«Que la IA pueda crear emociones, sinceramente, me parece terrorífico»
De recorrer los mejores escenarios del mundo como estrella de la danza internacional –así, con todas las letras–, Lucía Lacarra ha optado por volver a sus orígenes. Sigue trabajando con quien le gusta y sobre lo que le preocupa. Del 27 al 29 estrena en el Teatro Arriaga ‘A.I. (Amalur Indarra)’.

Inteligencia artificial es Artifical Intellligence (A.I.) en inglés. En la segunda producción de su compañía, Lucía Lacarra transmuta esas siglas en ‘A.I. (Amalur Indarra)’; es decir, reclama la fuerza de Amalur, la Madre Tierra en nuestra mitología, en un espectáculo de tintes casi futuristas. Porque a lo que nos enfrentamos es a la pérdida de nuestra humanidad; lo dice así, claramente. La IA es un tema de rabiosa actualidad, que preocupa mucho al mundo de la cultura y sobre el que Lucía Lacarra ha trabajado, analizado y pensado mucho.
También ha vivido, trabajado y viajado mucho esta mujer, se le nota. Estrena el viernes 27 en el Teatro Arriaga –permanecerá en Bilbo todo el fin de semana– y sigue luego de gira, mientras que entra en la cuenta atrás de la primera edición del Soho International Dance Festival TIP TOE, impulsado en Málaga por Antonio Banderas, un festival que ella dirige.
¿Dónde la pillo: en Zumaia, en Málaga, en Italia...?
En Zumaia, en el convento Convento y centro cultural. Estamos ensayando todos los días desde las 9.00 hasta que nos dejan. Prácticamente estamos aquí como en residencia para esta creación. Crear aquí ha sido también como un sueño. Hace tantos años que me fui de Zumaia... con 13 años, primero a Donostia; luego, con 14, a Madrid. Para mí, siempre ha sido imposible compaginar la vida en Zumaia con el trabajo, porque no existía aquí la danza... Y tantos años más tarde, lo he conseguido.
«No ha sido llegar y besar el santo: he trabajado como una loca para mantenerme, subir, aprender y evolucionar»
¿Es fácil o difícil crear desde la ‘periferia’, es decir, fuera de las capitales?
A la hora de crear, lo importante es estar en una atmósfera y en un ambiente donde estés a gusto. Muchas veces no es un lugar geográfico, sino un espacio donde los coreógrafos se sientan a gusto, donde tengas horas de trabajo sin que te estén diciendo ‘¡a la calle!’, donde haya un buen ambiente productivo y positivo. Ahí es donde yo creo que se hace el mejor trabajo.
Para los bailarines ha sido su mayor descubrimiento y eso que hemos tenido mala suerte con el tiempo, porque todo el mes de febrero fue horrendo, pero en cuanto había un día bueno, salían corriendo a la playa a sacarse fotos y a disfrutar del aire bueno que hay aquí. En ese sentido, yo creo que tienes un espíritu un poco más limpio y más libre cuando creas en un sitio donde no hay mucho barullo, porque está todo como más centrado.
Ha elegido un tema espinoso, porque uno de los debates abiertos en la cultura es el de la IA. También en la danza hay un debate muy fuerte, ¿verdad?
Yo soy la primera que digo que la inteligencia artificial te puede dar respuestas muy difíciles a preguntas que la humanidad hubiera tardado años. Y para ciertas cosas es un avance enorme, pero no se puede utilizar para todo. Si a un instrumento tecnológico le das el número de personas o las formaciones que quieres y le dices el tipo de estilo que quieres, tiene bases de conocimiento para hacer una coreografía. Pero, ¿dónde está el arte en eso? ¿Dónde está la humanidad?
Que un instrumento tecnológico pueda crear emociones, sinceramente, me parece terrorífico. ¿A dónde vamos a llegar? Nuestro proceso de creación es de doce personas en un estudio, todos los días y con un trabajo no solamente físico, sino también mental. Un trabajo emocional, de comunicación, de colaboración, y somos todos instrumentos físicos, anímicos y mentales de este trabajo. Con algo así, se pierde toda esta identidad.
Mi hija de 11 años se pasa al día diciéndome: ‘Amatxo, ¿esto es de verdad?’. Porque hoy en día, delante de una pantalla, no sabes lo que es verdad. La suerte que tenemos en las artes escénicas es que pronto van a ser de las pocas cosas reales y la gente tendrá que ir a un teatro para ver una persona humana real haciendo algo artístico y con emociones reales, porque en una pantalla no sabemos si son actores de verdad o avatares de inteligencia artificial.
¿Los artistas deben posicionarse respecto a lo que pasa en el mundo? Escuchándola, supongo que me contestará que sí.
No creo que sean necesariamente los artistas; yo creo que las personas, en general. Yo he utilizado mis vivencias, mis creencias y mis experiencias para hacer que mi trabajo sea real. Uno tiene que vivir, tiene que experimentar, tiene que creer, tiene que amar, tiene que odiar, tiene que ser feliz y ser miserable para poder tener todas esas emociones dentro de sí mismo y poder, en un escenario, transmitirlas de una forma real. Si tú no has experimentado nada, nunca vas a poder recrear esa emoción.
Entonces, yo creo que tenemos que ser humanos, seamos artistas o trabajemos en un banco o en la construcción. Tenemos que ser humanos y estar involucrados en la vida, en la nuestra, en la de alrededor de nosotros y en lo que está ocurriendo en el mundo, porque el mundo no va bien.
«La gente tendrá que ir a un teatro para ver a una persona humana real haciendo algo artístico»
El mundo está patas arriba.
