Beñat Zaldua

Fabricar coches eléctricos para poder producir más coches convencionales

«Se fabrican, pero no se venden». El responsable de la planta de Mercedes Benz en Gasteiz, Emilio Titos, fue extremadamente sincero el pasado viernes, al explicar por qué fabrican coches eléctricos; básicamente, para trampear el techo que la UE pone a las emisiones.

Imagen de una fábrica de coches eléctricos en Colonia, Alemania. (Oliver BERG/AFP)
Imagen de una fábrica de coches eléctricos en Colonia, Alemania. (Oliver BERG/AFP)

No es fácil adivinar los motivos, pero hay veces en que las élites económicas se dejan las apariencias en casa y ofrecen análisis que desnudan la realidad de un modo al que solo puede aspirar quien conoce a fondo los engranajes que mueven un sistema. El viernes pasado lo hizo, en un encuentro de la Asociación para el Progreso de la Dirección (APD), el director general de producción de Mercedes Benz en el Estado español y responsable de la planta de Gasteiz, Emilio Titos, al radiografiar con crudeza el mercado de los coches eléctricos.

Lo que vino a decir, básicamente, es que dicho mercado no existe. «Se fabrican, pero no se venden», explicó, según la nota de Vocento. ¿Y entonces por qué se hacen?, cabe preguntarse. El mismo Titos respondió, recordando que las directivas europeas marcan una serie de límites a las emisiones globales de la producción de la industria automovilística: «Fabricamos las unidades eléctricas, principalmente, para no superar esos límites y evitar tener que pagar multas muy importantes».

Es decir, la producción de coches eléctricos sirve para compensar la producción de coches convencionales. O dicho de otro modo, según se deduce de lo que dice este directivo, cuantos más coches eléctricos produzca una marca, más coches convencionales podrá fabricar. La lógica dice que debería ser a la inversa –cuantos más coches eléctricos, menos convencionales–, pero el mercado dice lo contrario.

En su intervención, siempre según la nota de Vocento, Titos señaló que «los ciudadanos no los compran porque no están dispuestos a pagarlos por su elevado coste», y criticó veladamente el impulso político que han recibido los coches eléctricos, al considerar que los políticos «han creído interpretar lo que demandaba la sociedad».

Límites al desnudo

Titos no criticó, sin embargo, el tratamiento fiscal favorable que reciben combustibles fósiles como el diésel –algo que hay que agradecer al PNV–, y que impiden, en parte, que los coches eléctricos puedan competir con los vehículos tradicionales.

La cruda radiografía de Titos puede ser tomada como una muestra de que hay veces en las que no basta con fijar algunos imperativos legales para regular mercados y caminar hacia la transición energética. De hecho, es la demostración de que hay políticas que, si no van acompañadas de una serie de medidas complementarias –impuestos medioambientales, fin de subvenciones a combustibles fósiles, etc.–, pueden resultar incluso contraproducentes.