Fouad Baker

La segunda fase, entre dos ilusiones: el desarme y el gobierno tecnocrático

El político y defensor palestino de derechos humanos Fouad Baker analiza la segunda fase del «alto el fuego» en Gaza, que contempla entre dos ilusiones: el desarme y el gobierno tecnocrático. Considera que se trata de un momento clave, ya que «redefine el futuro de toda la causa palestina».

Tiendas de campaña de desplazados conviven entre escombros y ruinas de edficios en Ciuidad de Gaza.
Tiendas de campaña de desplazados conviven entre escombros y ruinas de edficios en Ciuidad de Gaza. (Omar Ashtawy | EUROPA PRESS)

En los círculos israelíes de toma de decisiones se está consolidando una convicción político securitaria decisiva: la introducción de cualquier fuerza internacional de estabilización en la Franja de Gaza no puede preceder al cambio de las realidades sobre el terreno, sino que debe ser consecuencia de este.

Según esta lógica, la existencia de Hamas como fuerza armada y autoridad de facto, y fuera de lo que en Israel se conoce como la «línea amarilla», convierte a cualquier posible fuerza internacional en una entidad meramente formal, de competencias limitadas, incapaz de imponer el desarme o de producir una transformación real en el ámbito de la seguridad.

Esta conclusión constituye la base teórica y política sobre la que se apoyan en su conjunto los enfoques del llamado «día después» de la guerra contra Gaza.

Así, surge el dilema de la fuerza internacional... entre el mantenimiento de la paz y la imposición del enfrentamiento. En el núcleo del debate en curso emerge una problemática cuyo significado aún no ha sido definido: ¿cuál es la naturaleza de la misión de la supuesta fuerza internacional o árabe-islámica? ¿Se trata de una fuerza de mantenimiento de la paz o de una fuerza de confrontación y choque con las facciones armadas, encabezadas por Hamas?

Si lo que se pretende es una fuerza de choque, surge una pregunta fundamental sobre quién estaría dispuesto a enviar a sus soldados a un entorno extremadamente complejo y peligroso. Y si la fuerza tuviera un carácter policial-administrativo, encargada de mantener el orden, la cuestión se desplaza hacia quién asumiría la tarea de desarmar a Hamas, en beneficio de quién y bajo qué referencia política o jurídica.

La ausencia de respuestas claras a estas preguntas convierte la idea de una fuerza internacional en un marco teórico incompleto, más cercano a una hipótesis política que a un plan aplicable.

Esta problemática se complica aún más con la cuestión de la financiación, ya que cualquier estabilidad posible está condicionada a una reconstrucción a gran escala, que requiere presupuestos enormes que solo los Estados grandes y ricos pueden asumir.

Sin reconstrucción, no puede lograrse la estabilidad y sin estabilidad, no existirá un entorno adecuado para el funcionamiento de ninguna administración civil o de seguridad.

 

O se impone un enfoque de «estabilidad» o las fuerzas palestinas redirigen la brújula hacia libertad, autodeterminación y justicia 

Otra cuestión es la voluntad israelí como condición estructural indispensable. Los datos disponibles indican que ningún mecanismo civil o de seguridad, ni ninguna comisión administrativa en Gaza, tendrá éxito sin una voluntad israelí real, que no se mida por declaraciones políticas, sino por medidas sobre el terreno. Estas medidas incluyen la eliminación de obstáculos, la aceleración de la entrada de ayuda, la aprobación de proyectos de reconstrucción, la apertura del paso de Rafah y la retirada gradual de la Franja.

En ausencia de estos pasos, todo el proceso se transforma en algo parecido a una «celebración diplomática sin contenido». Las propias estimaciones israelíes confirman que el Ejército no se retirará de las zonas de la «línea amarilla» en esta fase, y que cualquier avance en el expediente de la reconstrucción seguirá estando condicionado al desarme de Hamas, lo que encierra al conjunto del plan en un círculo vicioso.

No ser una prioridad

También está el hecho de que Gaza queda fuera de la escala de prioridades del sistema internacional. Estas maniobras se desarrollan en un contexto internacional en el que la Franja de Gaza no ocupa un lugar destacado en la agenda del sistema internacional ni de la Administración estadounidense, en medio de crisis crecientes en Irán, Venezuela y otras regiones.

