«A veces no sé qué significado tiene lo que estoy contando y no quiero saberlo»
Nacido en Donostia en 1958, Julio Medem vuelve a explorar el universo emocional de sus primeros largometrajes en «El árbol de la sangre», un film donde, como ocurría en «Vacas» o en «Tierra», las genealogías, el azar, el mundo de lo atávico y la violencia emergen como grandes temas. Se trata de un relato con forma de árbol que localiza sus raíces en Euskal Herria pero cuyas ramas abarcan un territorio más amplio.

A dos días del estreno de su último trabajo, Julio Medem nos cita en un céntrico café de Madrid. Cansado por los rigores de la promoción, pero diáfano en el gesto y con ganas de hablar de su película, el realizador donostiarra deja entrever que para él hacer cine es un modo de descubrirse, de conocerse a sí mismo.
Según usted todas sus películas parten de una imagen del subconsciente. ¿«El árbol de la sangre» también surgió así?
Sí. Esta película tiene su origen en una imagen muy clara de una manada de vacas bajando desde el norte y un grupo de toros subiendo desde el sur y alrededor carreteras con coches y familias y una sensación de tragedia. A partir de ahí me dediqué a enraizar a esas familias en un entorno vasco pero con ramificaciones hacia Andalucía, Madrid y Catalunya. Y fue en ese proceso donde vi la necesidad de que esta fuera una historia que se contase a sí misma y de ahí surgen Marc y Rebeca, la pareja protagonista.
Vacas y toros, norte y sur, pasado y presente. Da la sensación de que las dualidades siempre le han inspirado a la hora de estructurar sus narraciones. ¿Por qué?
No sé, yo tiro mucho del inconsciente, casi todas mis historias parten de ahí y luego a mí me toca ir detrás. Me suelo dejar guiar por el tono de esas imágenes que están en el germen de todas mis narraciones y que contienen ideas muy abstractas pero lo suficientemente atractivas como para sentir que ahí hay algo que me apetece descubrir. Luego ya juego con las formas a la hora de construir el relato y ahí entra el tema de las dualidades o, como en el caso de esta película, el deseo de articular una narración con forma de árbol, con muchas ramificaciones pero con un tronco en cuya base están Marc y Rebeca intentando descifrar una historia que les retrotrae a sus primeros días de vida y que solo se explica a partir de los secretos que cada uno de ellos desea contar al otro a riesgo, eso sí, de hacerse daño.
Otro elemento que aparece invariablemente en todas sus películas es el azar. ¿Realmente cree que tiene tanto peso en nuestro día a día?
El azar tiene mucha más importancia y sentido del que parece. Si acudo a mi propia experiencia vital, han sido muchas las ocasiones en las que me he descubierto preguntándome ‘pero ¿cómo es posible que me haya pasado esto?’. Luego al narrar, en la medida en que me convierto en una suerte de deux ex machina, es un elemento que me gusta incorporar a mis narraciones. Pero no lo hago de manera consciente porque cuando cuento una historia lo que pongo a funcionar es la intuición. De hecho, muchas veces no sé que significado tiene lo que estoy contando y no quiero saberlo. Eso me hace sentirme más libre. Ya, con posterioridad, me pongo en modo racional y analizo un poco el alcance de lo que estoy narrando. En este sentido, con “El árbol de la sangre” quise hacer una película sobre la belleza, pero sobre una belleza amenazada, que está en peligro, y ahí adquiere sentido el concepto de sangre como algo relacionado con el legado familiar pero también con la visceralidad, con la violencia. De todas formas, al ser una película que está contada por la propia pareja protagonista, todos los elementos narrativos que convergen en ella son fruto de la idealización, ellos eligen lo que quieren contar y cómo contarlo, son ellos los que subliman y embellecen el relato. Eso es producto de la memoria, pero también del amor.
Pero en esa sublimación está también su propio punto de vista como narrador, ¿no?
Sí, a mí también me pasa un poco eso. Alberto Iglesias me solía decir ‘es que tú Julio siempre estás en lo sublime’. A ver, entiéndase sublime no en un sentido petulante sino en la acepción griega del término, es decir, como todo aquello que está un poco separado de la realidad. Y lo cierto es que las historias que suelo contar en mis películas, al menos en origen, lo están. Luego yo intento aterrizar, me esfuerzo porque los lugares en los que ruedo, o el propio vestuario de los personajes confieran al relato una dimensión realista, pero la pedrada sigue ahí (risas).
Lo cierto es que viendo «El árbol de la sangre» uno tiene la sensación de que ha invocado muchos de los elementos que inspiraban sus películas anteriores, pero exacerbando su alcance.
Se trata de una historia que crece más allá de sus límites precisamente porque son los propios personajes los que la hacen crecer a través de lo que se van contando entre ellos, de ahí que el relato adquiera una dimensión ciclónica. Frente a otras películas donde me he medido más, aquí decidí ponerme en el lugar de los personajes y yo creo que es su propia juventud, su propio ímpetu, lo que les conduce a construir un relato tan exacerbado.
Pero, insisto, ese ímpetu narrativo, ¿no es acaso también el suyo?
No sé qué decirte (Medem se queda unos segundos pensando). Objetivamente yo disto mucho de ser joven, como ellos (risas). Es curioso porque yo creo que quienes nos dedicamos a contar historias maduramos más despacio. Como persona he envejecido, pero como creador de personajes no tengo la sensación de haber crecido tanto. De hecho, en casi todas las historias que he filmado y en otras tantas que tengo escritas, el protagonismo recae en personajes jóvenes.
Quizá porque, siguiendo con la metáfora del árbol, da la sensación de que para usted más importante que las ramas son las raíces, ¿no?
Hombre, yo sé dónde están mis raíces, podrían estar en muchos sitios porque tengo ascendencia alemana y valenciana, pero mis raíces vascas las tengo y las mantengo por voluntad propia, porque me gusta y porque quiero. Eso en lo personal, pero como narrador también necesito que mis personajes tengan un fondo poderoso, que estén bien enraizados. Creo que es algo que tiene que ver con el romanticismo, que es un concepto que me interesa mucho explorar. Todo lo que tiene que ver con la vida, con la muerte, con el sexo, coloca a mis personajes en medio de crisis muy potentes.
En este sentido, ¿asume «El árbol de la sangre» como un regreso a sus propias raíces? ¿Como un retorno al universo emocional de películas como «Vacas» o «Tierra»?
Yo, en cada nueva película que ruedo procuro alejarme de mi trabajo inmediatamente anterior, más que nada porque me interesa el hecho de experimentar, de explorar otros horizontes, pero toda exploración tiene sus límites y en mi caso esos límites soy yo mismo (risas). Aquí el reto era construir un relato ramificado, que abarcase veinticinco años y para acometerlo he apelado a una simbología que apelase al pasado. Pero al hacerlo me he dado cuenta de que, en el proceso, han aflorado muchos elementos de mi cine anterior.

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