Ainara LERTXUNDI

El desafío de adaptarse a la vida civil en una sociedad hostil

La etapa posconflicto se asoma en Colombia. Una nueva era repleta de grandes desafíos, entre ellos la incorporación a la vida civil de los guerrilleros. Un tránsito nada fácil en una sociedad muy mediatizada, afirma a GARA la exguerrillera del M-19 Herminia Rojas.

Los colombianos tienen ante sí el reto de prepararse para el posconflicto. La firma del Acuerdo Final va tomando forma, al margen de las discusiones surgidas en los últimos días sobre si se hará o no efectiva el próximo 23 de marzo, tal y como anunciaron hace seis meses en La Habana el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, y el comandante en jefe de las FARC-EP, Timoleón Jiménez.

Pero tal y como advirtió el jefe de la delegación del Gobierno, Humberto de la Calle, el 18 de octubre de 2012 en Oslo en la constitución de la mesa de diálogo, la firma del acuerdo no es sinónimo de paz y esa tercera fase, la del posconflicto, se presenta llena de miedos y desafíos después de más de cinco décadas de conflicto armado. Uno de los principales retos es la inclusión en la sociedad de los guerrilleros y la aceptación plena y normalizada de su presencia en la vida social, política y mediática del país.

Un tránsito que Herminia Rojas, exguerrillera del M-19, conoce muy bien. «En el momento en que se hace efectiva la dejación de armas, una de las mayores pérdidas que experimenta el combatiente es la falta de pertenencia a un grupo. Pasar de estar en una organización armada a la vida civil es un cambio muy fuerte y la sociedad colombiana sigue estando muy mediatizada y prevenida contra quienes hemos formado parte de la insurgencia; para una gran parte, los guerrilleros son gente mala. Muchos de nosotros no hemos podido conseguir empleo por nuestra condición de excombatientes y, si lo hemos hecho, suelen estar mal remunerados y no recibimos un trato digno. Este es un problema que debemos abordar como sociedad porque, si no somos capaces de sanar nuestro espíritu y construir confianza, la paz no será posible», remarca.

«Muchos siguen viendo como un delito la condición de combatiente. Hemos tenido grandes dificultades para mostrarnos públicamente como excombatientes; en algunos sitios al oír la palabra excombatiente, abren los ojos con expresión de sorpresa. No puedo decir en cualquier lugar que soy excombatiente. Debo ser muy prudente», añade.

Su militancia política comenzó antes incluso de que surgiera el M-19 en 1974, en un grupo de estudio, de análisis y de discusión sobre la realidad colombiana. Tenía, entonces, entre 13 y 14 años. «Organizábamos muchas actividades enfocadas a la formación personal, dentro de las cuales debatíamos sobre la situación en el país, los conflictos en el mundo, las coyunturas políticas… Así estuvimos un tiempo largo. Después, empezamos a participar en movilizaciones estudiantiles, de los sindicatos... Y nos unimos a un movimiento político que se llamaba Firmes, cuyos líderes comenzaron a ser perseguidos y a desaparecer. A otros los metieron en la cárcel. Esa situación nos llevó a replantearnos nuestro método de acción. Diría que fueron las mismas circunstancias las que nos empujaron a tomar una decisión y a formar el M-19. Todo ese proceso duró algo más de un año, durante el cual insertábamos anuncios en los periódicos que decían ‘ya vienen’, ‘esperen’, una alusión velada a la guerrilla que se estaba gestando. Me integré en las tareas de propaganda; repartíamos periódicos, hacíamos pintadas en las paredes, íbamos a las fábricas para presentarnos ante los trabajadores, visitábamos los barrios, llevábamos dulces a los niños, salíamos a buscar armas… La represión se fue agudizando hasta el punto de que mi presencia en la ciudad se hizo insostenible. Es ahí cuando se produjo mi salto a la guerrilla» y a la profundidad del monte, recuerda.

Impacto sicosocial en los guerrilleros

Sobre el impacto de la guerra en las mujeres, explica que «por la propia dinámica del conflicto, hemos tenido que afrontar determinadas problemáticas como son las pérdidas de compañeros, de la familia, los duelos, la vida reprimida y clandestina que hemos vivido durante tantos años y que puede acarrear problemas sicosociales. Situaciones que afectan tanto a los hombres como a las mujeres que han estado o siguen estando en la guerrilla» y que, remarca, requieren de «una atención sicosocial integral, que no se limite a la consulta de un siquiatra o sicólogo. Debemos involucrar a todos los sectores sociales porque el impacto del conflicto va más allá de las guerrillas y afecta al conjunto de la sociedad».

El abandono de la lucha armada conlleva cambios profundos, entre ellos la recuperación de la propia identidad ocultada durante los años de clandestinidad. En su etapa de guerrillera, dejó de ser Herminia Rojas para convertirse en Dora.

