Pakistán: el país que nadie esperaba en la mesa
En Islamabad huele a historia reciente y a paradoja antigua. El mismo país que hace tres años no tenía reservas para comprar trigo, acaba de sentar a dos potencias enemigas y garantizar, al menos sobre el papel, la suspensión de una guerra que puede reconfigurar el orden energético global.

Recuerdo Lahore al atardecer: el olor a cardamomo y a humo de carbón en los puestos de Gawalmandi, el tawa chicken chisporroteando en planchas que llevan décadas sin enfriarse, el llamado a la oración mezclándose con los vendedores de mangos que gritan sus precios como si el verano dependiera de eso, los mosaicos persas de su fuerte antiguo desgastados por monzones.
Y más al norte, Islamabad, geometría quirúrgica recostada contra las colinas Margalla, donde la mezquita Faisal parece, desde lejos, una tienda beduina congelada en mármol blanco. Pakistán es ese contraste hecho país: la frialdad de su capital administrativa conviviendo, a horas de distancia, con el caos cálido de sus bazares centenarios.
Por eso, cuando el primer ministro Shehbaz Sharif firmó en Islamabad, como mediador, el Memorando de Entendimiento –MoU, por sus siglas en inglés– que promete el fin de la guerra entre Estados Unidos e Irán, sentí la certeza física de conocer el lugar exacto donde la historia decidió escribirse: una ciudad que hace apenas tres años describía como un país al borde del colapso.
Tres naciones: medio siglo de sospecha mutua
Para entender por qué Pakistán terminó mediando esta paz hay que comprender cómo Estados Unidos e Irán llegaron a un punto donde ya no podían hablarse sin intermediario. La ruptura nació en 1979, cuando la Revolución derrocó al Sha Reza Pavlevi y estudiantes tomaron la embajada estadounidense en Teherán durante cuatrocientos cuarenta y cuatro días.
Cuatro décadas de sanciones y un acuerdo nuclear firmado en 2015 y desintegrado en 2018 por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump –quien al retirarse unilateralmente ejerció su «vandalismo diplomático»– construyeron un muro de desconfianza tan alto que ni siquiera los canales diplomáticos tradicionales podían transmitir un mensaje sin distorsionarlo.
Cuando estalló la guerra el 28 de febrero, ni Ginebra ni Doha lograron ofrecer lo que la crisis exigía: un canal confiable para ambas partes a la vez. Qatar había mediado treguas con Hamas y Hizbulah, pero estaba comprometida por los ataques a sus bases estadounidenses.
Arabia Saudí –recién reconciliada con Teherán– aún cargaba demasiada sospecha. Pakistán, en cambio, reunía lo que nadie más tenía a la vez: novecientos kilómetros de frontera con Irán, una alianza militar con Estados Unidos que se remonta a la Guerra Fría y un Ejército que acababa de demostrar frente a India, una capacidad de mando que ambos lados podían respetar. No era el más poderoso de los posibles mediadores, pero era el único en quien las tres partes podían depositar un mínimo de confianza.
Esa confianza se construyó, además, en etapas: un primer cese del fuego que Islamabad logró asegurar el ocho de abril, una primera ronda de conversaciones indirectas los días diez y once de ese mes y una segunda y tercera ronda, ya cara a cara, los días doce y trece, hasta sumar veintiún horas de negociación bajo el mismo techo. Recién entonces, con la confianza tejida sesión tras sesión, Pakistán se pudo convertirse en garante de un texto que ni Washington ni Teherán hubieran firmado a ciegas con cualquier otro intermediario.
Lo que el memorando promete y lo que todavía no resuelve
El documento que finalmente firmaron el presidente iraní, Masoud Pezeshkian, y su homólogo, Donald Trump, no es un tratado de paz clásico: son catorce puntos para detener el sangrado inmediato y abrir, después, la negociación de fondo.
El MoU establece el cese permanente en todos los frentes, incluido el Líbano, sin que Israel lo haya negociado. Por otra parte, ordena la reapertura del Estrecho de Ormuz, el fin del bloqueo naval estadounidense, se compromete a que veinticuatro mil millones de dólares en activos iraníes sean liberados y establece un plan de reconstrucción de al menos trescientos mil millones.
Sobre el programa nuclear, el corazón del conflicto, el texto avanza menos de lo que sugiere: Irán «reafirma», con esa palabra exacta, el compromiso que ya había firmado en 1970 y acepta reducir in situ su material enriquecido, pero sin sacarlo del país. El destino final del uranio, el cierre o no de instalaciones, queda diferido a un acuerdo definitivo en sesenta días prorrogables.
Es un memorando que detiene la sangre antes de operar la herida, en medio de la historia diplomática de esta región que está llena de mediaciones que colapsaron antes de firmarse: Oslo, ceses del fuego en Siria que duraron horas, negociaciones nucleares rotas en el último párrafo.