Esta realidad otorga a los planes propuestos un alto grado de incertidumbre y hace que su éxito dependa de dos factores esenciales: el momento del anuncio del «Consejo de Paz» y la organización de una conferencia de países donantes para definir el alcance y la magnitud de la financiación.

Otro tema candente es el desarme de Hamas, que está entre el plan y la apuesta. La Casa Blanca impulsa un enfoque ampliado del concepto de «desarme», que no se limita únicamente a la dimensión militar.

En este contexto, surgió el plan egipcio respaldado por Washington, que consiste en apartar a Hamas de los cargos oficiales, devolver la Autoridad Palestina a Gaza y luego lanzar un proceso de reconstrucción a gran escala bajo supervisión internacional, liderado por una fuerza extranjera con control internacional.

Según este escenario, se supone que la salida de Hamas del poder conducirá gradualmente a la reducción de sus recursos financieros. Sin embargo, esta propuesta implica una gran apuesta: ¿aceptará Hamas no enfrentarse a fuerzas extranjeras que amenacen su influencia? ¿Y resistirán estas fuerzas si se enfrentan a una resistencia real? En caso de estallar confrontaciones, los inversores se retirarán, lo que significaría el colapso de la base económica del plan.

Los expertos reconocen que el desarme total voluntario de Hamas es casi imposible, por lo que se plantea la opción de un desarme parcial: destruir túneles, cohetes y fábricas de armas, manteniendo las armas ligeras bajo el argumento de permitir que el movimiento se defienda frente a adversarios internos.

 

Vincular la reconstrucción al desarme y la ayuda al control de seguridad traslada el conflicto del nivel político al técnico 

 

Además se ha planteado un  «Consejo de Paz» que sería ¿una alternativa a la ONU? Uno de los aspectos más delicados del plan estadounidense es el impulso para otorgar un amplio mandato al «Consejo de Paz», de modo que su papel no se limite a Gaza, sino que se extienda posteriormente a otros conflictos internacionales, como Ucrania, Venezuela y Azerbaiyán-Armenia.

El consejo se presenta como una nueva versión de la ONU, pero integrada por países seleccionados que toman decisiones sobre asuntos globales.

Esta propuesta ha generado reservas en países árabes y occidentales por temor a crear un mecanismo paralelo a la ONU sin base legal internacional. Algunos países árabes prefirieron limitar el trabajo del consejo únicamente a Gaza y vincular cualquier futura expansión a la evaluación de los resultados de la experiencia inicial.

Gestión sin soberanía

En este marco, se anunció la conformación casi completa del «Comité Nacional Palestino para la Administración de Gaza», compuesto por 15 personalidades palestinas presididas por Ali Shaath, con distribución de carteras, a la espera de definir la seguridad y la policía, desde la embajada estadounidense en Egipto.

No obstante, Israel objetó algunos nombres, entre ellos Amjad al-Shawa, y el Shin Bet aprobó la formación final considerando que no incluía elementos de Hamas ni de la Autoridad Palestina.

La institución de seguridad israelí estima que Hamas, incluso en caso de renuncia formal al gobierno civil, continuará gestionando el sector desde atrás a través de redes de influencia indirectas.

Y otro de los temas clave es la división palestino-egipcia y el dilema al que se enfrenta la Autoridad. Estos acontecimientos coinciden con una tensión sin precedentes en las relaciones palestino-egipcias, debido a los temores de la Autoridad Palestina sobre la desvinculación del Comité Administrativo de Gaza del gobierno palestino.

Esto fue recibido con un rechazo absoluto por parte de la Autoridad, que subrayó la necesidad de que el comité mantenga su conexión política y legal con el gobierno.

Por su parte, fuentes palestinas afirman que Hamas mostró cierta flexibilidad hacia algunos enfoques, pero rechaza cualquier acuerdo que implique su desarme o excluya la opción de la resistencia, mientras dure la ocupación, y condiciona cualquier entrega de las armas que posee a la creación de un Estado palestino independiente.

