Amaia Ereñaga
Erredaktorea, kulturan espezializatua

El México de Gabriela Iturbide nos interpela desde San Telmo

Es una de las grandes de la fotografía contemporánea, con una obra que entronca con los clásicos y las raíces de su cultura, con el México de las mujeres indígenas, las grandes olvidadas. El Museo San Telmo nos acerca este verano a Gabriela Iturbide, con ‘Sorpresas en el camino’. 

La muestra incluye fotografías emblemáticas.
La muestra incluye fotografías emblemáticas. (Gorka RUBIO | FOKU)

Para hacernos una idea de la importancia de Gabriela Iturbide (Ciudad de México, 16 de mayo de 1942), daremos un par de datos: uno, que paralelamente a la exposición que este verano le dedica el Museo San Telmo de Donostia (3 de julio a 30 de agosto, en la sala Laboratorio), sus fotografías se pueden ver en una retrospectiva que le dedica el SFMoma de San Francisco (hasta el 26 de noviembre); acaba de cerrar otra gran muestra en Berlín y arrancó el año con una gran muestra de sus últimos trabajos en el Banco Nacional de México.

Dos, a lo largo de las seis décadas que lleva dedicándose a la fotografía, ha recibido todo tipo de reconocimientos; el principal de ellos, en 2008, el Hasselblad, el más importante en su disciplina. No los necesita quien está considerada en todo el mundo una de las últimas grandes maestras del retrato fotográfico contemporáneo; ella, parca de palabras y muy honesta con su trabajo –le da urticaria que se califiquen sus imágenes de «mágicas»–, a sus 84 años sigue trabajando.

En ‘Gabriela Iturbide, sorpresas en el camino’, comisariada por María Millán, se han recopilado principalmente copias de las series que Iturbide realizó entre los años 60 y 80. Son 57 imágenes, la mayoría en blanco y negro, entre las que se encuentran sus fotografías más famosas, como ‘Mujer ángel’ (1980), fruto de su convivencia con el pueblo de pescadores Seri en el desierto de Sonora; ‘Nuestra Señora de las Iguanas’ (1979), perteneciente al proyecto que llevó a cabo en Juchitán, Oaxaca, y fotografía que ha sido reinterpretada por múltiples colectivos y se ha convertido en un emblema global; o ‘Magnolia’ (1986), un retrato con el que Iturbide se adelanta a los debates contemporáneos sobre la diversidad de género y nos habla de la organización social zapoteca y de la importancia del papel que allí desempeñan las personas Muxe.

Ana López Loiarte, Susana Soto y la comisaria María Millán, en la exposición. (Gora RUBIO / FOKU)

Iba para directora de cine, pero la fotografía y otro gran fotógrafo mexicano, Manuel Álvarez Bravo, se cruzaron en su camino. De 1970 a 1971 trabajó como su asistente, acompañándolo en sus viajes a través de México. El corpus fotográfico de ambos es hoy en día parte de la cultura mexicana. 

«Mi cámara es un pretexto para conocer la vida, para sentirme bien, para conocer a la gente. La mirada de cada fotógrafo es de acuerdo a cómo es ese fotógrafo en la vida, las influencias que ha tenido, lo que ha leído, lo que ha visto, la pintura que ha visto, la música que escucha. El lenguaje de cada fotógrafo estaba formado de acuerdo a las influencias que uno va teniendo», explica.

A la hora de definir su trabajo, en lugar de ‘mágico’, prefiere ‘poético’; y en lugar de retratar a su país, retrata «su» México, el que ella ve. No le gustan las generalizaciones. «La fotografía es un testimonio, primero que nada. Pero es un testimonio que puede ser antropológico, arqueológico, poético. Puede ser de diferentes formas, según lo vea el fotógrafo y según lo vea el público. Porque el público tiene otra visión. La visión que yo tuve puede ser cambiada por el público, y ahí está la comunicación de lo que yo vi y lo que ellos están viendo», ha afirmado hace escasamente un mes en su primera retrospectiva en Guatemala.

«La mirada de cada fotógrafo es de acuerdo a cómo es ese fotógrafo en la vida»

Más: «No pretendo con mi fotografía enseñar nada –explica–. Yo soy muy egoísta y hago mis fotos por placer y luego ya, vuelan. No pretendo decir: esto es Juchitán, no; esto es lo que yo vi de Juchitán. ¡Es mi Juchitán! Ustedes véanlo como suyo o no, como experiencia, pero cada quien tiene una manera diferente de mirar».

Retrata a su cultura a través de su experiencia. Así se entienden, por ejemplo, sus trabajos sobre la muerte en la cultura mexicana. Había una razón personal por detrás y lo explica: «Perdí una hijita cuando tenía seis años. Me dio por fotografiar a los niños chiquitos muertos; a los recién nacidos que los ponen en cajitas de madera con muchas flores de papel de china. Y sus medicinas. Y el dolor de los padres, obviamente. Al fotografiar a todos esos niños, yo estaba repasando mi dolor, hasta que en un cementerio me encontré a un hombre muerto en medio del camino, todo picoteado, con tenis, pero muerto. Yo estaba siguiendo a un señor que me dio permiso de fotografiarlo con su bebé; y por respeto, no me quedé fotografiándolo, nada más le tomé tres fotos al muertito y seguí con el señor. Enterramos a su niño. Al regreso había miles de pájaros, que son los que lo habían picoteado (al fallecido). Y yo ahí sentí la muerte; te está diciendo: ‘Basta, Graciela, ya basta; es una terapia, pero ya basta’. Y ya no volví a fotografiar muertos, más que de fiesta. Después de fotografiar los pájaros muertos, empecé a fotografiar los pájaros de la vida. Tengo ya tres libros de pájaros…».