De rascarse la perilla también se sale

La línea que separa a una persona culta e interesante de convertirse en un pedante narcisista es muy delgada. Tengo un amigo al que de joven le molestaban tanto la palabrería y las citas que simulaba ser analfabeto. Me hacía gracia el enfado que le provocaba aquella fiebre juvenil por resultar intelectualmente atractivos para acabar siendo personalmente repulsivos. Yo también he padecido esa fiebre, lo confieso.
Lo recordaba recientemente, escuchando un programa de «Deforme semanal», el podcast que hacen Lucía Lijtmaer e Isa Calderón. Esta última recordaba a un exnovio que la llevaba a ver ciclos de Abbas Kiarostami cuando ella estaba hecha un cristo y ralentizada por los fármacos. Relataba Calderón esos eternos minutos de un tronquito peleando por llegar a la orilla, una hazaña fílmica que vista en perspectiva le resultaba insoportable. Pues bien, me recordó a mí mismo viendo un ciclo de Wim Wenders en Donostia, en el que se incluían sus primeros pinitos. Recuerdo un plano secuencia de varios minutos de unas piernas transportando la funda de un instrumento. Y me recuerdo a mí, con 18 años, en medio del Boulevard, sin saber muy bien si era un imbécil o superinteresante. Como exnob lo tengo claro: aspirante a idiota. Darse tanta importancia es parte del problema, algo que se aprende al madurar.
Esta semana, Wenders defendía al festival de Karlovy Vary y al Zinemaldia por premiar a Johnny Depp a pesar de la manera en la que maltrató a Amber Heard, tal y como ha quedado demostrado en el juicio que el actor promovió en Londres. «¿Quién soy yo para juzgar cómo lleva su vida?», se preguntaba Wenders. Las malas preguntas provocan respuestas erróneas. Las premisas falsas y las obsesiones generan cinismo.
De rascarse la perilla se puede salir. De rascarle la perilla a otros hombres es más difícil. Es un sistema y ahí entran en juego más factores. Visto en perspectiva, sería mejor haberse ahorrado aquel plano secuencia de Wenders y, en mi opinión, este premio a Depp.

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