La biblioteca de Trump tiene un avión dentro

La estatua de oro me la podía esperar, pero el avión me ha pillado desprevenido. Eric Trump, uno de los hijos del magnate, publicó ayer un vídeo anunciando la inminente construcción de la librería presidencial de su padre en el downtown de Miami. Se ha dejado el «corazón y alma» para que el proyecto saliera adelante, dice el humilde emprendedor. Dudo que alguien esperara sobriedad y sencillez de un edificio –similar, por cierto, al One World Trade Center– regentado por Trump, pero la grandilocuencia del rascacielos desvela el sello hiperbólico que cualquier gesto del magnate lleva impreso.
Un avión. Dos estatuas. Unos cuantos cazas y helicópteros de combate. Todo lo que uno espera de un centro destinado a preservar el legado del presidente. Con Herbert Hoover como pionero, estos edificios buscaban ser un espacio donde generaciones venideras pudieran conocer el trabajo que cada inquilino de la Casa Blanca desempeñó antes, durante y después de su mandato. Al estilo de su amigo al otro lado del Pacífico, rocketman Kim Jong-un, quiere, reclama y consigue una estatua. Perdón, dos. Una con el puño en alto, la otra señalando al horizonte. Eso sí, ambas grandes y de oro. Y ahí está: el oro. Aunque parezca raro, la razón de que todo esté como está.
Fan del color, pero especialmente del material, Trump enseña ahora los dientes frente a medio mundo para que al dólar no le pase lo que le pasó al oro. La eliminación del «patrón oro» como referencia monetaria mundial en 1973 abrió paso a los petrodólares, y la baza más grande bajo la manga del hegemón asomó la cabeza desde el Golfo Pérsico. De eso va la cosa.
Aun así, me esperaba la estatua; las dos, sí, pero el avión no. Trump lo tiene claro. Quiere que los losers de los que le gusta rodearse vean que lo suyo es la fuerza, lo grande, lo mejor. Y el oro, claro. Freud echaría un buen rato con él, sin duda.

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