
Korrika inició su tercer día en Olleta. A los vecinos del valle les tocaba bajar el testigo desde la medianoche rumbo hacia Tafalla. La carrera venía de Lerga y Uxue, localidad donde apareció el altar de Lacubegi. Baldorbako Haizea y distintos colectivos tafalleses descendieron desde los dominios del ancestral dios vascón para entrar en Puiu, último de los pueblos del valle, y así alcanzar la Ciudad del Zidakos utilizando el camino que corre paralelo a la nacional N-121.
Tafalla era una fiesta. Muchas de las cuadrillas estaban dispersas cada una en su kilómetro, pero había otro montón de gente venida de otras partes. El párking de caravanas estaba lleno y tampoco quedaba demasiado sitio en el camping de Erriberri.
Cientos de personas abandonaron la cama y los bares para sumarse a la carrera que callejueleaba por la parte vieja. La ikastola Garcés de los Fayos, el Ayuntamiento, la escuela pública, los bomberos fueron dándose el relevo, que sacaron de la ciudad los trabajadores de la fundición Sunsundegi.
Apenas habían pasado las dos de la madrugada cuando Korrika hacía su entrada en Erriberri. Los profesores de la escuela pública en euskara (que, al igual que la de Tafalla, se han sacudido de encima este año el PAI) dejaron atrás el palacio en dirección al sur.
Le tocó a la carrera adelgazar por las grandes rectas que unen Pitillas, Caparroso, Martzilla. El testigo se adentraba allá donde los euskaldunes son menos, pero los euskaltzales más tercos y tenaces. Korrika se cargó así de un significado y una emoción mayor que en ninguna otra parte.
La carrera pasó de manos de trasnochadores a la de madrugadores ojerosos. Todos a deseo de emprender la marcha porque la noche arrojó allá temperaturas de 3 grados. A las tres y media, hubo un relevo también en la furgoneta trasera, a la que llegaron refuerzos desde Izaba.
Amaneció cuando corrían entre Arguedas y Valtierra, donde se organizó un programa para todo el día vinculado al euskara por primera vez.
El sol fue templando la carretera y daba gusto de nuevo correr. Korrika sumó también ciclistas y volvió a hacerse enorme antes de tocar la principal de las poblaciones del itinerario de la jornada: Tutera.
La capital de Erribera les recibió con gaitas y paloteados por el puente del Ebro. «Erriberan ere euskaren alde!», le ganó la partida temporalmente al «Tipi-tapa». Cogió el testigo el equipo Unión Tutera -que tiene convenio con AEK para que sus jugadores aprendan el idioma-, la ikastola y los incombustibles de siempre, como los de la Beterri, y también jóvenes de Lezo, pues las gazte asanbladak de Tutera y esta localidad han hecho buenas migas en Korrikas anteriores.
La carrera de relevos viró hacia Cintruénigo y Corella y subió por el Ebro a contracorriente buscando San Adrián, donde le esperaba uno de los kilómetros más especiales, el 528, que correspondía a Errigora. Esta iniciativa reúne a productores y consumidores euskaltzales para impulsar el idioma. AEK, organizadora de la carrera, decidió que serían los homenajeados de esta edición. Nagore Aranzabal y Adriana Urmeneta manifestaron a NAIZ Irratia su «enorme orgullo» por este reconocimiento y haber sentido ayer la emoción «de un 6 de julio».
Desde San Adrián, Korrika giró de nuevo. En Lodosa hubo programación todo el día con comida popular (y también por vez primera en Azagra).
Esta edición la carrera esquivó Sartaguda, pero se pudo distinguir a los de ese pueblo porque corrieron con sus gorros negros de viudas, que recuerdan a los de las sorginas.
La noche cayó antes de llegar a Cárcar, con la carrera ya mirando a Iruñea.

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