Exactamente, y es terrorífico. A mí me da muchísima pena cuando veo que mi hija ha vivido una pandemia mundial y no haya un momento donde no estemos en guerra. Para ellos es normal, cuando nosotros hemos tenido una suerte enorme de haber tenido decenas de años prácticamente en paz. Teníamos libertad y el mundo estaba abierto. Yo estaba siempre viajando, tanto me iba a China como a Rusia, o me iba a Dubái. El mundo era un espacio abierto para la gente, que podía intercambiar, viajar, trabajar, colaborar, disfrutar, conocer, y ahora se está poco a poco cerrando.
Estamos perdiendo calidad de vida, aparte del horror de lo que está pasando, que no tiene nombre.
Yo entiendo perfectamente que haya jóvenes con depresión ante el futuro del planeta.
Claro, es que el presente está siendo muy gris y vemos que va a peor. El problema es ese: vamos a ir a peor porque estamos perdiendo el norte. Ante esa ambición, este deseo del poder cueste lo que cueste, el ser humano es un daño colateral. Molestamos para el objetivo que tienen las grandes potencias con poder y dinero, y el ser humano es como algo que, bueno, se reproduce y va a seguir saliendo. Entonces, ¿qué más da? Es horroroso.
Está en un momento especial de su trayectoria, en el que ha decidido crear una compañía, volver a Zumaia y trabajar desde allí. Y quería saber cómo vive esta etapa una mujer que siempre ha hecho lo que ha querido. Pero, ¿sigue habiendo techos de cristal?
Yo te voy a decir la verdad: he tenido la suerte de que he pertenecido a un mundo donde la mujer era quizás más respetada que el hombre, sobre todo hace muchos años. La danza empezó con las mujeres. Los hombres simplemente las apoyaban y luego fueron cogiendo más poder y se fueron igualando hasta que ha llegado un momento donde han sido igualados.
Yo siempre he dicho, tengo que ser honesta, que no lo he sufrido: he tenido condiciones maravillosas de trabajo, muchas veces mejores que las de mis compañeros, por el puesto que yo tenía y por el rol que hacía dentro de las compañías. Y, eso sí, los directores y los coreógrafos siempre eran hombres, pero como me he mantenido muchos años en esto, mientras yo he ido creciendo y evolucionando, eso también ha ido cambiando.
Ahora hay muchas coreógrafas y directoras que son mujeres. Yo, por mi parte, he conseguido tener un cierto respeto y un reconocimiento, porque me he ocupado de muchas cosas: desde los 20 años era mi propio manager, empecé a producir pequeñas galas y pequeños espectáculos, luego me hice con la productora, empecé a hacer espectáculos de dos personas...
Me he ganado la confianza de la gente a pulso y han sido muchos años de trabajo; no ha sido llegar y besar el santo: ha sido trabajar como una loca para mantenerme, para subir, para aprender y para evolucionar. Entonces, la verdad es que toda la responsabilidad que ahora me dan, como un festival de danza, creo que me la he ganado porque he trabajado mucho, pero en ningún momento por ser mujer.
Hay cosas con las que me altero; por ejemplo, la última vez que hicieron el cambio de dirección en la Compañía Nacional, mucha gente me decía: ‘Te tienes que presentar, porque la siguiente directora va a ser una mujer’. No me presenté, porque estoy ahora en un mundo muy productivo y positivo y no quería esa complicación en mi vida. Y, además, porque no quiero sacar a mi hija de su entorno e irme a Madrid para que ella esté sola todo el tiempo y yo, trabajando en un teatro. Pero también me molestaba pensar: ‘Me voy a presentar y me lo van a dar porque soy mujer’. Y si me van a dar ese puesto, es porque me lo merezco delante de una mujer, delante de un hombre o delante de quien sea.
Siempre van en nuestra contra ese tipo de comentarios. Nos quitan valor.
Si lo haces mal, todo el mundo dirá: ‘¿Ves? Fue porque cogieron a una mujer’. Hombre, ¡es que igual un hombre lo hubiera hecho igual de mal o peor!
En Málaga ha incluido al Malandain de Biarritz, que está en un momento clave.
Va a ser una de las últimas giras en las que el Ballet de Biarritz va a tener el espíritu de Thierry Malandain, porque luego va a cambiar y, una vez que cambia la dirección, el universo de una compañía cambia por completo. Me parecía que era una forma muy bonita de honrarle y de hacerle ese pequeño homenaje, porque han sido tantos años de trabajo que ha creado un estilo. Ha hecho una labor impresionante en Biarritz.
Mi pregunta iba también porque quería saber si le parece que a este lado de la frontera haría falta algún tipo de compañía como la de Biarritz.
Muchísimo, sobre todo porque el Ballet de Biarritz era una de las pocas compañías neoclásicas que quedaban, no solamente en este lado de la frontera, también en Francia. Aparte de la Ópera de París, que es un mundo aparte, porque es una institución que lo tiene todo, el resto de las compañías neoclásicas han desaparecido y ahora son centros coreográficos. Marsella, donde yo estuve con Roland Petit, desapareció; el Ballet de Nancy desapareció; el Ballet de Lyon también es un centro coreográfico... Entonces el Ballet de Biarritz era uno de los pocos que mantenía todavía ese espíritu neoclásico y que ahora seguramente cambiará también.
Yo nunca me he catalogado a mí misma ni he sido una bailarina clásica. Yo he sido una bailarina. Y punto. Y he hecho de todo: he hecho todos los roles clásicos, pero de ahí al neoclásico, a todo lo lírico, dramático, pasando por Forsyte, por Killian, terminando en Russell Mallihan, que es contemporáneo contemporáneo. Y lo he disfrutado todo y es parte de mi bagaje, es parte de quién soy yo hoy en día, porque yo he vivido esa evolución en mí misma. Y me parece maravilloso.

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