional a las incursiones del Polisario. En febrero de 1982, la RASD pasó a formar parte de la Organización para la Unidad Africana (OUA) y en respuesta de ello Marruecos se retiró, pero recibió el apoyo de sus aliados occidentales de la Guerra Fría para un conflicto que duró 16 años. En 1991, se alcanzó un acuerdo de alto el fuego bajo la premisa de que la ONU intervendría para mediar en los términos de un referéndum sobre la autodeterminación, y a tal efecto se decidió crear la Minurso (Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum del Sahara Occidental). El referéndum incluiría la opción de la independencia, como solución acordada en el alto el fuego, que esencialmente congeló el conflicto sobre el terreno durante otros 35 años. Said Mohammed Fadel, excamionero del Polisario, permanece desde 1982 postrado en una cama de hospital de víctimas de guerra debido a su parálisis provocada por la explosión de una mina terrestre. (Andoni Lubaki | Ronak Press) DELGADA LÍNEA ENTRE LA PAZ Y LA PACIFICACIÓN Sin embargo, 35 años después del envío de la Minurso, el referéndum que se había acordado aún no se ha celebrado. Este fracaso se ha debido principalmente a la obstrucción por parte de Marruecos y su interés por proyectar el conflicto del Sahara Occidental como «congelado», «bloqueado», como un obstinado juego de «suma cero» entre dos partes. Sin embargo, este enfoque pasa por alto el hecho de que la falta de solución del conflicto nunca ha implicado solo a dos partes. Y la capacidad de Marruecos para desafiar el derecho internacional no puede entenderse sin reconocer la protección que recibe de poderosos actores globales. El apoyo de Francia e Israel, tanto en la ONU como en las capitales occidentales, fortalece la capacidad marroquí para rechazar un proceso legítimo y democrático de autodeterminación. Las redes de lobby en Europa y EEUU, incluyendo algunas conectadas al sionismo, forman parte de una estrategia más amplia para obstruir cualquier solución basada en el derecho internacional. París brinda a Marruecos apoyo militar directo y Tel Aviv ha reforzado las capacidades de vigilancia e inteligencia mediante programas espía avanzados. Además, los aliados de Rabat se aprovechan de las oportunidades y beneficios de la ocupación. La extracción rutinaria e ilegal de los recursos, la exportación de fosfatos, pescado, productos agrícolas y arena del territorio, inversiones en parques eólicos y en la exploración de reservas petrolíferas. Y esto ha proporcionado a Marruecos la ventaja política del tiempo: para continuar urbanizando y colonizando, para consolidar una administración que intente integrar la identidad saharaui en el régimen marroquí, para obtener apoyo político sin precedentes para su ocupación. Considerando el papel crucial que la ONU asumió en el orden mundial de posguerra al promover la paz internacional y las perspectivas de descolonización, es importante analizar cómo ha jugado en el caso saharaui. Se ha considerado, con razón, que en el caso del Sahara Occidental el papel de la ONU ha sido monumentalmente deficiente ante unas condiciones de vida deplorables y una represión sistemática en el marco de la política de «marroquinización», que le ha permitido a Rabat controlar la mayor parte del Sahara Occidental.Un soldado del Polisario muestra unas balas que ha descubierto en Bir Lehlu, en los Territorios Liberados del Sahara Occidental. (Andoni Lubaki | Ronak Press) PUEBLO NÓMADA, PUEBLO EXILIADO El pueblo saharaui se encuentra dividido entre el Sahara Occidental ocupado por Marruecos (los llamados territorios ocupados), donde los saharauis son reprimidos y discriminados, y los campamentos de refugiados situados en la provincia de Tindouf (al suroeste de Argelia), donde cerca de 175.000 personas llevan 50 años entregados a la espera, y no dejan de soñar con el hogar perdido. Permanecen en el desierto, donde todo parece reducido a arena, viento y silencio, donde las temperaturas diurnas pueden superar los 45°C a la sombra y los vientos soplan como ráfagas de fuego. Desplazados del litoral atlántico del Sahara Occidental, muchos provienen de comunidades pesqueras que dependían del océano para vivir: el mar es una imagen lejana, del hogar perdido y de una vida interrumpida por la expulsión. Decenas de miles de saharauis han nacido en los campamentos y esperan algún día regresar, o por lo menos conocer, la tierra de sus ancestros. Para ellos, cuidar y ejercer sus tradiciones y costumbres es una forma de resistencia y de afirmación. Es una forma de decir «aquí estamos». Los tejidos de las mujeres no solo envuelven los cuerpos, ni solo son un escudo protector que ataja la rudeza natural del desierto, también son velos de