Al lanzar un nuevo misil, y mostrar que puede alcanzar los 3.000 kilómetros (aviso a Guam), Pyongyang responde con un nuevo desafío al último paquete de sanciones, esta vez también petroleras, aprobadas por unanimidad esta misma semana por las potencias nucleares homologadas.
Una huida hacia adelante que, como tal, obliga a Corea del Norte a mirar cada vez más atrás y hacia los flancos y que le obliga a superar una y otra vez sus demostraciones de fuerza, hace tiempo rayanas en la temeridad.
Por contra, los EEUU del bocazas de Trump prosiguen con su labor de zapa en el Consejo de Seguridad, apretando las tuercas cada vez más a Pyongyang, y sobre todo a Pekín y en menor medida a Moscú, cada vez más atrapados en su defensa de una solución negociada a un conflicto que, conscientemente o no, se les está yendo de las manos a todos sus protagonistas, directos e indirectos.
Con cada lanzamiento y cada sanción, o viceversa, el desenlace de esta crisis está cada vez más cerca. Y todo apunta a que EEUU aspira a que China dé un puñetazo en la mesa haciendo suyas las sanciones más duras y haga así recapacitar a su histórico aliado.
Cálculo que presupone que a estas alturas Pekín tiene ascendiente o voluntad sobre Pyongyang. Porque, de lo contrario, el desenlace estaría cerca pero sería otro. Terrible.

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