
Hace años que Javier Tolentino es conocido por su programa radiofónico ‘El Séptimo Vicio’, y quienes lo hayan escuchado sabrán que una de sus debilidades es el cine iraní, y a él quiere homenajear en su ópera prima, un documental viajero con destino a la capital del país y a los paisajes de las películas del maestro Abbas Kiarostami. A tal fin toma prestado su característico estilo visual con planos largos y estáticos, en los que el silencio es sustituido por una banda sonora rica en música tradicional y cantos en farsi, siendo esa la aportación personal de Tolentino, dentro de su mirada extranjera, cegada tal vez por la pasión que siente por aquella cultura.
La objetividad del autor de ‘Un blues para Teherán’ (2021) sale a relucir, no obstante, en la forma en que subyace a lo largo del metraje, tal como se pudo apreciar en su presentación en la sesión de clausura del festival de Xixón o a su paso por el festival de Moscú, el tema de la libertad de expresión. No lo pasa por alto, y basta con escuchar las palabras reveladoras de una alumna de la escuela de arte para saber que no le es permitido cantar en público por el mero hecho de ser mujer. De ahí que la película no haya gustado a las autoridades de Teherán, a pesar de que Tolentino señala tanto a las medidas internas del régimen como a las occidentales, sobre todo por parte de los EEUU, como causantes del aislamiento de la actual sociedad persa.
Una problemática a la que se enfrenta el kurdo Erfan Shafei, que hace las veces de guía o introductor a la comunidad artística que se resiste a salir al exterior, y que trata de manifestarse a través de la música, actualizándola y poniéndola al día como forma de protesta cotidiana. Escribe poesía, canta y quiere rodar una película en su ciudad, con la dificultad de que no pueden entrar las ayudas de fuera, mientras dentro todos son trabas legales y burocráticas.
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