Miguel FERNÁNDEZ

La UE y Serbia, una relación condicionada por Kosovo

Para continuar con el proceso de adhesión a la UE, Bruselas exige a Belgrado que implemente decenas de reformas. La normalización de las relaciones con Kosovo y la influencia de Rusia son dos de los aspectos más complicados de digerir para una sociedad que ve en el neoimperialismo la fuente de todos sus males.

Al futbolista Valon Berisha no le tembló la pierna cuando pateó el balón desde el punto de penalti. Era un 5 de setiembre de 2016. El esférico entró violento por la escuadra izquierda en el minuto 60. Gol, el primero oficial en la historia de la República de Kosovo, recientemente aceptada por la FIFA. La fiesta del fútbol kosovar se convirtió así en una nuevo afrenta para los serbios; otro jarro de agua fría que refrenda la independencia de su antigua región. «Soy la primera persona que advierto a mis amigos cuando se refieren a Kosovo como Estado independiente. Puede que sea algo de orgullo nacional. No sé por qué, pero no puedo controlarlo. Al final sé que es un país extranjero, que hemos perdido Kosovo y que está todo escrito», se lamentaba un día después, aunque fuera a costa de su orgullo, Miljana Vulevic.

De las medidas que Serbia tiene que implementar para acceder a la UE, la normalización de las relaciones con Kosovo es la que sigue levantando más ampollas entre los serbios. Entre la realidad y el orgullo, el debate público e interno continúa condicionando su adhesión. Ivana Spasic, socióloga de la Universidad de Belgrado, explica que «a los serbios no les importa Kosovo como país sino su simbolismo», y subraya que, aunque el paso táctico más lógico sería ceder ante la realidad, hay quienes «aún sueñan con el milagro de recuperar Kosovo, aunque Serbia no sabría que hacer con sus problemas económicos. Esta paradójica situación es conocida por la mayoría, pero casi nadie quiere reconocerla. La retórica pública se basa en la idea de que Kosovo ha sido arrancado de sus justos dueños por los albaneses y sus aliados occidentales».

Miljana, de 26 años, es consciente de esta realidad: «No somos idiotas, pero nos duele». Por eso cree que la mejor solución es dejar a un lado su orgullo para mirar al futuro. Y ahí remarca las tres opciones de su país: independencia política, acercarse a Rusia o continuar con el proceso de adhesión a la UE. «Soy extraña para los estándares serbios. Aquí la gente no está a favor de la UE. Mi familia está en contra, pero yo quiero entrar. No es por algo ideológico, sino por los estándares de vida y las oportunidades laborales», explica. «Cada vez nos parecemos más entre nosotros. No hay diferencias entre las ciudades del mundo. Mire la ropa, la misma por todo el mundo», ejemplifica el conocido diseñador Filip Maksimovic para deslizar su apoyo al proyecto europeo. Pero hay otros serbios, jóvenes como Bojan y Mihail, que nunca aceptarán la realidad. «¿Vamos a ir con quienes nos robaron nuestra tierra? Pues no, nunca lo aceptaremos y no creemos en las promesas de bienestar de la UE», argüía Mihail, de 24 años, mientras veía un partido de fútbol de Serbia.

La última encuesta publicada por la Oficina Serbia para la Integración Europea refleja que el 41% de los serbios apoyaría la entrada en la UE mientras un 24%, la rechazaría. El problema es que hace siete años el apoyo popular bailaba entre el 60 y el 70%. Esta negativa dinámica, condicionada por la crisis de identidad de la UE y el auge internacional de Rusia, es un aviso para los convulsos despachos de Bruselas. Spasic considera que «el descontento afecta a los estados miembros y candidatos por la crisis interna de la UE. En Serbia la actitud en contra o a favor no se puede reducir a un mapa bajo claves puramente sociales, pero en general la gente con mayor educación y que desarrolla su vida profesional en urbes suele alinearse hacia la UE, mientras que los más pobres, la gente de las zonas rurales, suelen ir hacia el otro lado».

La influencia rusa

Después de entregar a Ratko Mladic, el «carnicero de Srebrenica» reclamado durante 16 años, Serbia obtuvo en 2012 el estatus de candidato a la UE y en 2013, tras los Acuerdos de Bruselas, comenzó un proceso de normalización con Kosovo, que había obtenido la independencia en 2008 tras una década de intervención internacional. Tras ese paso exigido por Bruselas, que no quiere repetir el error chipriota y aceptar a otro miembro con causas territoriales pendientes, Serbia inició su proceso de adhesión en 2014 S. Pero la impopularidad que genera la causa kovosar ha provocado que los avances sean lentos mientras un aliado tradicional, Rusia, que no reconoce la independencia de Kosovo, coquetea con la sociedad con un discurso antimperialista.

Y es que los Balcanes, donde aún se discuten las demarcaciones fronterizas, es un área de choque en las influencias de la UE, EEUU y Rusia. La orientación política y las alianzas de los estados surgidos tras la descomposición de la antigua Yugoslavia están incrementando la tensión en la región. Así, el movimiento estratégico de un país desencadena una respuesta similar en otro. Y Rusia, que ve en Belgrado a un socio fiable, no escatima en apoyos: cuando EEUU acordó con Croacia la entrega de una decena de helicópteros de combate, Serbia se apresuró a cerrar un acuerdo con Rusia para obtener misiles S-300 y otras armas de última tecnología; cuando el FMI suspendió en 2012 el crédito a Serbia porque el Ejecutivo se negaba a emprender sus draconianas reformas, Putin ofreció sin dilación 800 millones de dólares para construir la línea de ferrocarril entre Belgrado y Pancevo.