«Los insurgentes debemos estar muy conscientes del momento que se vivió y del que está por llegar, porque los cambios son realmente profundos. Debes asumir tu nuevo rol; ya no eres esa mujer alzada en armas, sino una mujer civil. Antes eras clandestina, ahora ya no lo eres. Pero también se debe tener la plena seguridad de que no te matarán por el hecho de no llevar un arma y de que tus ideas serán respetadas», incide.

En setiembre pasado, viajó a La Habana junto a las también excombatientes Leonor Esguerra y Alix María Salazar para entrevistarse durante unos días con las delegadas de las FARC-EP sobre «paz, dejación de armas y cumplimiento de acuerdos». Una de las preocupaciones que compartieron fue, precisamente, que la voz de las mujeres sea tenida en cuenta tanto en la redacción de los acuerdos como en el posconflicto, y que se cumpla lo acordado porque «en Colombia tenemos una larga experiencia de acuerdos incumplidos por parte del Gobierno. Eso ocurrió, por ejemplo, con Guadalupe Salcedo, a quien lo mataron tras la firma del acuerdo. A Carlos Pizarro, del M-19, también lo mataron tan solo dos meses después de firmar los acuerdos de paz. Esto, obviamente, nos deja lecciones y prevenciones. Es lógico que quien está negociando albergue este temor porque no todos los gobiernos han cumplido con su palabra».

Preguntada sobre la dejación de las armas por parte del M-19 en marzo de 1990, recuerda que «la aceptación de la sociedad era muy grande; la gente creía en nosotros, nos aplaudía. Sin embargo, el tránsito a la vida civil no fue tan sencillo. La sociedad no estaba preparada para recibirnos, las condiciones no estaban dadas. No teníamos trabajo, una vivienda segura... todo era adverso y nos tocó abrirnos camino en medio de esa adversidad. Hubo quien se marginó y no quiso volver a saber nada de su militancia, y otros no lograron hacer su vida con normalidad».

«La sociedad debe aceptar que ha habido combatientes insurgentes desde la independencia hasta la actualidad. En Colombia eso no se acepta. La historia oficial siempre lo niega, pese a que la mayoría de las familias colombianas, de todos los estratos, ha tenido como mínimo una persona combatiente. Es importante introducir esa realidad en el lenguaje porque cuando se nombra se puede ir asumiendo y cambiando la mentalidad de las personas, incluso de las propias familias», destaca a modo de conclusión.

 

«Nadie obliga ni presiona a las mujeres a ingresar en la guerrilla»

Como exguerrillera, Herminia Rojas impulsó junto a otras compañeras de militancia y excombatientes de otros grupos armados la Red Nacional de Mujeres Excombatientes de la Insurgencia. «Al cumplirse diez años de la firma de los Acuerdos de Paz de 1990, organizamos una reunión de carácter nacional en Bogotá en la que mayoritariamente participamos exintegrantes del M-19. Hablamos de la necesidad de organizarnos, de no estar tan solas, de crear una organización para no quedarnos en el olvido. Nuestro objetivo era ubicar a las mujeres que estuvimos en la insurgencia, ayudarnos mutuamente y escribir nuestra memoria colectiva. Ya constituidas como colectivo, convocamos una reunión nacional para analizar el tema de la paz: ¿por qué habíamos hecho la paz? ¿Por qué creíamos que era necesaria? ¿Qué aportaciones habíamos hecho las mujeres a la paz? Fue una experiencia muy bonita. Nos dimos cuenta de que todas las mujeres, así estuvieran en lo más recóndito del país e independientemente de su estatus económico, habían apostado a la paz, habían cumplido su palabra y habían continuado trabajando por la construcción de la paz», recuerda en la entrevista con GARA.

En la Red participan mujeres de todas las organizaciones firmantes de los Acuerdos de Paz de 1990, pero también lo hacen las hijas de las mujeres ex insurgentes y un largo etcétera. Y entre todas impulsan la “13 Revista”, entre cuyos fines está buscar «interlocución para la siembra de la paz».

Rojas ensalza la labor que están desarrollando en la mesa de conversaciones de La Habana las delegadas de las FARC. «Saben bien lo que hacen. Son una mujeres luchadoras y decididas, que llevan muchos años trabajando por un cambio social y político. Por mi propia experiencia sé que los medios de comunicación hablan mucho sobre cosas que no son ciertas en relación a las mujeres guerrilleras. Se dice que la mujer ingresa en la guerrilla para conseguir esposo, o porque las violaron, las persiguieron o porque no tenían qué comer en casa… Pude corroborar que todas esas historias son falsas. Nadie las obligó ni presionó para ingresar en la guerrilla. Lo hicieron por convencimiento propio. Nadie cambia su casa, aunque sea el lugar más miserable y pobre, por la selva si no se está realmente concienciado. Las mujeres que se meten en las luchas y movimientos insurgentes lo hacen por una decisión política profunda», incide. Denuncia que «el objetivo de los medios de comunicación dominados por la derecha es el de desdibujar la ideología y pensamiento político de las mujeres guerrilleras».A. LERTXUNDI