El silencio de la Autoridad Palestina frente al anuncio del «Consejo de Paz» no puede separarse del margen estructural de marginación que experimenta. El plan la deja fuera como representante político reconocido y trata Gaza como un expediente de seguridad y administración independiente. Sin embargo, este silencio podría reflejar una aceptación implícita condicionada o una espera para conocer el alcance de su rol futuro.

 

Lo que se propone no encaja en un marco de solución política que ponga fin a la ocupación y respete el derecho a la autodeterminación

 

La exclusión de la Autoridad Palestina de la estructura directiva del consejo revela una crisis de confianza estadounidense-israelí hacia ella y refuerza la tendencia hacia alternativas que vacían de contenido el concepto de soberanía palestina, convirtiendo a la Autoridad –si se incluye– en un socio secundario en la gestión de la crisis, pero no en su resolución.

Lo más peligroso es que la aceptación de estas disposiciones podría colocar a la Autoridad frente a la opinión pública palestina, que la percibe como un intento de neutralizar los logros de la resistencia y reproducir un modelo de autonomía limitada bajo ocupación.

¿Paz o tutela reciclada?

El anuncio de la Casa Blanca sobre la formación de un consejo ejecutivo fundador del «Consejo de Paz», que incluye personalidades como Marco Rubio, Steve Wittkoff, Jared Kushner, Tony Blair, Ajay Banga y Nikolay Mladenov, refleja una intención estadounidense de reconfigurar Gaza tras la guerra.

Sin embargo, la composición del consejo evidencia la hegemonía del enfoque estadounidense-occidental y la ausencia de representación palestina real. Además, el nombramiento de Mladenov como «representante superior para Gaza» recuerda modelos de tutela internacional en Bosnia y Kosovo, donde la soberanía local fue desactivada en nombre de la estabilidad.

El refuerzo del componente de seguridad mediante el nombramiento de un general estadounidense al mando de la fuerza de estabilización y la vinculación de la reconstrucción al desarme de la resistencia convierte la ayuda en una herramienta de chantaje político. La participación de Kushner y Blair reproduce además el enfoque de «paz económica», que ignoró las raíces del conflicto.

Estos elementos muestran que el proyecto del «día después» en Gaza no constituye un plan coherente, sino un campo minado político, de seguridad y jurídico. Está condicionado por el cambio en el equilibrio de poder, la voluntad israelí –ausente– y la disposición internacional a asumir altos costos.

Mientras continúe la ocupación, el destino del armamento permanezca incierto y persista la división palestina, el proyecto queda suspendido entre la aspiración a una reingeniería política y la realidad sobre el terreno, que impone sus propias reglas.

Esto deja abierta la pregunta: ¿se prepara una paz real para Gaza o se reproduce el control mediante herramientas más suaves y peligrosas?

Los rápidos desarrollos en torno a las disposiciones del «día después» indican que la causa palestina enfrenta un cruce histórico extremadamente delicado. Lo que se propone hoy no encaja en un marco de solución política que ponga fin a la ocupación y respete el derecho a la autodeterminación, sino en un intento de gestionar el conflicto con nuevas herramientas que buscan convencer a la comunidad internacional de que la «estabilidad» puede lograrse sin justicia y que el desmantelamiento de la resistencia puede preceder o sustituir el desmantelamiento del sistema de ocupación y colonización.

Rutas posibles

Como ruta posible, está la consolidación del modelo de tutela internacional encubierta. Si el «Consejo de Paz» o cualquier marco similar logra imponerse como autoridad supranacional para administrar Gaza, se establecería un modelo de tutela internacional a largo plazo, donde los territorios palestinos serían gestionados como un asunto de seguridad y humanitario, y no como una causa de liberación nacional.

Este camino vaciaría de contenido la soberanía palestina y reproduciría la experiencia de autonomía limitada bajo ocupación, pero con un respaldo internacional más amplio.

Otra consecuencia pasa por la profundización de la separación geográfica y política entre Gaza y Cisjordania. Tratar a Gaza como una unidad separada con administración propia, fuerza de seguridad internacional y financiación condicionada, consolidará la división existente, transformándola de una situación temporal a una estructura permanente.

