
Cursó los estudios de Periodismo porque era el camino más próximo a la escritura. Fede Merino (Barakaldo, 1960) quería contar vidas ajenas, historias, otras realidades. Observar el mundo y narrarlo. Encontró su espacio natural en la radio, y a través de las ondas transmitió a la audiencia lo que vivió en países tan lejanos como Guatemala, Cuba, Costa Rica y Argentina… pero no todo sucedía lejos de casa; aquí, en Euskal Herria, también halló historias que merecían ser contadas.
Pero la radio era en cierto sentido injusta con el periodista, porque comprimir el material en dos, tres minutos de emisión resultaba tantas veces complicado. Qué parte de la historia compartir, qué parte preservar para más adelante… fragmentos que quizá nunca llegarían a ver la luz. Y esa era una espina que Merino sentía clavada. Es todo ese contenido conservado en la despensa lo que ha volcado ahora en el libro ‘Lo que puedo contar’ (Alberdania), presentado en Donostia recientemente.
Se trata de veinte crónicas, o contracrónicas según cómo se mire, que llevarán al lector hasta los brazos de gente muy conocida, como es el caso de la Premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchú; o gentes anónimas como militantes de derechos civiles y políticos cuyas historias merecen ser contadas. Escrito con un estilo de crónica periodístico-literaria, denuncia entre sus páginas lo que considera el pecado moderno: la indiferencia, recuperando hechos injustos que le tocó vivir como periodista.
En cierta forma, en palabras del editor Jorge Giménez-Bech, se trata del acta de un juicio. Merino rinde cuentas casi por necesidad ante un juez imaginario, bastante inclemente. Y el lector sospecha que ese juez tan poco dado a los chistes es él mismo. «Tiene mucho de eso», confirma el autor. «Ese juez es un poco yo, es un examen de conciencia, porque como periodista te das cuenta que has sido espectador de situaciones terribles, difíciles, de realidades que ya existían antes de que tú llegaras al lugar para contarlo. Pero ocurre que cuando te marchas y apagas la emisión, eso que has contado no ha cambiado. Y eso que dejas ahí te sigue mordiendo», expresaba.
No se trata de contenido que no se pudiera contar, pero por múltiples motivos, ya fuera por no cumplir con la agenda de la actualidad, ya fuera por espacio o falta de tiempo, la parte más interesante quedaba fuera en ocasiones. «Y eso resulta muy frustrante para el periodista, cuando sabes que lo que no cuentas tiene mucha más miga, más interés. El periodismo es apasionante, te lleva hasta lugares y personas que de otra forma no conocerías», opina.
El peso de los detalles
No es una obra autobiográfica, aunque la infancia de Merino tenga bastante peso en un apartado del libro. En ese sentido asoma la nostalgia, una deuda pendiente con la generación de sus padres, «aquella generación de acero, de guerra y posguerra» que lo sacrificó todo o casi todo. También recoge en el capítulo ‘Bacalao, Atlhetic bacalao’ la intrahistoria que hay detrás del irrintzi rojiblanco creado por él para contar los goles del equipo de sus amores en las transmisiones radiofónicas.
«Había que diferenciarse de alguna manera –recuerda aquellos tiempos–. La radio gozaba entonces de las mayores atenciones, y desde la perspectiva del periodista deportivo no era baladí. Era mayo del 83, y se jugaba el último partido de Liga. Las Palmas contra el Atlhetic. La televisión entonces no emitía los partidos, y buscaba crear una palabra para el éxtasis». Fue así como creó la forma peculiar para «cantar» los goles de su equipo. «La verdad es que fui bastante inconsciente. Tenía 22 años y no se lo comenté previamente al director. El caso es que funcionó».
Desde aquel mes de mayo ha llovido mucho, tanto que le ha dado tiempo a reflexionar, recopilar, dejar posar y reposar. «He recogido en el libro una mirada reflexiva, la mayoría en formato de crónica, aunque hay un par de cuentos y microrelatos, pero nada de lo que cuento es ficción, sino real», avanza.
Ha querido recuperar la memoria de aquellos que se cruzaron en su camino a ambos lados del «charco»; también la suya propia. «Es una etapa larga que la he vivido con mucha intensidad; con el tiempo se ha apagado lo prescindible y ha permanecido en mí lo importante, la esencia de cada experiencia, de cada encuentro. Aquí he condensado el peso de los detalles y las conversaciones de las que pueden extraerse importantes conclusiones», cree. No es un desquite, pero en ‘Lo que puedo contar’ cuenta lo que no pudo contar.

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