Mikel ZUBIMENDI
DONOSTIA

La autenticidad de un viejo rockero renueva la esperanza en el laborismo

Las primarias para elegir al nuevo líder del laborismo británico han proyectado la figura de Jeremy Corbyn hasta convertirlo en un fenómeno de masas. Con una posición nítida de izquierdas, solidario con los pueblos y sus causas, Corbyn ha cambiado el guión de la conversación política y, pese a poderoso enemigos, tiene serias opciones de ganar.

Resulta curioso e interesante como fenómeno: desde el secretario general del Partido Comunista británico, Robert Griffiths, hasta el líder del Partido Conservador, David Cameron, pasando por los trotskistas que dominan las ejecutivas de los principales sindicatos, todos han encontrado un punto en el que están de acuerdo, quieren que Jeremy Corbyn sea el próximo líder del Partido Laborista. Algo que alarma a muchas figuras de las élites del laborismo tradicional, que sueñan con ver a su partido nuevamente en el Gobierno antes de su fallecimiento.

Un partido traumatizado tras la aplastante victoria conservadora, ahora inmerso en un debate existencial sobre qué elegir entre la pureza y el poder, entre ser un «partido de protesta» o un «partido de gobierno». Y que no pierde de vista lo que ha ocurrido al otro lado del Canal de la Mancha con muchos partidos de la socialdemocracia europea o la evolución de fuerzas alternativas que les han disputados la primacía en la izquierda y que, incluso, como en Grecia, han alcanzado el poder.

Muchos creían que Corbyn, que se presentó a las primarias tras conseguir los apoyos necesarios por la «caridad» de los parlamentarios laboristas solo dos minutos antes de que terminara el plazo, sería una especie de «cantante invitado». Alguien para cantar las viejas canciones y los eslóganes de los buenos tiempos ya pasados para, al final, ser ritualmente humillado cuando se conocieran los resultados definitivos. Algo que, pase lo que pase, no parece que vaya a ocurrir.

El propio Corbyn manifestó que su presentación como candidato en las primarias obedecía a la necesidad de ampliar el debate y abordarlo de manera radical. En principio, ni él mismo parecía creer que estaría en el sprint final luchando por el liderato de un partido desmoralizado, abatido y derrotado.

Espasmo en la política

Pero las misteriosas y, en algunos casos, muy interesadas encuestas que acompañan el debate de primarias en el laborismo y los corredores de apuestas, muy populares e influyentes en Gran Bretaña, han cambiado el signo de los acontecimientos. De ser un outsider sin más posibilidades que la de ser «el invitado del ala izquierda» ha pasado a tener, según las casas de apuestas, un índice de 5 a 1 como vencedor de las primarias. Sus mítines son los más numerosos, el debate gira en torno a su persona y a sus posiciones y, gane o no gane en setiembre, ya ha conseguido un gran logro: provocar un espasmo emocional en la política británica.

Sin duda, una de las razones de esta meteórica ascensión reside en la persona de Jeremy Corbyn. El apoyo que concita este veterano político de 66 años, diputado por su barrio de Islington, en el norte de Londres, y curtido en mil batallas, deriva de su autenticidad y de su consistencia; de sus principios y de sus apasionadas posiciones, algo que refuerzan sus chaquetas beiges, su gorra al estilo Lenin y que siempre viaja en transporte público. Los medios británicos hablan ya de una «Corbymanía» para explicar el fenómeno político y de masas que ha despertado el «barbudo diputado izquierdista» que abarrota las plazas y está dando forma a una nueva conversación política.

A pesar de todas las presiones, e incluso de las amenazas contra su vida, su coraje le llevó a invitar a Londres en 1984 –diez años antes de que terminara la campaña militar del IRA– al líder del Sinn Féin, Gerry Adams, para que este explicase sus posiciones. Firme partidario de la reunificación de Irlanda, se ha negado a condenar públicamente al IRA. Amigo de EH Bildu, se ha mostrado activo en eventos a favor del proceso de resolución en Euskal Herria. Por otra parte, su posición contra la «ilegal y catastrófica» guerra de Irak fue nítida y aún considera que Tony Blair debe ser juzgado por «crímenes de guerra».

Conectado desde siempre a los sindicatos, es un firme partidario del desarme nuclear y de no renovar el programa de armas nucleares británico Trident. Defiende una nueva fiscalidad en la que paguen más los ricos y, especialmente, la industria financiera de la City, que mediante su periódico de cabecera, el “Financial Times”, no para de atacarlo día sí y día también.

