La guerra contra Irán cierra las barreras de hierro
La escalada bélica contra Irán endurece el férreo control militar en Al-Khalil (Hebrón), donde más de 200 barreras y controles militares israelíes ahogan la vida palestina mientras colonos armados, protegidos por el apartheid y vigilancia tecnológica, estrangulan el casco antiguo.

Un soldado israelí apostado en el techo de unas casas tira una bolsa con un líquido sobre la tienda de un hombre palestino que está con sus dos pequeños. La bolsa estalla y moja parte de la mercancía y a uno de sus niños.
El tendero sale con su móvil a grabarlo, el soldado se acobarda cuando ve otras cámaras y esconde la sonrisa que le produce su hazaña tras un pasamontañas, protegido por su fusil de asalto, el sistema de apartheid y el supremacismo que le hace creerse que está por encima de las y los palestinos.
No es una escena nueva, es recurrente. Es lo que ocurre en una de las calles de Al-Khalil, la Ciudad Vieja de Hebrón, donde los colonos armados han ocupado partes de la ciudad vieja con cuatro asentamientos y están protegidos por soldados, metralletas automáticas, un sistema de vigilancia con reconocimiento facial, cámaras, barreras de concreto y torres de vigilancia.
El apartheid se acrecienta con la guerra en Irán
El apartheid aumenta con la guerra La guerra que han desatado los ataques israelíes y de EEUU contra Irán promete seguir matando los pocos comercios que sobreviven en la ciudad vieja, que está rodeada de colonos y su miedo escondido tras su arsenal de vigilancia y armamento que continúa restringiendo el movimiento para salir y entrar a esta ciudad de cerca de 200.000 personas, uno de los centros económicos más importantes en la Cisjordania ocupada.
Un conductor de un service –una furgoneta que funciona como transporte público para los palestinos que se mueven por la Cisjordania ocupada– tiene que tomar caminos alternos para llegar a Al-Khalil desde Ramallah, regresar por carreteras que han sido cerradas por las barreras de metal que desde octubre de 2023 han estado colocando los israelíes y que desde el comienzo de la guerra están cerrando sin un plan o motivo aparente. Quizás es parte de la misma estructura mental que lleva al soldado a tirarle una bolsa de líquido a un padre y sus hijos y a reír: la idea supremacista de que pueden hacerlo con total impunidad.
Un hombre toma unas fotografías y un soldado le apunta con su fusil desde una torre blindada de vigilancia, sobre una casa palestina abandonada. Hoy, como están las cosas, fácilmente puede disparar y matar al hombre y salir caminando sin que pase nada.
La maquinaria de muerte ha dejado hasta el momento más de 75.000 muertos en Gaza, varios miles en Cisjordania y, en lo que va de guerra con Irán, cientos más en Líbano, sin que nada pase. El hombre lo sabe y guarda su cámara.
«Usamos las cámaras como la única defensa que tenemos de momento», cuenta Ala Jabber desde su oficina de la organización Human Rights Defender, enfocada en documentar las recurrentes violaciones de derechos humanos en su ciudad, que está situada a unos metros de uno de los puestos de control militar israelí.
Ala Jabber y sus compañeros voluntarios conocen el poder de las imágenes, con las que documentan los múltiples y recurrentes casos de ataques a las y los palestinos. El problema es que las pruebas visuales son fútiles para un sistema que desconoce los derechos de los palestinos a existir. Por eso también están impulsando iniciativas con la comunidad para afrontar el creciente deterioro de la salud mental de muchos de los palestinos sujetos a la violencia ocupante.
El viernes, el tercero del Ramadán, el Ejército israelí decidió que la reja del apartheid que restringe el acceso de los palestinos a la mezquita de Ibrahimi solo se abriría para 50 personas. Cientos más se quedaron esperando. Algunos mayores gritaban y discutían con los soldados que en un momento solo dejaron entrar al imán, el último que entró ese día. Al resto le tocó irse.
Hay 89 puestos de control militar permanentes, pero más de 200 barreras, torres de vigilancia y puestos móviles dentro de Al-Khalil, según datos de la OCHA. Lo mismo sucede en Al-Quds –así llaman los palestinos a Jerusalén– con la mezquita de Al-Aqsa, que permaneció cerrada durante el tercer viernes del Ramadán.
