Tres jugadores de Seattle Seahawks se disponen a iniciar una sesión de entrenamiento.
Tres jugadores de Seattle Seahawks se disponen a iniciar una sesión de entrenamiento. (Eakin HOWARD | AFP)
Imanol  Intziarte
Redactor de actualidad, con experiencia en información deportiva y especializado en rugby

Seattle, once años de espera para tratar de enmendar aquel pase perdido ante los Patriots

Seattle Seahawks y New England Patriots disputan este domingo por la noche la edición número 60 de Super Bowl. Se repite la final de 2015, cuando los Patriots ganaron el anillo gracias a una intercepción a falta de 26 segundos. Esta vez Seattle parte como favorito. 

Han pasado once años, pero la herida sigue doliendo. Era el primer día de febrero de 2015, y se disputaba en Glendale (Arizona) la edición XLIX. Restaba menos de medio minuto para el final. Con dos touch downs en el último cuarto, New England Patriots había volteado el 14-24 favorable a Seattle Seahawks y se había puesto por delante (28-24). Pero el balón era para los de la costa oeste, y se habían colocado a una yarda de la zona de anotación. 

Lo habitual en ese tipo de situaciones suele ser cantar una jugada de carrera, incluso tratar de que sea el propio quarterback el que se lance tras el empuje de su línea ofensiva. Pero desde la banda ordenaron una jugada de pase, Russell Wilson lanzó para su receptor Ricardo Lockette, y ahí emergió el novato de los Patriots Malcolm Butler para capturar el balón, impedir el segundo título consecutivo para y Seattle sellar el cuatro anillo de los Bellichick, Brady y compañía.

«El asesino era el mayordomo», fue el titular entonces de la crónica de GARA firmada por servidor, jugando con la traducción del apellido de protagonista. «Quiero que les pasen por encima. Todavía quiero pasarles yo por encima», ha declarado esta semana el que fuera receptor de los Seahawks Doug Baldwin.

Dicen la que venganza –deportiva– se sirve en plato frío. Ha llegado la hora. Este domingo, pasada la medianoche (00.30), ambos conjuntos vuelven a verse las caras con el Trofeo Lombardi en juego. Será en en Levi’s Stadium de Santa Clara (California), feudo habitual de San Francisco 49ers. Quienes siguen esta competición al detalle coinciden en su mayoría en que Seattle ha sido el equipo más consistente de esta temporada, basándose en una sólida defensa heredera de la mítica 'Legion of Boom' y que ya se ha ganado su propio sobrenombre: ‘The Dark Side’.

La manija del ataque las lleva Sam Darnold, hasta ahora el clásico quarterback que tras un estreno complicado –nada es fácil si te eligen los Jets– todos veían como un suplente de garantías o un titular de transición, a la espera de encontrar algo mejor. Los Seahawks le ofrecieron un contrato largo y las riendas del caballo, y él les ha pagado con más de 4.000 yardas aéreas y 25 pases de anotación. Su mejor socio es Jaxon Smith-Njigba, que en su tercera campaña acumula 1.793 yardas de recepción.

El calcetín de New England

En el otro lado aparecen unos Patriots que han dado la vuelta a su vida como si fuera un calcetín. Hace un año terminaron la campaña con un balance de 4 victorias y 13 derrotas, últimos de la AFC Este. Doce meses más tarde finiquitaban la liga regular como líderes, con un 14-3 en su casillero.  Las ‘culpas’ recaen en Mike Vrabel, en su primer año como entrenador del equipo con el que ganó tres anillos en la década de los 2000. El antiguo linebacker llegaba a Foxborough tras seis campañas como máximo responsable de Tennessee Titans, donde alcanzó la final de Conferencia en la temporada 2019-2020.

Sobre el césped el timón es para Drake Maye. Desde que Tom Brady se marchó a Tampa Bay en 2020, los Patriots suspiraban por encontrar a un ‘heredero’, sabiendo que es prácticamente imposible que alguien iguale las prestaciones ofrecidas durante dos décadas vistiendo la zamarra de los bostonianos. Nombres como Cam Newton, Jacoby Brisset, Mac Jones o Bailey Zappe han pasado por la posición, hasta que Maye fue elegido en el número 3 del draft de 2024. 

En su segunda temporada se ha plantado en casi 4.400 yardas de pase, con 31 touch downs. A ello suma como una de sus mejores cualidades la capacidad de correr con el balón, con 450 yardas, la tercera cifra más alta de su equipo. Ello le permite mantener vivas las jugadas cuando colapsa su protección o no encuentra un receptor claro. En este último capítulo sus mejores aliados son los experimentados Stefon Diggs (32 años) y Hunter Henry (31). 

Carteles con aroma caribeño para anunciar el show de Bad Bunny en el descanso de la Super Bowl. (Chris GRAYTHEN | AFP)

Bad Bunny, el ICE y la Casa Blanca 

Como gran evento de masas con un seguimiento global, la Super Bowl va más allá de lo deportivo. Si a ello se suman las tensiones que genera el actual gobierno estadounidense, el caldo de cultivo está listo para que desborde en cualquier momento. Una de las polémicas generadas por el presidente Trump y su séquito gira en torno a la elección del cantante Bad Bunny –reciente triunfador en los Grammy– como artista invitado para el show del descanso. 

Como todos los portorriqueños, Benito Antonio Martínez Ocasio, que es su auténtico nombre, tiene pasaporte estadounidense –Puerto Rico es un estado libre asociado a EEUU–, pero al parecer no es lo suficientemente estadounidense para tan alto honor. Entre sus pecados está cantar en castellano y que se haya posicionado en contra de las actuaciones del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, el tristemente famoso ICE.

Tanto es así que Turning Point USA, el lobby del líder ultraconservador Charlie Kirk –que murió de un disparo en el cuello el pasado septiembre–, ha organizado un concierto paralelo como «alternativa patriótica» para reivindicar «la fe, la familia y la libertad», que será emitido por medios de su cuerda. 

Trump ya anunciado que no presenciará el partido en vivo, contrario a la actuación de Bad Bunny y también del grupo Green Day, otro de los invitados a la fiesta. «Estoy en contra de ellos. Creo que es una pésima elección. Lo único que hace es sembrar odio. Terrible», protestó el presidente hace un par de semanas.