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Kore-eda cambia, pero sigue siendo Kore-eda

De izquierda a derecha: Hirokazu Kore-eda, Rimu Kuwaki, Haruka Ayase, Daigo y Yuta Bandoh salen de la proyección de «Sheep in the Box» durante la última edición del Festival de Cannes. (Kristy Sparow | Getty Images)

El cineasta japonés Hirokazu Kore-eda presentó “After Life” en Donostia en 1998. Desde entonces, su relación con Zinemaldia se ha convertido en una de las más estrechas entre un director internacional y el festival donostiarra. Ha regresado en numerosas ocasiones, ha competido por la Concha de Oro y ha conquistado dos Premios del Público. En 2018 recibió, además, el Premio Donostia.

Por eso no fueron pocos los que dieron por descontado que “Sheep in the Box”, su nueva película, tendría también su lugar este año en Donostia. Después de su paso por Cannes, la película llegará finalmente a los cines sin hacer escala donostiarra.

Y es una pena, porque la película, pese a ser algo irregular, permite reconocer a Kore-eda incluso cuando se aventura por un terreno que, a primera vista, parece alejado de su cine. Durante casi tres décadas ha filmado familias rotas, niños y niñas que buscan un lugar, padres y madres que no saben cómo serlo, muertos que siguen habitando la memoria de los vivos. Ha hecho películas sobre personas que se encuentran cuando ya parecía demasiado tarde y sobre vínculos que no necesitan compartir sangre para convertirse en familia. Ahora introduce la ciencia ficción, pero sigue hablando de lo mismo.

“Sheep in the Box” nos sitúa en un futuro cercano en el que la tecnología permite reconstruir la apariencia y la voz de una persona fallecida. Un matrimonio que ha perdido a su hijo recurre a uno de estos humanoides en un intento desesperado por mantener cerca aquello que la muerte se ha llevado. Si les interesa y les intriga esta premisa, no se pierdan, si aún no la han visto, “Singular”, la película del donostiarra Alberto Gastesi.

La idea podría conducir fácilmente hacia el territorio de la distopía tecnológica, pero no. Lo que le importa es qué estamos dispuestos a hacer cuando no aceptamos la ausencia. Si podemos reconstruir un rostro, una voz, gestos y recuerdos, ¿hasta dónde estamos dispuestos a fingir que la persona que perdimos sigue ahí? ¿Qué ocurre cuando esa reconstrucción deja de ser un recuerdo y empieza a convertirse en alguien?

Hay algo muy “koreediano” en esas preguntas. Cambian las herramientas, cambia el paisaje, cambia incluso la naturaleza de los personajes, pero permanece su obsesión por los vínculos. Aquello que nos une a los demás y aquello que queda cuando ese vínculo se rompe.

Aunque “Sheep in the Box” parezca a simple vista una ruptura en la trayectoria de Kore-eda, realmente no lo es. Es más bien otra manera de volver a una de sus preguntas de siempre.