Hablar de revolución sería dejarse llevar por la euforia de la derrota de Viktor Orbán, uno de los principales exponentes de la extrema derecha europea. Pero la victoria del opositor Péter Magyar supone un punto de inflexión indiscutible en el país centroeuropeo y, en general, en la hasta ahora tendencia global alcista del autoritarismo. Tras 16 años de amplias mayorías, Orbán sufrió una derrota tan devastadora que bastó la mitad del recuento para que saliese a reconocer la victoria de su antiguo correligionario.
Hablar de revolución sería excesivo porque, efectivamente, Magyar no supone una ruptura absoluta con Orbán. Militó en el hasta ahora gobernante Fidesz y su formación, Tisza, se sitúa en el margen derecho del Partido Popular Europeo. A ello se suma que el tercer partido en el Parlamento húngaro será Mi Hazánk Mozgalom (Movimiento Nuestra Patria), que se sitúa todavía más a la derecha que los otros dos.
Uno de los temores de la oposición era hacerse con el gobierno sin poder meter mano a las estructuras estatales construidas durante 16 años por Orbán. La mayoría de dos tercios, sin embargo, le da la posibilidad de cambiar la Constitución.
El panorama es desolador en muchos aspectos y, sin embargo, el candidato que apoyaron Donald Trump, Marine Le Pen, Santiago Abascal y todo el resto de la extrema derecha fue avasallador. Al cierre de esta edición, con el escrutinio casi completado, Tisza se hacía con 138 escaños de 199, Fidesz con 54 y MHM con 7.
Mayoría constitucional
Estos números significan que, si no hay sorpresas en lo que queda de recuento, Magyar disfrutara de una mayoría de dos tercios, lo que le permitirá modificar la Constitución. Era una de las claves a resolver, ya que un Gobierno sin mayoría constitucional estaría obligada a navegar en un Estado moldeado por Orbán a su antojo durante los últimos tres lustros. Sin embargo, Magyar tendrá la capacidad de meter mano en las estructuras del Estado, especialmente en materia judicial. Está por ver hasta dónde lo hará.
Miles de opositores salieron a festejar la victoria, en un coro eufórico al que se sumaron sin demasiado rubor la inmensa mayoría de gobernantes europeos, empezando por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. No estaba claro quién se alegraba más. Orbán ha sido una constante piedra en el zapato de Bruselas.
La derrota humillante de Orbán se suma al importante tropiezo de Meloni en el referéndum sobre la reforma judicial y el fiasco de Janez Jansa, aliado de Orbán en Eslovenia, hace tres semanas. A ello se suma el creciente descrédito de Trump.
Economía y alternativa
La histórica participación, rozando el 80%, y su distribución –se votó más en zonas urbanas y periurbanas que en los feudos rurales de Orbán–, fueron sugiriendo a lo largo de la jornada el triunfo de Tisza, que durante el recuento alcanzó cotas que ni los más optimistas preveían.
Entre las claves, según venían señalando analistas de diversas corrientes, destaca la económica. El estancamiento del crecimiento, la caída de las inversiones y, sobre todo, la pérdida de calidad de vida producida por la inflación han roto, más que los casos de corrupción o las relaciones con el Kremlin, el idilio de Orbán con su pueblo. A ello se suma la emergencia de una alternativa con opciones creíbles, que ha logrado movilizar a votantes que durante los últimos años se quedaron en casa.

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