Iker Bizkarguenaga
Aktualitateko erredaktorea / Redactor de actualidad

Cuando el mundo miraba a la Luna el dedo de Trump apuntaba a la NASA

El mundo se ha acostumbrado a coger con pinzas cualquier cosa que diga Donald Trump, igual que la comunidad científica estadounidense, que acaba de observar cómo la euforia presidencial por el éxito de la misión Artemis II llegaba acompañada por un nuevo intento de reducir los fondos para la NASA.

Imagen distribuida por la NASA de la nave espacial Orion aproximándose a la Luna el 6 de abril.
Imagen distribuida por la NASA de la nave espacial Orion aproximándose a la Luna el 6 de abril. (NASA | AFP)

«Enhorabuena a la magnífica y talentosa tripulación. ¡Todo el viaje ha sido espectacular, el aterrizaje ha sido perfecto y, como presidente de EEUU, no podría estar más orgulloso!». Donald Trump no ocultó su entusiasmo cuando la nave Orion amerizó sin problemas frente a las costas de California, cerrando con éxito la misión Artemis II de la NASA. «¡Lo volveremos a hacer y, después, el siguiente paso será Marte!», apostilló en las redes.

Lo cierto es que tenía motivos para estar satisfecho. La reentrada en la Tierra de la cápsula puso el broche a una misión que ha permitido establecer nuevos registros de distancia en vuelos tripulados y obtener imágenes de gran valor científico, y que puede suponer un paso decisivo hacia el regreso del ser humano a la Luna. «Hace cincuenta y tres años la humanidad abandonó la Luna, esta vez volvemos para quedarnos. El futuro está en nuestras manos», sostuvo ese día el administrador asociado de la agencia, Amit Kshatriya.

Ocurre, sin embargo, que para cuando Orion descendió hasta San Diego la Administración Trump ya había rubricado una iniciativa para vaciar de fondos la NASA.

«Una amenaza existencial»

Y es que cuando en la madrugada del 6 al 7 de abril la humanidad observaba cómo la nave Orion sobrevolaba la cara oculta de la Luna, marcando un hito histórico, y se situaba a más de 406.000 km de la Tierra, superando el récord de distancia del Apolo 13, ya había sido registrada una propuesta gubernamental que incluye, sí, un extra de 1.000 millones de dólares para el programa Artemis, enfocado en nuestro fotogénico satélite, pero también recortes al presupuesto científico de la NASA de casi el 50%.

En total, el presupuesto de la agencia espacial se reduciría en 5.600 millones, un 23%, lo que implicaría la cancelación de casi la mitad de sus misiones científicas. «Se recortarían los programas de exploración del sistema solar exterior, la astrofísica, la heliofísica... todo aquello que contribuye al programa humano y lo hace posible», advertía en la web de la CNN Jack Kiraly, director de relaciones gubernamentales de The Planetary Society, una sociedad sin ánimo de lucro fundada en 1980 por personalidades como Bruce Murray, Carl Sagan y Louis Friedman.

A su juicio, una medida de tal calado podría retrasar o cancelar proyectos como el telescopio espacial Nancy Grace Roman, cuyo lanzamiento se prevé para final de año; misiones como Dragonfly, que tiene como objetivo Titán, la luna más grande de Saturno; o el sondeo de objetos cercanos a la Tierra en busca de asteroides. Iniciativas como mantener y lanzar un reemplazo para la envejecida Estación Espacial Internacional quedarían igualmente en el aire con la propuesta presupuestaria, que ha suscitado duras críticas.

«Resucita innecesariamente una amenaza existencial al liderazgo de EEUU en ciencia y exploración espacial», insiste The Planetary Society, para quien Trump «añade incertidumbre y disrupción innecesarias a la fuerza laboral de la NASA».

Paradójicamente -o no, teniendo en cuenta su historial- no es de esa opinión Jared Isaacman, administrador de la NASA desde diciembre, quien secunda al presidente y defendió en la CNN que la agencia «no tiene un problema de cifra total».

Isaacman es astronauta comercial -comandó el primer vuelo espacial privado del Programa Polaris- y está vinculado a SpaceX, propiedad de Elon Musk, que más allá de sus sonados desencuentros es afín al actual inquilino de la Casa Blanca.

Las palabras del alto responsable de la NASA no convencen a quienes ven peligrar el trabajo de esta agencia. «Es un presupuesto de rendición», lamentaba Kiraly.

El papel del Congreso

El año pasado, la Casa Blanca planteó un recorte similar, que fue rechazado por el Congreso, cuyo papel volverá a ser clave ahora. De hecho, varios legisladores han adelantado que se opondrán a la propuesta, mientras se ha reactivado la campaña “Save NASA Science” con el objetivo de movilizar a la opinión pública y presionar a la Cámara Baja.

Además de por el recorte presupuestario, la iniciativa ha sido cuestionada por su falta de transparencia. «Esta es la propuesta presupuestaria de la NASA menos transparente que he visto. Y las he revisado todas desde 1960», indicaba en Spa- ce.com Casey Dreier, responsable de política espacial de The Planet Society. Y es que el documento no explicita qué misiones serían canceladas, lo que obliga a inferir los recortes mediante comparación con presupuestos anteriores. Tampoco incluye niveles de financiación de años previos, una práctica habitual por más de seis décadas que puede dejar de serlo.

Igual que la NASA puede dejar de ser lo que aún es si la opinión pública de EEUU sigue mirando a la Luna en vez de fijarse en dónde apunta el dedo de su presidente.