historia tras los cuales late la memoria. Son símbolo de resistencia, el espejo de unas mujeres fuertes, decididas y revolucionarias que han combatido el régimen marroquí para ganar la libertad y la independencia. Familias saharauis en campamentos que mantienen pequeños rebaños de cabras y camellos como sustento y símbolo de su identidad nómada. Para las cuales, el viaje no es solo desplazarse: es una forma de existencia, primero como pueblo nómada del desierto, guiado por las estrellas y los rebaños; después, como pueblo exiliado, empujado por la guerra y la ocupación. Familias que preparan el té saharaui para todos sus miembros varias veces al día. Más que una bebida, es un ritual de encuentro y acogida servido en tres rondas, “el primero amargo como la vida, el segundo dulce como el amor y el tercero suave como la muerte”, según dicen. La asistencia humanitaria, cada vez menor, es fundamental y proporciona recursos esenciales en un contexto donde la vulnerabilidad y la incertidumbre dificultan aún más la subsistencia diaria. Un paciente del Hospital de Víctimas de Guerra muestra su ojo amputado durante una contienda contra el Ejército marroquí debido a una bala. (Andoni Lubaki | Ronak Press) UN PUEBLO AL QUE SE LE NIEGAN SUS DERECHOS Todas las noches, los soldados del Frente Polisario vigilan las etéreas fronteras de la RASD de un muro de más de 2.700 kilómetros que separa al Sahara Occidental. Una zona hostil con millones de minas antipersona y asedio constante de drones y artillería. La tensión bélica sigue latente. Marruecos parece triunfante sobre el papel. La ONU se inclina por su plan de autonomía. Europa se alinea con el reino. El Polisario no tiene un arsenal real: ni drones, ni misiles de corto o medio alcance, ni capacidad para la guerra territorial. Durante décadas, la cuestión del Sahara Occidental ha sido el pegamento que mantiene unido al reino, alimenta la misión mítica del “Gran Marruecos” que convierte la obediencia política en deber patriótico. Una paz justa expondría su economía sumergida, amenazaría el dinero en un país que produce el 70% de la resina de cannabis del mundo, un imperio del mercado negro multimillonario que alimenta redes vinculadas al palacio, la cúpula militar y los agentes de inteligencia. En ese sentido, el conflicto es inestimable, no tiene precio para Rabat: justifica el secretismo, presupuestos inflados, corredores de contrabando y un poder irresponsable. Pero el Sahara Occidental no es un rompecabezas geopolítico mantenido por regímenes rivales. Es un proceso de descolonización inacabado, reconocido como tal por el derecho internacional. Una nación cuyo derecho a la autodeterminación se ha reafirmado repetidamente: en la Resolución 1514 (1960) de la Asamblea General de la ONU: «Independencia para todos los pueblos colonizados»; en la Corte Internacional de Justicia (1975): «Ausencia de vínculos de soberanía que vinculen a Marruecos con el Sahara Occidental»; en el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (2016, 2018, 2021, 2024): El Sahara Occidental y Marruecos son «territorios separados y distintos», y ningún acuerdo puede incluirlos sin el consentimiento del pueblo saharaui. Estas no son interpretaciones políticas. Son hechos jurídicos vinculantes. DESCOLONIZACIÓN Y CONFLICTO REGIONAL Reducir toda esta historia de este conflicto a una rivalidad entre Rabat y Argel borra a un pueblo que ha resistido el dominio colonial mucho antes de 1975 e ignora el alto precio que han pagado los saharauis, desde el destierro, hasta los bombardeos y la ocupación. Pero es cierto que, en un contexto internacional marcado por reajustes geopolíticos y por la búsqueda de salidas rápidas, se intensifican los intentos de redefinir la cuestión saharaui como un «conflicto regional», desplazándola del terreno de la descolonización y del derecho internacional. Calificar un conflicto no es una cuestión semántica, determina los derechos reconocidos y las soluciones posibles. Desde esta perspectiva, hay que clarificar un debate clave: sin autodeterminación, no hay solución justa ni duradera, sino una gestión política del conflicto ajena a la libre voluntad del pueblo saharaui. Presentarlo como un «conflicto político regional», un giro que, aunque aparentemente pragmático, encierra profundas consecuencias jurídicas y políticas. La experiencia internacional demuestra que los derechos no se eliminan de golpe, sino que se erosionan progresivamente: primero se cambia el lenguaje, luego la referencia jurídica y, finalmente, el horizonte de expectativas. La batalla por la calificación precede a la batalla por la solución. Cuando se gana la primera, resulta mucho más fácil controlar la segunda. Tampoco en el