 

Se requiere restablecer la centralidad del proyecto nacional palestino, afirmar en todos los foros que cualquier arreglo administrativo o de seguridad no puede sustituir una solución basada en el fin de la ocupación y el desmantelamiento del colonialismo de asentamientos

 

Esto sirve a la visión israelí de gestionar a los palestinos como entidades fragmentadas, en lugar de un pueblo con un proyecto nacional unificado.

También está la redefinición del conflicto de político a técnico-seguro. Vincular la reconstrucción al desarme y la ayuda al control de seguridad, traslada el conflicto de su nivel político y legal a uno administrativo y técnico, donde el «éxito» se mide por la cantidad de proyectos e infraestructuras, y no por el progreso hacia el fin de la ocupación. Esta transformación amenaza con normalizar la realidad del control en lugar de desmantelarla.

Además, está la erosión de la representación política palestina. La continuación del margen de maniobra limitado de la OLP y la Autoridad Palestina en estas disposiciones, sin una alternativa nacional unificadora, amenaza con un vacío de representación grave, que podría ser ocupado por marcos internacionales o regionales que no reflejan la voluntad popular palestina, debilitando la capacidad de defender los derechos nacionales en los foros internacionales.

Y finalmente, está la posibilidad de explosión social y política interna. Cualquier camino percibido por los palestinos como un intento de liquidar los logros de la resistencia o eludir los sacrificios realizados, contiene en sí mismo semillas de estallido interno, tanto en Gaza como en Cisjordania, y podría generar nuevas olas de inestabilidad que socaven todas las disposiciones propuestas.

¿Qué se requiere?

Por todo ello, se requiere restablecer la centralidad del proyecto nacional palestino, afirmar en todos los foros que cualquier arreglo administrativo o de seguridad no puede sustituir una solución basada en el fin de la ocupación y el desmantelamiento del colonialismo de asentamientos, rechazando tratar a Gaza como un expediente separado del conjunto de la causa palestina.

También construir una posición palestina unificada, promover un diálogo nacional inclusivo que reúna a todas las fuerzas, incluyendo Hamas y la Yihad Islámica, para redefinir una estrategia nacional conjunta de gestión de la etapa próxima, evitando depender de soluciones externas sin respaldo nacional interno.

Además, estaría aceptar la reconstrucción como un derecho humano, no como presión política, rechazar cualquier fórmula que condicione la ayuda a la renuncia a derechos o al desarme del pueblo palestino en un contexto de ocupación, garantizando que la reconstrucción se realice sin condicionamientos políticos.

Sin olvidar la opción de resistir la tutela internacional, impugnar legal y políticamente cualquier marco que carezca de base en el derecho internacional y las resoluciones de la ONU, utilizando mecanismos internacionales –incluidas la Corte Internacional de Justicia y la Corte Penal Internacional­– para denunciar el carácter colonial de la ocupación y deslegitimar sus arreglos.

Asimismo, está la cuestión de reconstruir la legitimidad de la representación palestina, reactivar la OLP sobre bases democráticas, con elecciones generales donde sea posible, fortaleciendo la toma de decisiones nacional frente al margen de maniobra limitado, e involucrando a la sociedad civil y las fuerzas populares en la formulación de políticas.

Y aprovechar los cambios internacionales y regionales, sin depender completamente de la Administración estadounidense, ampliando la red de aliados internacionales y convirtiendo la simpatía mundial hacia Palestina en presión política y legal organizada.

Conclusión

Por lo tanto, lo que se prepara para Gaza hoy no solo amenaza al sector, sino que redefine el futuro de toda la causa palestina. O se impondrá un enfoque que gestione el conflicto indefinidamente bajo la bandera de la «estabilidad», o las fuerzas palestinas lograrán redirigir la brújula hacia el núcleo del conflicto: libertad, autodeterminación y justicia.
En este momento crucial, el silencio o la aceptación implícita son más peligrosos que la oposición, y la unidad nacional –no los arreglos técnicos– se convierte en la condición fundamental para cualquier futuro palestino viable.