El autobús 218 que conectaba Ramallah con Jerusalén para aquellos palestinos con autorización o residencia en la ciudad está inoperante por la guerra, y el único paso es a cuentagotas por el puesto de control militar israelí de Qalandia. Pero el sistema de apartheid no comenzó hace tres años, es tan antiguo como el Estado de Israel o incluso desde el mandato británico, si se permite ir más atrás.
Sin duda, el punto coyuntural que marcó la intensificación del sistema de apartheid en Al-Khalil fue cuando el 25 de febrero de 1994 un colono israelí de Brooklyn, en EEUU, de apellido Goldstein y que vivía ocupando las tierras palestinas de la colonia de Kyriat Arba –la más grande al lado de Al-Khalil–, entró y mató a 29 palestinos y dejó heridos a cientos que rezaban en ese momento en la mezquita.
El atacante fue reducido y muerto por los supervivientes palestinos. Durante las protestas en días posteriores contra esta masacre, el Ejército israelí mató a más palestinos, mientras que ocho colonos israelíes murieron por disparos de combatientes palestinos.
La matanza de los palestinos fue aprovechada por el Estado de Israel para anexionarse más parte de la Ciudad Vieja, cerrar la calle Shuhada (de los mártires) y cerca de 600 tiendas y negocios palestinos en Al-Khalil, y dividieron la urbe en las zonas H1 y H2. Los colonos viven en la zona H2 y gozan de derechos como ciudadanos del Estado de Israel, mientras las y los palestinos que viven en la zona H1 lo hacen bajo ley militar israelí.
Dentro de la Ciudad Vieja, cerca de 30.000 palestinos viven junto a unos 800 colonos que han ocupado las casas palestinas del área. Otros 8.000 colonos armados ocupan la colonia de Kyriat Arba, junto a Al-Khalil, y cerca de 2.000 soldados israelíes están presentes en la ciudad.
Además de la segregación de las zonas H1 y H2, el Ejército israelí impone, en numerosas ocasiones, toques de queda a la población palestina que pueden durar días, semanas o incluso meses. Estas medidas se han incrementado desde octubre de 2023 y desde el comienzo de la guerra contra Irán.
La ciudad vieja muere
«Esta tienda era de mi abuelo, de aquí no me voy», afirma Bader Aldaour, de 67 años. Su tienda, rodeada de banderas israelíes, soldados apuntando con sus rifles de asalto, cámaras de vigilancia, muros de cemento y barreras de metal, resume el apartheid israelí en la ciudad y en el resto de la Palestina ocupada. Está en el puesto de control militar israelí de Beit Romano.
El local de Aldaour es uno de los pocos que se mantiene regularmente abierto. Cientos de tiendas han sido cerradas por el Ejército israelí, que soldó algunas de las puertas, y otras simplemente van cerrando porque la gente evita ir a un área rodeada de amenazas.
Algunas de las calles están techadas con mallas, ya que es habitual que los colonos israelíes arrojen objetos a los palestinos que caminan por los callejones de la Ciudad Vieja. También se organizan tours de colonos que salen de las casas ocupadas, escoltados por soldados, a pasear por la Ciudad Vieja de Hebrón, obligando a los comerciantes a cerrar sus negocios.
Samir pasa la mayoría de los días dentro de su hammam, el baño árabe que regenta desde hace casi dos décadas, pero como otros negocios en la Ciudad Vieja está en riesgo de desaparecer. La casa tiene 236 años –número exacto que Samir da sin pestañear– y su familia la ha habitado desde su abuelo. Él mismo creció en la casa, igual que sus hijos. Ahora pasa sus días sentado en la casa que poco a poco se va cayendo y que solo visitan algunos amigos. Por las ventanas enrejadas de algunas habitaciones de la vivienda llega el sonido de los pasos y las voces de soldados y colonos que caminan por la clausurada calle Shuhada.
Transitan por una calle que es solo para colonos israelíes, extranjeros o para los pocos palestinos que resisten en sus hogares detrás de los muros y las rejas del apartheid. La puerta principal del hammam que daba a la calle Shuhada, ahora parcialmente abandonado, permanece sellada y Samir ha puesto otra puerta para defender o dilatar las incursiones en su vivienda por parte de colonos o soldados israelíes, como la ocurrida hace unos cuatro meses cuando los militares entraron y golpearon a uno de sus hijos.
La guerra contra Irán, impredecible para muchos, se suma al día a día de los habitantes de Al-Khalil, que ven cómo sus vidas controladas por el sistema de apartheid están a merced de sus ocupantes.
Cuando se le pregunta sobre el futuro de su hogar y de la guerra, Samir sentencia: «Quizás cuando vuelvan, todo estará quemado».

Carlos Garaikoetxea hil da

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