
Según un estudio de la Banca de Italia, las familias más ricas de Florencia son las mismas hoy que en 1427. Mal que nos pese, el código postal en el que nacemos y nuestros apellidos son los factores más determinantes en el cúmulo de circunstancias, elecciones y oportunidades que nos conducen a nuestro escalón. Sólo unos pocos tienen la fuerza suficiente para derribar las barreras que limitan su futuro.
Evelina Cabrera (San Fernando, Argentina; 1986) despide 2020 entre las cien mujeres más inspiradoras e influyentes del mundo, según el listado que elabora anualmente la BBC. La misma Evelina Cabrera que vivió en la calle, olvidada por unos padres más preocupados por tirarse los trastos a la cabeza que por su hija adolescente. Durante cuatro años, sufrió en primera persona toda la crudeza de no tener techo ni recursos, desde la falta de comida hasta los abusos sexuales.
Y entonces descubrió el fútbol. «No me salvó, me salvé yo sola», puntualizaba en una entrevista concedida a Marca hace un año, no en vano había terminado la educación secundaria, empezado con Educación Física y conseguido sus primeros pequeños trabajos mientras todavía dormía en un banco del parque, muestra de una determinación a prueba de cualquier vicisitud. No le salvó, por tanto, pero sí «me dio herramientas, normas y valores para encaminar mi vida» y le abrió un camino que Cabrera ya no ha abandonado, aunque posiblemente no haya sido el que imaginaba cuando se vistió por primera vez la camiseta del Atlético Platense.
Antes de que la precariedad le retirase, lo hizo un tumor. Benigno, por suerte, y que se le pudo extirpar, pero que le apartó de los terrenos de juego. No del fútbol. Mientras jugaba, ya había empezado a ejercer de «gestora»: bombardeaba a mails y llamadas a cualquier empresa, desde multinacionales deportivas hasta comercios del barrio, susceptible de echar una mano a su equipo. No le fue mal, el Platense pudo entrenar con nuevas equipaciones y no con viejas camisetas usadas. Con 26 años, y ya forzosamente retirada, decidió probar también en el banquillo, con el C.A. Nuevo Chicago.
Fue de todas esas experiencias, la calle, el deporte, la pobreza del fútbol femenino, por encima del código postal y los apellidos, de donde salió la Evelina Cabrera que es hoy, que no ha podido, ni querido, desligar sus vivencias de sus pasiones. Por eso en 2012 dirigió a la selección argentina en el Mundial de personas sin techo, empezó a ayudar a las niñas y mujeres que se acercaban a sus entrenamientos en el polideportivo Sarmiento de Tigre, a las que en ocasiones incluso tenía que facilitar comida… La muerte del padre de una jugadora, a la que el club en el que había jugado durante catorce años fue incapaz de ayudar y que finalmente pudo celebrar el entierro gracias a la solidaridad de un grupo de mujeres, le acabó de convencer de que debía hacer algo más. «Me di cuenta de que con el fútbol sólo no alcanzaba».
Y creó la AFFAR, la Asociación Femenina de Fútbol Argentino. El objetivo era doble: promover la práctica del fútbol entre las mujeres, extendiendo los múltiples beneficios de la práctica deportiva por encima de sexo y condición social y, al mismo tiempo, dotar de los recursos necesarios a las niñas y mujeres que deciden jugar a fútbol, no sólo para que puedan hacerlo en unas condiciones mínimas y dignas, sino para que pueda acercarles a otras metas. Desde la AFFAR se han conseguido acuerdos a nivel nacional e internacional para obtener becas de estudio, se facilitan reconocimientos médicos a las futbolistas sin recursos, se creó el primer equipo de mujeres invidentes de Argentina…
Todo ese trabajo le ha valido a lo largo de estos últimos años numerosos reconocimientos a Cabrera, que ha llegado a hablar en la ONU sobre su labor. No le faltan compromisos que atender pero sigue sin olvidar los que más le importan: manager de un equipo de fútbol sala, trabaja en Boca Juniors en la sección de Género y Deporte y desde hace dos años ejerce como voluntaria entrenando a las internas de un centro penitenciario, una experiencia que ya ha conseguido extender a más cárceles de Argentina. Un empujón para que otras mujeres también construyan su futuro sin que lo dicte el código postal.

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