«El hipódromo es un lugar especial y nada habitual para la danza»
Nacido en Donostia en 1968, Faustino Aranzabal es desde 1993 director artístico de Kresala Dantza Taldea, un conjunto que ha destacado siempre por su afán de hacer trascender el lenguaje de las danzas tradicionales vascas y transformarlas en una herramienta creativa contemporánea. Una de sus creaciones más experimentales, «La caja negra de Oteiza», llegará mañana al hipódromo de Lasarte.

La Quincena Musical de Donostia arranca mañana su 77. edición con el tradicional despliegue de conciertos por toda la ciudad, con trece propuestas de todos los géneros y estilos. Una de las más llamativas es la que se desarrollará en el hipódromo de Lasarte a partir de las 20.00. “La caja negra de Oteiza” es un acercamiento desde la danza a la obra del escultor de Orio, en los pies de treinta bailarines de Kresala Dantza Taldea.
En la función de «La caja negra de Oteiza» que ofrecerá mañana Kresala se cruzan dos homenajes: por una lado a Oteiza y por el otro al hipódromo de Lasarte, que cumple cien años en 2016.
La idea la tuvo la Quincena Musical, que venía pensando desde hace tiempo en un evento para celebrar el centenario del hipódromo de Lasarte y finalmente lograron que este espacio deportivo sea uno de los principales protagonistas de la Jornada Inaugural. Aunque no será en la pista, sino en el jardín, se trata de un lugar nada habitual para este tipo de espectáculos y creo que esto le otorgará a la velada un encanto muy especial.
¿A qué hace referencia esa caja negra que da nombre al espectáculo?
La idea que da forma a la propuesta transita entre los tres significados que podemos vincular con una “caja negra”. Por un lado el del espacio teatral, la caja negra que identificamos con el escenario. La segunda haría referencia a las cajas negras de Oteiza, es decir, a sus cajas metafísicas. El tercer significado sería el de receptáculo, espacio en el que se registra y decodifica un material. La coreografía trata de interpretar desde la danza las vinculaciones entre esas tres acepciones de “caja negra”.
Eli Etxebeste, en su libro sobre «Oteiza y la música», cuenta que cuando vio por primera vez el Friso de los Apóstoles de Arantzazu tuvo la fuerte impresión de que estos estaban bailando. Que la escultura de Oteiza es, en general, muy dinámica, repleta de movimiento. ¿Comparte usted, como coreógrafo y artista plástico, una opinión similar?
Puede ser que esa impresión esté presente en la escultura de Oteiza, pero los aspectos de su obra y su pensamiento en los que me he inspirado para desarrollar la coreografía son otros. Sobre todo he evitado referirme a Oteiza como personaje, al mito y las leyendas que se han generado en torno a él. Mis puntos de partida fundamentales para eleborar el movimiento han sido sus tres metáforas en torno al vacío, las tres vías que recorren todas su producción artística y que son convergentes. La primera sería la desocupación, como medio para estudiar aquello que transita de lo orgánico a lo espiritual. Este proceso de “desviscerar” se ve muy claramente en los apóstoles de Arantzazu. La segunda metáfora sería la del muro y sus perforaciones, es decir, el tránsito de la oscuridad a la luz. Y el tercer anclaje metafórico sería el del laberinto, el que va del movimiento a la quietud y a lo sagrado.
¿Qué músicas se han escogido y cómo se articula el acercamiento a las ideas de Oteiza desde el movimiento y la danza?
El espectáculo lo conforman once piezas coreográficas. Su lenguaje es el de la danza tradicional, pero dentro de ese género hemos tratado de dar forma a ideas completamente novedosas. Algunas piezas llevan nombres relacionados con aspectos plásticos, como Argia o Rodtzenko, otras se titulan sencillamente Kontrapas, Habanera, Keinuka, Pausoriko, etcétera. A la hora de plantear cada pieza no he aspirado a una descripción narrativa de las ideas de Oteiza, ni tampoco hemos trabajado en torno a las músicas que él escuchaba, como las de Xenakis, Boulez o Stockhausen. Oteiza ha sido el leitmotiv pero el discurso coreográfico y musical es completamente nuestro y se expande en forma de collage sobre músicas de Wim Mertens, Lully, Juan Arriola, Arkaitz Miner, Xabier Bikandi, Mikel Laboa, Kantoria o Aiko, en un friso musical muy amplio.
Oteiza soñaba con escenificar su propio ballet, el «Ballet de los Apóstoles», para el que ya tenía desarrolladas numerosas ideas. ¿Hay algo de ese ballet en este espectáculo de Kresala?
