Periodista / Kazetaria

Ante un desarme, ¿qué futuro aguarda a los combatientes del PKK?

Si el proceso de desmilitarización del PKK llega a concretarse, Recep Tayyip Erdogan se enfrentará a todo un desafío: el regreso de los exiliados políticos kurdos y la reintegración de los combatientes en la sociedad civil. Ante la incertidumbre de las negociaciones, nadie parece ser optimista.

Jóvenes kurdos con un retrato de Abdullah Öcalan durante la celebración del Año Nuevo kurdo en Diyarbakir.
Jóvenes kurdos con un retrato de Abdullah Öcalan durante la celebración del Año Nuevo kurdo en Diyarbakir. (Laurent PERPIGNA IBAN)

Muy positivas, constructivas, fructíferas y esperanzadoras». Así es como el partido prokurdo DEM calificó, en un comunicado, las conversaciones que tuvieron lugar en la reunión mantenida, el 10 de abril, en el complejo presidencial de Ankara, entre su delegación y el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan.

El encuentro, el primero de este carácter desde los albores del anterior proceso de paz en 2012 -que implosionaría tres años después-, tenía un fuerte carácter simbólico, mes y medio después de la declaración del líder encarcelado del PKK, Abdullah Öcalan, quien, además de hacer un llamamiento a la paz, puso sobre la mesa un posible desarme y disolución de la organización.

El entusiasmo de la formación política prokurda se ve matizado por la percepción de la población en el sudeste de Turquía: mientras que el partido presidencial (Partido de la Justicia y el Desarrollo, AKP) se muestra poco prolijo en la cuestión, obviamente para no herir susceptibilidades en la sociedad turca, no se han filtrado detalles del contenido de las discusiones. Como consecuencia, la falta de una hoja de ruta provoca recelos en la población kurda del país, ya que son ingentes los problemas que deberían ser resueltos en el marco de un proceso de paz.

«Erdogan no es digno de confianza»

El día se va apagando lentamente en Nusaybin, ciudad kurda de Turquía adosada a la frontera siria. Un pequeño grupo de treintañeros contempla en silencio la vecina ciudad de Qamishli, acurrucada unos cientos de metros detrás del muro de separación erigido por Turquía en 2012. «El cierre de esta frontera ha separado a tantas familias... -lamenta Ferhat, de 36 años-. Todos tenemos familiares que están al otro lado, primos que nacieron allí y amigos que se unieron a ellos al comienzo de la guerra, para luchar contra el Daesh (ISIS)».

Junto a él, Brahim, también de 36 años, continúa: «Después del anuncio de Öcalan, inmediatamente pensé en ellos. Imaginé que esta frontera se reabría, el reencuentro con nuestros amigos que se fueron al frente y con los que habíamos perdido el contacto. Era como un sueño. Luego, volví a la realidad. Temo que los tanques turcos nos visiten antes que nuestros camaradas».

Porque la historia les ha enseñado a ser cautelosos: tras el fracaso del último ciclo de conversaciones de paz entre el líder del PKK y Recep Tayyip Erdogan en 2015, su barrio fue arrasado por el Ejército turco. Sus vidas pasadas han quedado reducidas a escombros.

Ferhat continúa: «La idea de que el PKK entregue las armas me parece responsable, teniendo en cuenta el contexto actual. Pero, ¿qué será de nuestros amigos que se unieron a la organización? No resolveremos el conflicto hasta que se les permita regresar a Turquía. Y me cuesta imaginarme a Erdogan y a su aliado fascista del MHP, Devlet Bahçeli, abriéndoles las puertas de Turquía».

Al igual que Nusaybin, la ciudad de Cizre, situada en la triple frontera entre Turquía, Siria e Irak, ha pagado un alto precio. No solo tras la ruptura de la anterior fase de diálogo en 2015, sino también desde el surgimiento del conflicto armado entre el PKK y el Estado turco a principios de la década de 1980.

«Aquí no hay una sola familia que no tenga amigos que se hayan ido a luchar a Siria o Irak. Cizre es uno de los puntos calientes del conflicto», advierte un hombre de unos sesenta años que prefiere mantener su anonimato.

Simpatizante declarado de la PKK, él también tiene familiares que «se han unido a la guerrilla en las montañas de Irak». «Yo no creo ni por un momento en este enésimo intento de paz. Ya no solo porque no hay hoja de ruta, sino sobre todo porque la historia nos ha demostrado que no se puede confiar en Erdogan. Si su plan es que nuestros combatientes entreguen sus armas para ir a la cárcel, entonces la paz no llegará mañana», afirma.