derecho internacional la calificación es una cuestión meramente formal. La definición determina el marco en el que se resuelve, los derechos que se reconocen y los mecanismos que se adoptan. Cambiar la calificación de un conflicto no es un gesto neutral, sino una herramienta política utilizada reiteradamente para restringir o aplazar el derecho de los pueblos a la autodeterminación. Un soldado pasa por delante de una roca pintada con la bandera del Frente Polisario. (Andoni Lubaki | Ronak Press) URBANISMO COMO DOMINACIÓN «Dakhla es esencialmente un campamento militar», escribió el exdiplomático británico Simon Pease en su informe al Ministerio de Asuntos Exteriores sobre su visita al Sahara Occidental ocupado en octubre de 1989. Hoy, la ciudad presenta una imagen marcadamente diferente al visitante. Se promociona como un destino turístico de bajo coste, como «la perla del sur de Marruecos», «un pequeño trocito de paraíso» y «una de las costas más hermosas de Marruecos». Las aerolíneas operan vuelos regulares y chárter al aeropuerto de Dakhla. A principios de 2025, Donald Trump propuso «reurbanizar» Gaza como una zona turística de lujo frente al mar (una «Riviera del Medio Oriente»), basada en la expulsión permanente forzosa de su población palestina. Grotesca y aparentemente absurda en su crudeza, elevando la mentalidad del promotor inmobiliario a la categoría de estratega geopolítico, esta propuesta simplemente manifiesta una lógica que ya está en funcionamiento en numerosos territorios ocupados en todo el mundo, también en el Sahara Occidental. El turismo de asentamiento y mercantilización de los territorios ocupados en el derecho internacional trumpista es moneda común. La influencia de EEUU en la geopolítica actual es brutal. Marruecos cuenta con el apoyo de estados anclados en el colonialismo de asentamiento, como EEUU e Israel, que respaldan abiertamente la soberanía marroquí sobre el Sahara Occidental. Francia hizo lo mismo en 2024, en coordinación con corporaciones francesas deseosas de beneficiarse de los negocios en el Sahara Occidental, un territorio que ya no se distingue de Marruecos en los mapas del Ministerio de Asuntos Exteriores francés. DERECHO CONTRA LA FUERZA La similitud de la bandera de la RASD con la bandera palestina no es casualidad, ya que ambos pueblos luchan por su autodeterminación y el reconocimiento como estado independiente. El uso de banderas afines refuerza este sentimiento de identidad compartida y aspiración a la soberanía. A los mismos colores (negro, blanco, verde y el triángulo rojo superpuesto) la bandera de la RASD incorporó una estrella y una media luna rojas. La estrella simboliza la República Árabe y la media luna representa su carácter musulmán. La similitud va más allá en lo simbólico. En Palestina, la transformación progresiva de una cuestión de descolonización de un pueblo bajo ocupación en un «conflicto palestino-israelí» condujo a la gestión del conflicto en lugar de a su resolución, al progresivo debilitamiento de la referencia jurídica del derecho a la autodeterminación tras la entrada en la lógica de las transacciones políticas, iniciada con los Acuerdos de Oslo. Pasar por alto el legítimo derecho del pueblo palestino a la autodeterminación y a la creación de su Estado independiente no trajo la paz deseada, sino todo lo contrario: más injusticia, asentamientos y matanzas. Los paralelismos entre las injusticias sufridas bajo las ocupaciones marroquí e israelí son evidentes. Las dos causas han llevado a la intersección de sus luchas en muchas etapas. La más notoria, la actual; que también condujo a la aceleración del abrazo entre las dos potencias ocupantes, consagrado por el humillante proceso de normalización de los Acuerdos de Abraham. Una maniobra urdida por Trump, que en una artimaña de trueque redactó, con premeditación y alevosía, aquel tweet donde reconocía la soberanía de Marruecos sobre el Sahara Occidental. La Montaña Blanca, en las inmediaciones de Agüenit. En este lugar el Polisario empezó el primer ataque en el sur contra el Ejército español en 1974. (Andoni Lubaki | Ronak Press) En campamentos donde todo parece reducido a arena, viento y silencio, y los vientos soplan como ráfagas de fuego, cerca de 175.000 saharauis llevan 50 años entregados a la espera, y no dejan de soñar con el hogar perdido Sahara Occidental no es un rompecabezas geopolítico mantenido por regímenes rivales. Es un proceso de descolonización inacabado, reconocido como tal por el derecho internacional La experiencia demuestra que los derechos no se eliminan de golpe, se erosionan progresivamente: primero se cambia el lenguaje, luego la referencia jurídica y, finalmente, el horizonte de expectativas