
Miguel Ángel Jiménez capta con acierto y emotividad una cuenta atrás que, si bien parte de una premisa dolorosa, se torna en su tramo final en luminosa. A Emma Suárez le corresponde asumir el rol de una mujer cuya etapa vital comienza a menguar a raíz de haberle sido detectado un cáncer.
En compañía de sus dos fieles amigas opta por cambiar de escenografía y deja atrás Bilbo para viajar a Grecia. Jiménez se toma su tiempo para elaborar esta primera etapa del filme, otorga a su personaje central un buen puñado de matices centrados en gran medida en lo que supone ser sabeedora que tu reloj vital comienza a fallar y que el tiempo corre de manera endiablada.
En mitad de los siempre evocadores paisajes griegos, la protagonista opta por autoregalarse una coherente vía de escape emocional en compañía de un pescador de esponjas griego con el que encontrará el perfecto contrapunto a lo que avanza inexorable en el interior de su cuerpo.
Mientras su vida agoniza, su mente y emociones se reactivan, lo que permite al director sacar todo el partido posible a una recta final que elude en todo momento los derroteros del folletín dramático y que exprime al máximo la gran fuerza luminosa de un pequeño enclave griego y la plena complicidad que se establece entre ella y el hombre al que ha elegido como cómplice en su recta final. ‘Una ventana al mar’ se revela como un estimulante canto a las emociones.

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