Estos movimientos demuestran que Moscú está en la retaguardiaPor el momento Serbia ha balanceado con estilo sus relaciones UE-Rusia, pero si entrara en la UE tendría que dar carpetazo a su independencia en política exterior y comercial, dañando sus lazos con Moscú. El pasado mes, el embajador ruso en Serbia avisó de que el actual proceso de adhesión provocaría la ruptura del acuerdo de libre comercio con su país. Como indicó, la UE, que absorbe el 69% de las exportaciones serbias y produce el 61% de las importaciones serbias, no permite a sus miembros acuerdos especiales económicos con terceros países. Otra arista problemática es la política exterior. En los últimos años el Ejecutivo serbio ha ido respaldando más del 60% de las iniciativas exteriores marcadas por la UE, pero en importantes causas como Ucrania ha apoyado a Rusia desmarcándose de las sanciones impuestas por la anexión de Crimea.

La UE, consciente de la influencia rusa, ha entregado entre los años 2000 y 2014 cerca de 26.000 millones de euros para el desarrollo de proyectos. Pero LA alargada sombra de Putin no se disipa, sobre todo en el ambiguo discurso político. En 2012, el presidente Nikolic declaró que «Serbia es la única cosa que amo más que Rusia». Este año el líder serbio de la República Srpska, Mirolad Dodik, ha presumido de tener el apoyo de Putin. Y en Belgrado, pese a la decidida apuesta hacia la UE que pregona el fuerte Ejecutivo de Aleksandar Vucic, los políticos añaden confusión al coquetear en público con Rusia. El último ejemplo: dos maniobras militares conjuntas en un mes.

«La fortalecida Rusia de Putin es vista por muchos serbios como una alternativa realista a los países occidentales, a los que aceptaron a regañadientes», explica Spasic. Pese a ello, resalta la paradoja de que «quienes gritan su apoyo a Rusia y tienen pósteres de Putin en su casas mandan a sus hijos a estudiar a Europa, EEUU o Canadá. Los modelos de un buen lugar para vivir están aún en los países occidentales y esto sucede incluso entre quienes odian a la UE. No parece que nadie esté dispuesto a mandar a sus hijo a Rusia aunque en el fondo de sus corazones lo vean como un modelo a emular».

Anti-imperialismo

Los serbios, sean o no favorables a la UE, parecen detestar tanto a la OTAN como a EEUU. Y, debido a su política común con EEUU, la imagen de la UE se está viendo lastrada. En el bulevar Nicola Tesla, frente a la isla de la Gran Guerra, un grafiti refleja este rechazo. «Yankee go home», reza un muro con el símbolo de la UE tachado. Unos metros más caminando por la ribera del río Danubio y en una carpa se lee la palabra dictador bajo nombre del primer ministro Vucic. A un lado las letras UE. De nuevo están tachadas.

Spasic explica que «desde la descomposición de la antigua Yugoslavia los estados de occidente, y especialmente EEUU, son percibidos como antiserbios. El legado de la intervención de la OTAN contra Serbia en 1999 es complicado. Son difíciles de olvidar los continuados bombardeos. Bajo la presión nacionalista, que ha ido creciendo estos s 17 años, la agresión de la OTAN es vista como un acto de fuerza neoimperialistas de EEUU».

«La gente siempre tiene teorías sobre América. Todo lo malo está creado por EEUU”, dice riendo Miljanas. «Ellos han creado todos los problemas para ayudar a los siptar –forma despectiva para referirse a un albanés –, son el diablo», asevera Mihail.

Estos sentimientos de rechazo a la comunidad internacional se unen a la Yugonostalgia, o la añoranza por la vida bajo la antigua Yugoslavia. Antes de conocer a Filip Maksimovic pude hablar con su padre, un entrañable vendedor de ropa de tallas grandes. Habla con orgullo de Yugoslavia y de los 200 trabajadores que dirigía en los tiempos de Tito. Tras contactar con su hijo me acompaña durante 10 minutos por las estilosas calles del centro de Belgrado. En un café está Filip, quien colabora en varios programas de televisión y organiza para firmas de lujo eventos de moda como 24 hours of elegance.

«La gente quiere a la UE. Yo no hago política, trabajo en la moda, pero quiero ser libre para ir por todo el mundo como usted hace. Así todo el mundo podría ver la belleza de Belgrado. Aquí todo es internacional. Mire sus dos ríos, uno enorme e internacional y otro, el Sava, que viene de una de nuestras ex-epúblicas, de cuando éramos un gran país. Porque yo nací en Yugoslavia y estoy orgulloso de haber nacido en esa gran nación» reconoce Filip, a sus 45 años, mientras muestra canciones populares como Jugoslavenka, de la cantante Lepa Brena.

Tras décadas de conflicto, serbios como Filip o Miljana parecen dispuestos a enterrar su orgullo si ello conlleva nuevas oportunidades para un país de 8 millones de habitantes cuya tasa de desempleo ronda el 20% y se eleva hasta el 50 para los jóvenes. «Soy un profesional y si me llaman de Kosovo y me pagan muy bien iría», asegura Filip. Pero otros serbios como Bojan y Mihail, dos euro-escépticos que se definen anti-imperialistas», no irán nunca Kosovo y apoyarán cualquier medida contraria a EEUU: «La UE va con EEUU, entonces nosotros con Rusia».