El recuento de los votos, cuyo final se esperaba de madrugada, habrá despejado ya la gran duda de estos comicios; a saber, si el PVV de Geert Wilders, cuyo incremento en votos y escaños se daba por descontado, es ya la primera fuerza política en Holanda.
Sin obviar la importancia de este posible hito, sobre todo de cara a las cruciales elecciones de este año en el Estado francés y en Alemania, lo que ya está fuera de toda duda es que el Partido por la Libertad (PVV) –por qué será que la mayoría de las formaciones de extrema derecha incluyen la palabra Libertad en sus siglas...– ganó ya hace tiempo al lograr imponer su agenda y sus prioridades a la política holandesa.
Ese triunfo ha quedado evidenciado en la misma campaña electoral, centrada en la prohibición de los mítines del Gobierno de Ankara entre la diáspora turca. Independientemente incluso de a quién haya beneficiado finalmente el enfrentamiento con Erdogan, al primer ministro liberal, Mark Rutte, o al propio Wilders. Al fin y al cabo, no es más que el eterno e irresuelto debate sobre si el electorado prefiere la copia o el original.
Más allá de estos lugares comunes, lo sorprendente es que un partido con un solo afiliado, el propio Wilders, y con un programa al que una página A4 le queda grande haya sido capaz de apropiarse desde sus parámetros neofascistas de temas como la inmigración, la política de asilo y la libertad religiosa.
No cabe duda de que la conmoción que supusieron en 2002 la muerte en atentado de su predecesor, Pym Fortuyn, y dos años más tarde del cineasta islamófobo Theo van Gogh ha alimentado la victimización de este movimiento. Pero eso no basta.
Wilders es el ejemplo acabado de una extrema derecha capaz de repensarse y enarbolar incluso banderas como la democracia y la tolerancia. Pero, sin restarles desgraciadamente un ápice de mérito, Wilders, Le Pen y el resto de representantes de esta vieja pero renovada corriente le deben más al demérito no ya de un orden liberal a la deriva sino de una izquierda que sigue ensimismada relamiéndose viejas heridas. Y que no tiene respuestas. Ni sobre, o para, sí misma.
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