Daniela GONZÁLEZ (EFE)

La mujer, punta de lanza por el medio ambiente

Mucho antes de que el cambio climático se convirtiera en un punto relevante de la agenda política mundial, el papel de la mujer en defensa del medioambiente ha resultado clave para concienciar sobre la protección de la naturaleza e inspirar a las nuevas generaciones en su preservación.

Mujeres en una reciente protesta contra la inacción frente al cambio climático. (Jacques DEMARTHON/AFP)
Mujeres en una reciente protesta contra la inacción frente al cambio climático. (Jacques DEMARTHON/AFP)

La primatóloga y antropóloga británica Jane Goodall –la mayor experta mundial en chimpancés–, la emprendedora e investigadora australiana Fabian Dattner –impulsora del recorrido por la Antártida de decenas de mujeres en el proyecto Homeward Bound–, o la filósofa y escritora india Vandana Shiva –adalid del ecofeminismo– son algunas de estas figuras que alientan a miles de jóvenes en todo el mundo a tomar el relevo del compromiso ambiental.

El caso más reciente es de la sueca Greta Thunberg quien, a sus 16 años, se ha convertido en icono juvenil y mundial en pro del medioambiente desde que en agosto de 2018 comenzara su campaña particular de protesta cada viernes frente al Riksdag (Parlamento de Suecia) para exigir a su Gobierno el cumplimiento del Acuerdo de París.

Su ejemplo ha movilizado a miles de estudiantes en casi 300 ciudades de todo el planeta, convencidas por su idea de asumir la lucha contra el cambio climático ya que los políticos «tienen demasiado miedo de ser impopulares» y «no son lo suficientemente maduros para decir las cosas como son».

Estas palabras de Thunberg resonaron durante la Cumbre del Clima de las Naciones Unidas (COP24) en Katowice (Polonia), el hasta ahora último paso en el sinuoso recorrido internacional en defensa del medioambiente que comenzó precisamente con la Conferencia de Estocolmo, la capital sueca, en 1972.

Aquella conferencia fue la primera convocada por la ONU con los problemas ambientales como eje central de discusión y reclutó a muchos activistas, «no sólo hombres sino también mujeres», como reivindica la costarricense Christiana Figueres, una de las artífices del Acuerdo de París para frenar el incremento de emisiones contaminantes.

Otra mujer referencial es la bióloga marina y conservacionista estadounidense Rachel Carson, cuya obra ‘Primavera silenciosa’ publicada en 1962 inspiró según algunos analistas la creación de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos.

Ente los objetivos del activismo de la mujer en favor de la naturaleza figura el impulso a la reforestación de bosques autóctonos y un ejemplo de ello es el de la ecologista Wangari Maathai, la primera mujer africana en recibir el Nobel de la Paz en 2004 por «su contribución al desarrollo sostenible», además de la democracia y la paz.

Maathai, que fundó el Movimiento Cinturón Verde y ejerció como asesora del ministro de Medioambiente y Recursos Naturales de Kenia, alentaba a las mujeres de su país a crear invernaderos con semillas locales y propició así la plantación de más de 50 millones de árboles, junto con la formación de miles de mujeres en agricultura.

Las mujeres han pagado también su precio por el activismo ambiental: el último informe de la ONG Global Witness cifra en más de 200 el número de personas muertas en una veintena de países durante 2017 por luchar en favor del planeta.

Líderes indígenas, dirigentes comunitarios y defensores del medioambiente figuran entre las víctimas: amenazadas, detenidas, agredidas sexualmente, denunciadas judicialmente y, en el peor de los casos, atacadas y muertas.

La tristemente más conocida de estas víctimas fue la hondureña Berta Cáceres, líder de los indígenas de la etnia lenca, muerta en atentado en marzo de 2016.