Lo que distinguió a Islamabad fue una combinación poco frecuente: un mediador con incentivo propio urgente porque la guerra amenazaba la estabilidad que Pakistán acababa de reconstruir y con la autoridad militar suficiente para que ninguna parte lo viera como débil y la decisión de no retirarse.
Pakistán sostuvo el acuerdo más de lo que lo impuso: cuando el primer cese del fuego estuvo a punto de romperse, fue el mariscal de campo Asim Munir, jefe del Ejército pakistaní y hoy la figura militar más poderosa del país, quien junto a Sharif convenció a Trump de extenderlo en lugar de dejarlo caer. Esa disposición a sostener el proceso, más que cualquier golpe de genio diplomático, fue la verdadera diferencia frente a tantas otras mediaciones de la región fallidas.
De la quiebra al rescate: la economía que se reconstruyó en silencio
Pero ese esfuerzo diplomático no hubiera servido si Pakistán seguía siendo el país que conocí: reservas que alcanzaban para apenas dos semanas de importaciones, una inflación que superó el veintinueve por ciento, filas frente a las gasolineras de Karachi y un gobierno sin dólares para comprar el trigo que su población necesitaba.
La transformación empezó por el lugar más prosaico posible: las cuentas. Contra su propia base electoral, Pakistán subió impuestos, eliminó subsidios y dejó flotar su moneda.
El Fondo Monetario aprobó un salvavidas de tres mil millones de dólares en 2023 y un año después, siete mil millones más. La inflación cayó del veintinueve al cuatro por ciento y las reservas treparon a más de nueve mil millones. No fue un milagro: fue pagar el precio político de la estabilidad antes de poder cosechar sus frutos diplomáticos.
El general que cambió la imagen de un país
Hay una segunda mitad en esta historia, y tiene nombre propio: Munir. La economía, por sí sola, no explica por qué Washington y Teherán eligieron precisamente a Islamabad.
Munir llegó a la jefatura del Ejército en 2022 y en mayo de 2025 se convirtió en el segundo mariscal de campo en la historia del país. Fue ascendido después del conflicto de cuatro días que Pakistán libró contra India, el enfrentamiento más grave entre dos potencias nucleares en décadas.
Ese conflicto fue su trampolín. El nuevo mariscal emergió de la guerra con India con un capital militar que ninguna gestión diplomática anterior le había dado a Pakistán, sumado después al refuerzo simbólico de un pacto de defensa mutua firmado con Arabia Saudí en septiembre de 2025.
Trump, que lo recibió en la Casa Blanca y llegó a llamarlo su «mariscal de campo favorito», encontró en él la rara combinación de un militar con autoridad real y un interlocutor capaz de hablar, tanto con Washington como con Teherán.
Lo que enseña la tierra de las rutas antiguas
La historia se refleja en este memorando, porque durante siglos esta franja de Asia fue el corredor entre Persia, India y China, donde caravanas de seda y especias cruzaban montañas que todavía hoy huelen a humo de leña y a pan recién horneado. El Imperio Aqueménida, hace veinticinco siglos, entendió antes que nadie que ningún poder sobrevive solo con la fuerza: necesita un orden que las partes acepten sostener.
Pakistán, en su escala y en su tiempo, hizo algo parecido: usó su posición fronteriza y su renovado peso militar no para imponerse sino para ofrecerse como terreno neutral donde dos enemigos podrían sentarse a la misma mesa.
Quedan, por supuesto, las sombras que ningún titular triunfal debería ocultar: la insurgencia en Baluchistán se intensificó en los mismos meses en que Munir consolidaba su poder y la concentración de autoridad militar y nuclear en una sola persona.
Y queda, sobre todo, la paz de otra guerra que nadie firma en Islamabad: la que libran, puertas adentro, las mujeres de ese mismo país. La Comisión de Derechos Humanos de Pakistán documentó al menos cuatrocientos setenta crímenes de honor durante 2025, además de mil trescientos treinta y dos femicidios ligados a violencia doméstica, con tasas de condena que no alcanzan el dos por ciento.
Pakistán cerró el año pasado en el último lugar del Índice Global de Brecha de Género, con apenas un treinta por ciento de participación femenina en la fuerza laboral. Ningún memorando de catorce puntos menciona esa guerra. Ningún mariscal de campo la negocia. Y sin embargo, esa es también la historia real del país: la que convive con su recién estrenado prestigio internacional.
Pero por ahora, dos países firmaron un documento que promete, por el momento, el silencio de las armas. Y mientras leía el memorando, no pude dejar de pensar en el humo de aquellos puestos de comida callejera subiendo hacia un cielo y en las mujeres que avivan ese mismo fuego sin que la paz firmada en los salones de gobierno baje todavía hasta sus propias cocinas.
La realpolitik no perdona ni espera: convirtió la fragilidad de un país en ventaja diplomática. El mismo Estado que acaba de demostrar pericia para sentar a dos potencias enemigas frente a frente todavía no encuentra, puertas adentro, la voluntad política para aplicar las leyes que ya tiene escritas desde hace años, demostrando la paradoja del poder
*Con colaboración de Natacha Casenave en la traducción

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