2026 AZA. 01 PSICOLOGÍA La queja (Getty Images) Igor Fernández {{^data.noClicksRemaining}} Artikulu hau irakurtzeko erregistratu doan edo harpidetu Dagoeneko erregistratuta edo harpideduna? Saioa hasi ERREGISTRATU IRAKURTZEKO {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Klikik gabe gelditu zara Harpidetu {{/data.noClicksRemaining}} Todas las personas lo hacemos en la cotidianidad en un grado u otro, contamos la historia de lo que nos ha molestado, indignado o dolido, a alguien cercano, que puede o no, tener capacidad de resolverlo, si bien, lo que buscamos habitualmente es «que nos escuchen». ¿Por qué nos quejamos? Probablemente la razón principal es la catarsis, simplemente nos permite aliviar un malestar al sacarlo fuera. Otra de las razones puede ser porque, cuando nos quejamos, estimulamos la reacción de quien nos escucha, quien puede darnos una visión distinta de la situación o para pedir que el otro se responsabilice de su comportamiento, o nos lo explique. Cuando la queja expresiva no está provocada por una realidad palpable, como el dolor constante, o una situación traumática, cuando se refiere a las pequeñas incomodidades de la vida, en otras palabras, cuando es opcional, es importante que seamos conscientes de sus efectos. El efecto positivo principal es la catarsis, como decíamos, pero cuando la dosis es alta y constante, esta catarsis puede tener efectos adversos, siendo un hábito perjudicial. Por un lado, internamente, el malestar de la propia queja puede volverse crónico al resonar como un eco, con imágenes y relatos que no acaban. Por otro, externamente, mientras quien la emite se libera -momentáneamente, por eso hay que repetir-, quien la recibe, después de un tiempo puede empezar a sentir aversión a la tensión que conlleva, a la impotencia que transmite o, simplemente, a la ausencia de otras emociones y relatos. En ese caso, la persona que emite la queja corre el riesgo de perder relaciones o de dañarlas, sin realmente poder resolver, en dicha relación, lo que le molesta o duele de otro contexto y otra relación. Y es que muchas personas que se quejan constantemente buscan, sin necesariamente saberlo, pasar ese malestar, y que también lo sienta la otra persona, para no sentirse solos, solas, con ellos. Sin embargo, pueden lograr justo lo contrario. En este sentido, la queja necesita ser estratégica y comedida, dirigida a quien pueda hacer algo al respecto porque, al fin y al cabo, de lo que se trata es de impactar en el mundo de una manera deseada. La queja parece ser suficiente por el alivio, pero no lo es. Es cierto que, cuando nos quejamos, sentimos nuestra fuerza o razón en la fantasía, pero también podemos “enamorarnos” de nuestras afrentas, de una visión propia como alguien a quien se le debe algo y esto puede hacernos de menos internamente, paradójicamente. La queja no deja de ser una fantasía de reparación o de validación de nosotros, de nosotras; quizá hechos a los que hemos renunciado internamente. Así que la queja necesita un límite, admitir que mi experiencia puede ser solo mía, que los demás me pueden escuchar pero es mi responsabilidad, y que ellos también desearían compartir otras facetas de mí e, incluso, celebrar lo que va bien.