2026 API. 26 Desde lo pequeño El gasteiztarra Iban Arroniz muestra algunas de sus obras en la exposición «Penthouse Stilleven», que se puede visitar hasta finales de mayo en la planta subterránea de la librería Zuloa. (Cortesía de Zuloa) Iker Fidalgo {{^data.noClicksRemaining}} Artikulu hau irakurtzeko erregistratu doan edo harpidetu Dagoeneko erregistratuta edo harpideduna? Saioa hasi ERREGISTRATU IRAKURTZEKO {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Klikik gabe gelditu zara Harpidetu {{/data.noClicksRemaining}} La cultura más libre es aquella que es capaz de escapar de ser instrumentalizada. Mantener la independencia es a veces un vicio caro, pues supone situarse en los márgenes de lo aceptado por la mayoría. Sin embargo, hacen falta pequeños reductos que nos permitan encontrarnos a salvo de los grandes discursos y, para eso, es necesario defender su existencia. En el artículo de hoy, ponemos el foco en uno de esos lugares que permanecen en pie a pesar del paso del tiempo. En la época en la que las ciudades tienden cada vez más a alojar cafeterías de vaso de plástico y mandil verde, la librería Zuloa, fundada en Gasteiz en 1987, es un canto a la resistencia de un modelo de negocio vinculado a la cultura. Referente en Euskal Herria dentro del mundo del cómic o la literatura, su planta subterránea es desde hace años una sala polivalente que en ocasiones funciona como lugar para alojar exposiciones de arte contemporáneo. A principios del pasado mes de marzo, Zuloa inauguró una exposición titulada “Penthouse Stilleven”. Tras este título se encuentra la firma de Iban Arroniz (Gasteiz, 1974). Arroniz es uno de esos artistas que se ve mucho menos de lo que se podría merecer. Un creador ecléctico, cercano al cómic, al dibujo, a la pintura y muy ligado al estrato más underground de la capital alavesa. Con una trayectoria creativa de largo recorrido, no acostumbramos a verle en los circuitos más habituales. Sin embargo, se trata de un perfil que es capaz de aunar una destreza técnica a nivel gráfico y pictórico, con un vasto conocimiento de los códigos de la cultura popular y, lo más importante, hacerlos dialogar con gran sentido. En esta muestra, que podrá verse hasta finales de mayo, nos encontramos con once pinturas de tamaño medio o pequeño, con marcos dorados y dispuestas sobre una pared de color negro. Esta decisión formal dota de coherencia plástica a los once lienzos que conforman la exposición. Todos ellos son bodegones cuidadosamente seleccionados. Una instantánea pintada de una escenografía cuidadosamente seleccionada y plagada de recovecos, detalles y significados. Los objetos adquieren el protagonismo para hablar de una experiencia vital. Los seres humanos son desplazados del centro de la narración para ser ellos los que cuentan nuestra historia, pues nos sobrevivirán a nuestra muerte. Calaveras, tabaco, una ballesta, flores o un pasaporte son algunos de los elementos que crean las diferentes composiciones. De una factura precisa y cuidada, nos plantean la riqueza de los diálogos que surgen en las escenas que se dan en cada uno de los cuadros y entre sí. El artista ha decidido también utilizar la pared más agradecida de la sala para exponer en ella algunos de los bocetos previos. Si bien no desluce el resto de la muestra, quizás habría sido más potente apostar todo al negro y dejar los procesos para la imaginación de quien se acerque a visitar la planta subterránea de Zuloa.