No, la idea era inspirarse en su obra y su pensamiento pero no en todas y cada una de las disciplinas que él trabajó o en las ideas que dejó en el aire, lo que sería una tarea inabarcable. Lo que me ha interesado sobre todo ha sido el trabajo en su obra escultórica, en especial la que produjo hasta la década de los 1950. Aunque la obra también se contagia un poco de su personal proyecto vital, de sus métodos y resultados, sobre todo en sus propósitos en torno a la experimentación, que era esencial para él. También hay una pleitesía a la educación estética de los niños, tan importante para Oteiza, y por eso contamos con la participación de ocho niños y dos clowns, además de los treinta dantzaris.
¿Qué papel juegan los payasos?
La obra, en su resultado final, es muy densa. Necesitaba crear un espacio de distensión e introducir clowns me pareció un planteamiento interesante. Quizá llamen la atención al principio, pero creo que encajan muy bien en la totalidad.
El espacio era sumamente importante para Oteiza. ¿Cómo se apropia la danza de una espacio tan peculiar como el del hipódromo?
Va a ser una experiencia diferente porque se trata de un espacio abierto, pero la obra no tiene una adecuación expresa a un lugar determinado. La cuarta pared sigue existiendo y el uso del espacio es, en general, escénico. Quizá eso pueda cambiar si algún día la interpretamos en Arantzazu o alrededor de una de sus esculturas, pero no en esta ocasión.
«La caja negra de Oteiza» se estrenó en marzo de 2014 en el Victoria Eugenia. ¿Cómo ha evolucionado desde entonces y cómo lo ha recibido el público?
Se dan situaciones confusas porque, al ser reconocidos como un grupo de danzas tradicionales, el público que suele venir a nuestros espectáculos es generalista y crea una serie de condiciones que anteceden lo que luego terminan viendo. Por eso nuestra propuesta en torno a Oteiza ha generado bastante sorpresa, a veces por la falta de familiaridad con la figura del escultor, otras veces por el desconocimiento de lo que representa la danza tradicional, que no es un género cerrado sino una herramiento creativa más. Es significativo que, en nuestra visita a un festival en Aberdeen, presentamos fragmentos de este espectáculo y la reacción del público fue muy cálida. Me pareció curioso que fuera de aquí se pueda llegar a entender tan bien un espectáculo cuyas referencias son tan vascas.
Las músicas predilectas de Jorge Oteiza: el jazz, el folclore y los compositores de vanguardia
Según revela Eli Etxebeste en su libro sobre “Oteiza y la música”, al escultor le gustaban todo tipo de músicas, desde Bach y Mozart a Beethoven, Chopin, Debussy y Ravel, Boulez, Cage o Stockhausen. También le interesaba la música popular, en la que englobaba un amplio abanico de músicas tradicionales, desde la vasca a la ópera china, el gamelán indonesio o las músicas de Finlandia. «El punto que más le preocupaba, con todo, era la relación de la música vasca con el jazz», explica Etxebeste. «En sus escritos de los años 60 consideraba que es el jazz el que realmente podía ayudar a la evolución y la revisión de la música popular vasca. Viajó varias veces a París para escuchar jazz y llegó a plantear ejercicios improvisatorios para los músicos vascos». Dentro del jazz cultivó varias amistades, por ejemplo con Petri Palou-Periel, profesora de Tete Montoliu.
Oteiza tenía también un interés especial en los compositores vascos de vanguardia como Carmelo Bernaola o Luis de Pablo, pues tenía entre sus planes la creación de un laboratorio de música electrónica siguiendo los modelos de los de Colonia, París, Milán o Nueva York. De Pablo, en concreto, le parecía una figura clave dentro de la vanguardia musical vasca. En aquellos años de Pablo era muy activo, organizaba audiciones de música contemporánea y las comentaba. Hay escritos que dan testimonio de que Oteiza acudía a esas audiciones y se interesa por la obra de compositores muy jóvenes que escuchaba allí. Con uno de ellos, Stockhausen, se encontró en 1961. «Remacha le invitó a dar unas conferencias en Pamplona y luego se fueron todos a casa de un amigo a escuchar música y hablar de ella», prosigue Etxebeste. «En realidad le interesan todos los grandes nombres de la música del momento, pero hay una obra concreta que tenía en mucha consideración: ‘Illeta’, de Francisco Escudero, que le parece casi un modelo para ideas que él tenía para la música vasca, como el influjo de las pastorales y la importancia del órgano».M.C.

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