La burbuja de Westminster

Es en el ámbito económico y social donde su discurso tiene más impacto. Ha demostrado tener convicción y carácter suficiente para condicionar la conversación política al cuestionar los monopolios privados sobre industrias básicas (ferrocarril, energía, correos…), que niega rotundamente que hayan beneficiado a su país. Defiende la instauración de un salario mínimo como herramienta para una mayor inclusión social. Y ha propuesto medidas concretas para evitar la fuga de impuestos de sociedades hacia paraísos fiscales. Así mismo, habla de la necesidad de resistir ante unas medidas de austeridad que considera que responden más a opciones políticas ideológicamente motivadas que a decisiones económicas justificadas.

Estas posiciones, unidas a la fuerza de su personalidad, han hecho que crezca el apetito por luchar fuera de la burbuja de Westminster, por tejer una renovada alianza con los sindicatos, con los jóvenes, con las diferentes comunidades en el afán de pelear por la conquista del corazón y el alma de un laborismo muy tocado. Irrelevante en el otrora su feudo de Escocia, en la oposición hasta 2020, y sin un rumbo claro,, Corbyn representa una nueva esperanza. Un nuevo comienzo para los laboristas que, sin renunciar a los orígenes, se adecúe a las nuevas tendencias políticas en Gran Bretaña y en Europa.

Mañana se cierra la inscripción para participar en unas primarias a doble vuelta en las que Corbyn se enfrenta a los preferidos de los donantes y de las élites laboristas. 50.000 nuevos miembros ya han dado su nombre y su cuota para poder elegir entre «el viejo rockero» Corbyn y Liz Kendall, Andy Burnham e Yvette Cooper. Todo indica, a pesar de los poderosos enemigos que hablan de una escisión en caso de victoria de Corbyn y de una transformación del laborismo en partido minoritario, que este estará en la segunda vuelta.

Si ganará el liderato del laborismo británico o no, es otra cuestión. Pero Corbyn ya ha cosechado victorias: ha roto la burbuja de Westminster y ha recuperado el entusiasmo ciudadano dando forma a otro tipo de conversación política.

 

«Cláusula IV»: la propiedad de los medios de producción, a debate

Todos sus rivales en las primarias y los grandes donantes del Partido Laborista han salido enrabietados al unísono para cargar contra la idea de Jeremy Corbyn de «abrir el debate» en torno a la propiedad de los medios de producción. «Aferrarse al pasado» o «querer parar el reloj de la historia» han sido, en el mejor de los casos, las críticas más suaves en torno a un tema muy sensible y divisivo en el seno del laborismo británico.

El asunto se las trae. Y es que se trata de una posición estatutaria del laborismo –conocida como la Cláusula IV– que data del año 1918 en la que se fija que el partido «está comprometido con la propiedad colectiva de los medios de producción, distribución e intercambio», que Tony Blair tumbó en 1995 al sustituirlo por la defensa de una «economía dinámica dotada de un próspero sector privado que sirva al interés público». Blair siempre ha sostenido que ese cambio fue el «momento definitorio del laborismo» que ayudó a la metamorfosis del partido «desde una purista organización de protesta a una opción seria de gobierno».

Con su propuesta de revisión, Corbyn ha abierto la caja de Pandora. Los grandes donantes amenazan con cortar el grifo –lo cual supondría dejar al Partido Laborista a expensas casi exclusivamente de las donaciones de los sindicatos–, tildándolo de «analfabeto en economía» o «caballo muerto por el que nadie puede apostar» y el «stablishment» laborista lo interpreta como una vía segura para perder la centralidad y caminar hacia la irrelevancia política.

Corbyn, no obstante, no se arruga ante las presiones y sigue mostrándose dispuesto a abrir ese debate y a redefinir cuál debe ser el significado de la propiedad pública en el siglo XXI. Si bien no ha apostado, en contra de lo que dicen sus poderosos oponentes, por una introducción automática de la «Cláusula IV», sí ha manifestado que sectores básicos como el de los ferrocarriles, el servicio postal, la energía o la política de vivienda deben tener un control público efectivo. Y sin decirlo, ha dado a entender que la renacionalización de esos sectores forma parte de su agenda económica.M.Z.