Los japoneses legitiman el giro estratégico que normaliza el rearme
El Partido Liberal Democrático ha obtenido los mejores resultados de su historia en la Cámara Baja. La victoria refuerza al Ejecutivo de Sanae Takaichi y allana el camino para la revisión del artículo 9 de la Constitución, el rearme y un giro estratégico más asertivo frente a China.

La victoria aplastante del Partido Liberal Democrático (PLD) en las elecciones generales japonesas marca un punto de inflexión en la política del país. Por primera vez en la posguerra, una sola fuerza política alcanza una mayoría de dos tercios en la Cámara Baja, un umbral decisivo que otorga al Gobierno de la primera ministra Sanae Takaichi un margen de maniobra sin precedentes. El resultado hunde a la oposición en mínimos históricos y abre la puerta a una redefinición profunda del modelo político y de seguridad que ha definido a Japón desde la Constitución de 1946.
Con los resultados aún recientes, Takaichi situó de inmediato en el centro del debate la revisión de la Constitución pacifista adoptada tras la Segunda Guerra Mundial. La primera ministra defendió la necesidad de abrir «sin demora» el debate sobre el artículo 9 -que consagra la renuncia a la guerra-, una línea reforzada por el ministro de Defensa, Shinjiro Koizumi, quien reclamó que la reforma constitucional se lleve a cabo «con rapidez».
El mensaje del nuevo Ejecutivo es claro: el mandato obtenido en las urnas legitima un giro estratégico que normaliza el rearme y refuerza una política de seguridad más asertiva en un contexto de creciente tensión regional.
La nueva correlación de fuerzas surgida de las urnas no se limita a reforzar al Ejecutivo, sino que altera el equilibrio interno del sistema político japonés. Con una mayoría cualificada en la Cámara Baja, el PLD controla los resortes clave del proceso legislativo y puede condicionar el debate constitucional incluso sin disponer de una mayoría equivalente en la Cámara Alta.
En este contexto, el rearme deja de depender de la aritmética parlamentaria para consolidarse como un proceso en marcha. En los últimos años, Japón ha incrementado de forma sostenida el gasto en defensa, ha ampliado las funciones de las Fuerzas de Autodefensa y ha avanzado hacia capacidades militares que durante décadas habían sido políticamente impensables. La revisión del artículo 9 ya no aparece como una ruptura abrupta, sino como la formalización jurídica de una transformación ya iniciada. Las elecciones no inauguran el giro estratégico, pero sí lo legitiman y aceleran.
La contundencia del resultado ha dejado a la oposición en una situación de desorientación
Incapaces de articular un relato alternativo creíble, los principales partidos no han logrado capitalizar el malestar social provocado por el encarecimiento del coste de la vida, la precarización laboral y el deterioro del poder adquisitivo. La fragmentación opositora ha facilitado que el debate electoral se desplazara hacia la seguridad, la identidad nacional y la estabilidad, un terreno en el que el PLD se mueve con ventaja.
Este desplazamiento del eje político tiene implicaciones sociales de largo alcance. En un país marcado por el envejecimiento acelerado y la caída sostenida de la población, el Gobierno combina la necesidad económica de mano de obra extranjera con un discurso restrictivo sobre inmigración e identidad. El modelo que se perfila prioriza la entrada temporal de trabajadores con derechos limitados, evitando una integración plena que cuestione el imaginario nacional dominante. La victoria electoral refuerza esta ambivalencia: apertura funcional sin reconocimiento político y estabilidad institucional sin abordar los debates estructurales sobre cohesión social.
En el plano regional, la victoria de Sanae Takaichi refuerza una orientación
que incrementa la tensión estratégica en Asia oriental. El debate sobre la revisión del artículo 9, el aumento del gasto militar y la ampliación del papel de las Fuerzas de Autodefensa consolidan la percepción de que Japón abandona progresivamente las restricciones impuestas durante la ocupación estadounidense de la posguerra y asumidas posteriormente por el propio Estado japonés. Mientras Pekín observa este giro con preocupación, Washington lo interpreta como una oportunidad para reforzar su arquitectura de alianzas en el Indo-Pacífico.
Más allá de las cifras, las elecciones certifican el cierre de un ciclo político iniciado tras 1945. El amplio mandato del PLD no implica una ruptura inmediata con el orden de la posguerra, pero sí su reinterpretación desde una lógica de seguridad y alineamiento estratégico.
Japón deja atrás el perfil bajo que marcó su política durante décadas y entra en una fase en la que el consenso pacifista pierde centralidad. Las urnas han avalado el cambio; sus consecuencias quizás no tarden en llegar.

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