2015 API. 05 LELO, TRADICIÓN DE PASCUA EN GEORGIA Un balón por cada tumba Sin tiempo, sin reglas y sin límite de participantes: juguemos al Lelo. En el suroeste de Georgia conocen muy bien estas cuatro letras. Lelo, una combinación de rugby y lucha llevada a los extremos. Cada domingo de Pascua, mientras el resto del país celebra la festividad alrededor de una mesa y en familia, los habitantes de las pequeñas villas de Kvemo Shukhuti y Zemo Shukhuti conmemoran a sus fallecidos jugando a este ancestral juego. Cristina Aldehuela y Jordi Perdegó {{^data.noClicksRemaining}} Artikulu hau irakurtzeko erregistratu doan edo harpidetu Dagoeneko erregistratuta edo harpideduna? Saioa hasi ERREGISTRATU IRAKURTZEKO {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Klikik gabe gelditu zara Harpidetu {{/data.noClicksRemaining}} Desde las diez de la mañana hasta que cae el sol, en Kvemo y Zemo-Shukhuti, el Villarriba y Villabajo georgianos, no se habla de otra cosa. Esperan esta celebración durante todo el año. Casi todos los hombres de ambos pueblos van a asistir, incluso algunos han regresado al lugar que les vio crecer exclusivamente para este evento. Kvemo y Zemo están separados por apenas tres kilómetros de distancia. Solo una pequeña carretera las une, una única carretera que les enlaza también con otras zonas. Amanecerá cortada y así seguirá hasta caer la noche. Unas pocas casas en fila, alguna que otra tienda, frondosos árboles y altas montañas componen el paisaje de estas dos aldeas. A mitad de camino entre uno y otro se encuentran una explanada de tierra rodeada por dos riachuelos, un cementerio y la iglesia que ambos comparten. Antes del inicio del juego, los vecinos ya se han reunido en la zona. Hablan sobre cómo será el evento este año, disfrutan de algunas bebidas, acuden a presentar sus respetos a la tumba de su familiar o amigo, disfrutan de algo de música en directo y, sobre todo, cuentan las horas para el inicio. Durante el tiempo que dure el partido, esta explanada y ambas aldeas se transforman en el campo de juego. Los muros, árboles y señales de tráfico que hay en torno a la iglesia harán de gradas para la hinchada eufórica: los habitantes de ambas villas y algún que otro curioso de fuera. El objetivo del juego, introducir una pelota de dieciséis kilogramos en uno de esos dos riachuelos de la zona, cada equipo en el de su pueblo. El equipo que lo consiga será el vencedor y entregará el balón como ofrenda al vecino recientemente fallecido. La pelota es elaborada el mismo día. Una capa de cuero rellena de arena, agua y vino que ellos mismos preparan. El privilegio de elaborarla recae en la familia del zapatero de la zona. Varias personas de la aldea le ayudan, mientras festejan con vino y varios platos compuestos de carne y queso. Una vez listo el balón, será llevado por el cura a la iglesia, en una especie de ritual de purificación. Será bendecido y allí lo conservarán hasta la hora del partido. Nadie conoce con exactitud los orígenes de esta tradición, pero eso no les impide ser fieles a ella cada domingo de Pascua. Algunos dicen que el Lelo es el antecedente del rugby en Georgia, que marca el nacimiento de este deporte en el país. Otros aseguran que esta práctica nació hace más de 150 años, durante una batalla que tuvo lugar cerca de la zona entre una pequeña fuerza de Georgia contra los invasores turcos del Imperio Otomano. Otros, que simboliza siglos de lucha por la libertad del pueblo georgiano. Lo único que tienen claro es que ha ido pasando de generación en generación a lo largo de los siglos. Vestidos con camisetas y viejos vaqueros, como quien va de paseo o a comprar, a las cinco de la tarde están ya preparados para el pistoletazo de salida. El cura del pueblo es quien oficia la celebración y es el encargado de poner el balón en juego. En cuanto la pelota toca el suelo, una avalancha humana corre rauda a su encuentro. Nada detendrá a los jugadores, ni las vallas, ni los bancos de madera, ni las propias viviendas. Durante las más de dos horas que duró el encuentro este año la pelota apenas pudo verse, pero sí se vieron las caras de cada uno de los participantes saliendo de la masa homogénea que luchaba por agarrar el balón. Caras de angustia, de dolor, de furia y sufrimiento. Aunque no es un juego exclusivo para los hombres, pocas son las mujeres que se atreven a adentrarse en la vorágine. Las que no participan, se dedican a entregar bebidas y procurarles algo de comer a los jugadores. Poco a poco, algunos abandonarán lesionados el juego retirados por sus vecinos. Son los primeros heridos. Otros lo harán exhaustos por la dureza del juego. Y es que en el ambiente se respira brutalidad y ferocidad, pero también compañerismo y gratitud. Junto a los que reposan, ensuciadas por la tierra, aparecen varias zapatillas y botas perdidas. Continuar el juego descalzo no es un problema para ellos. Tienen una meta, conseguir la victoria para su pueblo. Las horas van pasando, el sol va desapareciendo en el horizonte y cada vez son más los jugadores tirados por el suelo intentando recobrar el aliento. El partido parece no terminar. Ambos equipos pelean con fuerza. Se escucha el murmullo de la gente, los gritos de ánimo. Se respira esa pasión en el ambiente. De repente, el grito se hace ensordecedor y comienzan los aplausos. Los niños empiezan a correr y a saltar de alegría. Zemo-Shukhuti ha ganado. Del fondo del riachuelo comienzan a salir los jugadores de ambos equipos, empapados y llenos de barro. El balón va cayendo de mano en mano mientras se dirigen al cementerio, el lugar en el que reposará la pelota junto al fallecido de este año. Allí, frente a la tumba, ambas aldeas se reúnen. Es un momento íntimo y cargado de emoción. Los ganadores alzan el balón en señal de victoria y lo depositan junto a esta mientras se escuchan los aplausos en honor al difunto. La victoria es mucho más que eso, mucho más que ganar a tu contrincante. La victoria para ellos es un reconocimiento a quienes ya no están entre ellos, el recuerdo y el honor a quienes amaron. Su forma de expresar que aún siguen con ellos. Por todo el cementerio se aprecia el manto de viejos balones entregados año a año. Y es que el Lelo no es solo un juego, un deporte sin más. Lelo es pasión, fuerza, fe y devoción.