Cevahir, una mujer desempleada de 56 años, tampoco se muestra más optimista: «Parte de mi familia está en Alemania y tiene prohibida la entrada en territorio turco. Lo mismo ocurre con mis dos hijos, que se unieron al PKK en Irak. No tengo noticias de ellos y cada día tiemblo ante la idea de recibir una llamada telefónica anunciándome su muerte. Así que, cuando Öcalan notificó un posible desarme del PKK, recé para que, por fin, pudieran volver, aunque en el fondo no lo creo».

A su lado, Siti Tanriverdi, una octogenaria que dice no recordar su edad, trata de mostrarse más entusiasta: «Confío en Abdullah Öcalan, nunca nos ha traicionado. Decenas de miembros de mi familia se fueron a Rojava en 2012. Seis murieron durante la invasión turca de 2019. Si la paz llega, no traerá de vuelta a nuestros mártires, pero espero que los demás finalmente puedan regresar».

Una mujer, madre de dos miembros del PKK -un chico y una chica- que se fueron a Irak , y que ha pedido permanecer en el anonimato, va más allá: «Estamos a la espera. Sufrimos por no verlos más, por no poder hablar con ellos, pero a la vez nos sentimos orgullosos de ellos. Esperamos que entreguen sus armas solo a cambio de una paz verdadera y duradera, de lo contrario sería una humillación para todos nosotros, y toda la sangre derramada habrá sido en vano».

Muchos habitantes de Cizre y de la vecina ciudad de Sirnak han encontrado refugio en Irak, en el campo de desplazados de Makhmour. Bajo la supervisión de las Naciones Unidas, el lugar cuenta con unos 12.000 residentes, y es considerado por Turquía como un semillero del PKK.

Por ello, regularmente, sus habitantes son blanco de ataques de los drones turcos. «Desde que está en el poder, Erdogan sigue la estrategia de desarraigar a los kurdos de sus tierras natales, como otros hicieron antes que él. Después de esforzarse tanto para hacernos marchar, ¿autorizaría a nuestros exiliados a regresar? Es ciencia-ficción», afirma un sexagenario. Tras solicitar el anonimato, afirma tener familiares en Makhmour, pero también en las montañas de Qandil, santuario iraquí del PKK.

«Se necesita el consentimiento de la población turca»

Mehmet Rustu Tiryaki, diputado del partido DEM y muy involucrado en las negociaciones en curso, comprende las dudas de la población kurda: «El regreso de los exiliados es un tema muy delicado. Como en casos similares en el País Vasco, Irlanda o Colombia, es necesario que la situación se desbloquee, y esto solo será posible con pasos concretos del Estado turco. No hay mucha distancia entre la guerra y la paz, pero hay que luchar para no tomar el camino equivocado».

Para Engin Solakoglu, diplomático retirado y miembro del Partido Comunista de Turquía, si bien la cuestión del regreso de los exiliados y combatientes no es un escollo insalvable, dependerá de otros factores. A su juicio, «los frenos están en otra parte. Es necesario el consentimiento de la población turca ante este proceso, que apruebe que se concedan derechos a los kurdos y a su lengua, por ejemplo, y eso no me hace ser demasiado optimista».

El exdiplomático recuerda que en 2009 se puso en marcha una dinámica para permitir el regreso a Turquía de los miembros del PKK que habían aceptado desarmarse, así como de los exiliados del campo de Makhmour. Al ser interrogados en el puesto fronterizo de Habour, la mayoría fueron liberados y recibidos como héroes por decenas de miles de personas en Silopi. Estas escenas de alegría provocaron un gran revuelo en la opinión pública turca y llevaron a la ruptura de esta dinámica.

«La implicación del líder ultraderechista [aliado de Erdogan], Devlet Bahçeli, en las conversaciones con Öcalan, fue estratégica. Tenía como objetivo asegurarse la aprobación de los panturcos en el proceso en estudio. Sin embargo, no parece haber tenido mucho éxito. La presencia de numerosos simpatizantes de esta corriente en las manifestaciones que siguieron a la destitución del alcalde de Estambul, rival de su campo político, está claramente motivada, en mi opinión, por la negativa a cualquier diálogo con el PKK. Una reacción poco alentadora», concluye.