Alexis Tsipras y Angela Merkel utilizaron la misma frase para disipar las dudas sobre la falta de consenso: «Queremos un acuerdo, pero no cualquier acuerdo». Ya desde el momento en el que la canciller alemana habló ante el Bundestag resultaba evidente, para todo el que quisiese verlo, que lo que se vendía como una «cesión» del «premier» heleno no iba a tener lugar. Por muy ahogada que esté la economía griega, Syriza llegó al poder para hacer algo distinto de sus antecesores, por lo que resulta imposible creer que iba a dilapidar su capital político y las esperanzas de sus ciudadanos en más de lo mismo. Únicamente con un «win-win», es decir, un pacto que resultase satisfactorio para ambas partes, podría haberse llegado al compromiso. Incluso en ese contexto, casi una utopía al escuchar la inflexibilidad germana, era improbable que un referéndum convocado por el Parlamento quedase en agua de borrajas. Conscientes de que el antagonismo entre lo que ambos considerarían asumible es por ahora insalvable nos encontramos ante una batalla por los significados y una guerra psicológica. La Troika y sus aliados en el interior de Grecia tratan de ligar las ideas de «Europa» y «democracia» al sometimiento al «diktat» de las instituciones. El discurso del miedo es el único recurso ante una sociedad en la que se escucha muchísimo un argumento: «Llevamos cinco años votando sí. Vamos a probar otra cosa». Syriza acaba de sacar un cartel en el que pide el «no» por «Europa» y las «instituciones». Ahí está la pugna ahora.
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