Laia Mataix Gómez (Efe)
Rioacha, Colombia

21 menores han fallecido en 2022 por desnutrición en La Guajira, Colombia

En lo que va de año, 21 niños han muerto por desnutrición en La Guajira, Colombia. Además, más de 2.000 familias necesitan ayuda de las ONGs para subsistir.

El hambre azota a la población infantil de esta zona colindante con Venezuela
El hambre azota a la población infantil de esta zona colindante con Venezuela (Mohammad BASH | GETTY IMAGES)

En la región de La Guajira, Colombia, impera el hambre. La situación es tal que en lo que va de año ya han fallecido 21 niños a causa de la desnutrición. Además, más de 2.000 familias de la región necesitan de los alimentos que les proveen las ONGs para subsistir.

Isabel y María Jusayú son dos hermanas de la etnia wayúu que llegaron al desértico departamento colombiano de La Guajira desde Venezuela pensando que tendrían un futuro mejor, con trabajo y alimento para sus hijos, pero se encontraron con otra realidad: falta de oportunidades, hambre, sequía y el abandono estatal que las ha llevado a vivir sin nada.

La Guajira, donde han muerto 21 niños por desnutrición en lo que va de año y el hambre «se volvió paisaje», y el Chocó, son los departamentos con más muertes por desnutrición infantil en el país, aunque el hambre es una realidad que se encuentra en cada rincón de Colombia.

«Cuando conseguimos medio kilo de arroz no nos toca comer a nosotros, los mayores, dejamos de comer para que los niños se alimenten perfectamente», confiesa Isabel, rodeada de los hijos de ambas en una pequeña construcción donde, por las noches, duermen siete personas.

A pesar de la situación, Isabel y María, que van a comer un plato de arroz con frijoles, su único alimento del día, no se plantean volver a Venezuela porque en Colombia «los niños están estudiando», reciben una «mejor educación», a pesar de que a veces tienen que faltar a clase para ayudar a sus madres a lavar ropa para conseguir comida.

Asentamiento en el aeropuerto

En La Guajira, en el extremo norte colombiano, los wayúus que residían en Venezuela, y huyeron con la profundización de la crisis, transitan entre Colombia y Venezuela como si fuera un mismo país.

En el municipio de Uribia, por ejemplo, centenares de wayúus que han llegado en los últimos años desde Venezuela se han asentado en un antiguo aeropuerto donde viven en condiciones infrahumanas. En el Aeropuerto viven ahora casi 13.500 personas, la mayoría de ellas mujeres que han llegado solas, relata Antonio José Jayariyu, que denuncia la falta de atención de las instituciones, especialmente las de salud, ya que muchas de las mujeres llegan embarazadas y no se les brinda seguimiento.

«Fue muy difícil: cómo conseguir comida, conseguir una casa. Al principio comenzamos fritando arepitas y vendiéndolas por 500 pesos colombianos (unos 12 céntimos de euro ), eso nos daba para comer diario», cuenta Isabel, que llegó a Colombia en 2018, para añadir a continuación que en ese entonces ella y su hermana estaban embarazadas «y era difícil conseguir trabajo».

Los wayúu también habitan las zonas rurales de La Guajira, donde se dedican al pastoreo y a la fabricación de artesanías, trabajos que, no obstante, no les alcanzan para sobrevivir, quedando usualmente a merced de la ayuda humanitaria que muchas veces no es suficiente.

En la enramada, el espacio comunitario de los wayúu de la comunidad de Ishamana, los niños dibujan lo que les gustaría tener: comida para perro, una cancha, un balón, una bicicleta, una casa o un jardín, mientras una nutricionista los mide para comprobar que no están sufriendo de desnutrición.

La lucha contra la desnutrición

El Banco de Alimentos de La Guajira ha desarrollado un modelo de prevención de la desnutrición, centrado en los niños de menos de 5 años y sus madres, en el que hace un seguimiento exhaustivo de los menores para garantizar que no caigan enfermos y que tengan la talla que les corresponde.

Además de proporcionarles paquetes alimentarios, y en el caso de los niños que sufren desnutrición micronutrientes, la organización ha impulsado un programa de liderazgo desde el que en alianza con las mujeres wayúu venden sus tradicionales mochilas.

Ahora mismo, las ONGs atienden a más de 2.000 familias, tanto en zonas rurales como en la propia Riohacha, capital de La Guajira, entre ellas a la de Wilmer, un niño de 7 años con estatura y talla correspondiente a uno de 3. Wilmer y sus nueve hermanos tienen desnutrición crónica, al igual que su madre, y es algo de lo que nunca se recuperarán, explica el director de la Asociación de bancos de alimentos de Colombia (ABACO), Juan Carlos Buitrago, quien sentencia que ya es «una enfermedad irreversible».

Signos de la desnutrición

Para identificar la desnutrición, «lo primero es hacer un diagnóstico y tamizaje nutricional donde se tiene en cuenta el peso, la talla y el perímetro braquial», e identificar signos como «el cabello despigmentado, zonas de alopecia o aspecto de “viejito”», explica Atenas Urdaneta, nutricionista del equipo del Banco de Alimentos que recorre las comunidades haciendo seguimiento a los y las niñas.

Semanalmente visitan las comunidades adheridas al programa para chequear a los menores: si no cumplen con las metas establecidas y persiste la desnutrición, se suspende el programa de tamizaje, en una manera de incentivar a las madres a que sigan el tratamiento de micronutrientes.

Y aunque «se ponga remedio», los párvulos «nunca van a llegar a desarrollarse como un niño normal», lamenta Urdaneta, dado que la desnutrición crónica es una enfermedad que retrasa todo el desarrollo cerebral, cognitivo y emocional.