Bajo el mismo sol que quemó Karbala, Teherán despide a Jamenei
Cuatro meses después del magnicidio que abrió la guerra, Teherán despidió al ayatollah Ali Jamenei en los 10 kilómetros que separan las plazas Imam Husein y Azadi. El cortejo tardó 10 horas en recorrerlos. La ciudad fue protagonista de la mayor concentración humana registrada en su historia moderna.

A las seis de la mañana, el aire de Teherán pesaba como un edredón humedecido. El túnel de la estación de subtes albergaba una marea humana que buscaba desesperadamente entradas y salidas para llegar a su destino: la plaza Enguelab, uno de los puntos geográficos por donde transitaría el féretro del ayatollah Seyed Ali Jamenei.
Tomé el metro cuando ya no quedaban asientos y el vagón vestía de negro. Entre la aglomeración –uniforme en la distancia– había fisuras que se captan fácilmente: en un vagón repleto de chadores idénticos, viajaban también tres mujeres con el cabello sin cubrir y vestidas con un código que no seguía a las demás. Ninguna de esas mujeres las miraba con reproche.
Fuimos miles las personas las que utilizamos durante horas la red de subtes de Teherán. Se registraron centenares de viajes, ocho estaciones fueron cerradas por saturación y en cada parada subía más gente de la que bajaba.
Descendimos cientos en el andén de la Universidad Sharif –la parada de la Línea 1 del sistema de autobuses de tránsito rápido que corre entre Teheranpars y Azadi–, empujados hacia la plaza Enghelab por una aglomeración que no discutía el rumbo, porque lo sabía de memoria. Desde el primer escalón hacia la superficie, el olor me devolvió a otros países cercanos, a otras despedidas y a la mixtura de agua de rosas y sudor.
En la avenida Enghelab –o de la Revolución–, que comienza en la plaza Imam Husein y desde donde partió el cortejo fúnebre, caminé en el mismo sentido en que marchó en 1979 la multitud que le impuso ese nombre a lo que antes se llamaba Sha Reza. La Universidad de Teherán y las librerías más antiguas del país custodian esta calle, que ha visto más marchas que ninguna otra en la ciudad y que sigue siendo –según quien mire– el corazón cultural o el corazón político de la capital.
El asfalto quemaba a través de las suelas y no había sombra suficiente para los miles de personas que, apretadas hombro con hombro, con la garganta seca y los ojos húmedos, esperaban el féretro cubierto de terciopelo verde y negro. Pero mientras la caminata se aceleraba, el agua embotellada pasaba de mano en mano antes de que nadie la pidiera, y los jugos fríos y los dulces se distribuían libremente.
Diferentes siglos: el mismo grito ritual
Cuando acepté mi primera botella de agua, reconocí el modelo organizativo de este funeral, porque lo había recorrido tres veces antes entre las ciudades iraquíes de Nayaf y Karbala. El funeral de Jameini tomó prestada la cultura de servicio husseiní, con cientos de mokebs –puestos de alimentos, bebidas y descanso– que fueron desplegados en todo el recorrido del cortejo fúnebre.
Es el mismo sistema que asiste a los caminantes en la multitudinaria peregrinación de Arbaeen –cuarenta, en árabe– y que conmemora al imam Hussein, nieto del profeta Mahoma, decapitado en el año 680 por negarse a jurar lealtad a un poder que consideraba ilegítimo. Por ello, mientras recibían las provisiones, la gente gritaba algo que había oído en otra oportunidad, aunque nunca aplicado a un nombre tan reciente: el "Ya Lazarat al Hussein" se repetía con el "Ya Lazarat al Jamenei". Un grito ritual que pide venganza por el imam Hussein y que ahora, para los musulmanes chiitas, significa que la muerte del ayatollah Jamenei queda inscrita en la cadena histórica de “la sangre no saldada”. La misma estructura gramatical religiosa con catorce siglos de diferencia.
Enguelab, el termómetro de Teherán
El recorrido cruzó la plaza Enghelab, que no es cualquier lugar: cuatro meses después del inicio de la guerra sigue siendo el termómetro de Teherán, donde se juega buena parte del pulso callejero y en donde se terminó con veinticinco siglos de monarquía hace 47 años.
Ahora, en una de sus esquinas –en un edificio entero convertido en lienzo– se erige un mural gigante que muestra al líder muerto en un bombardeo con la mano en alto en gesto de saludo, flanqueado por escenas de otra época: combatientes con el puño cerrado entre el polvo y otros clérigos con el mismo ademán. Pero para este funeral, no es la mano abierta del mural la que gobierna la plaza: es un puño de piedra y metal cerrado que se alza entre dos formas curvas como llamas con banderines iraníes clavados en la base.

La marcha siguió por la avenida Valiasr, que, con dieciocho kilómetros de plátanos orientales sembrados en 1939, se convirtió en la arboleda más larga de la capital iraní. Actualmente quedan pocos árboles originales –al ser diezmados por la contaminación y el cemento–, pero los que sobreviven dieron la única sombra de todo el trayecto.
Esta vía se llamó anteriormente avenida Pahleví, después Mosadeq y desde 1981 lleva el nombre del duodécimo imam que los chiitas esperan. En su cruce con la avenida Enguelab, los corresponsales nos concentramos para registrar el avance de la gente hacia el oeste, donde la arteria cambia de nombre y se convierte en avenida Azadi –libertad, en persa– y corre hasta la plaza más fotografiada de Irán.
La identidad religiosa
A pocos metros de convertirse en la avenida Azadi, un camión cisterna azul y blanco que repartía agua envasada desde su caja abierta se perdió entre la multitud, mostrando en su parte trasera la imagen de un Cristo crucificado que a nadie pareció sorprender: la convivencia religiosa entre cristianos, judíos, musulmanes y zoroastrianos –entre otras confesiones– es perdurable. Repartir agua en el desierto de asfalto no es un detalle logístico y no pide documento de identidad religiosa.
Por ello, mientras el camino se hace más complejo por el calor, bomberos y miembros de defensa civil rociaban al gentío con mangueras o aspersores, las ambulancias hacían guardia en las esquinas y los motociclistas en sus scooters avanzaban a toda velocidad en diferentes direcciones para escapar del intenso sol.
Cerca de una zona de distribución de bebidas, un padre sostenía en brazos a su hija de meses. La niña, vestida enteramente de negro y con un turbante de tela anudado que cubría toda su cabeza, miraba a su alrededor con los ojos muy abiertos, vestida para un luto que no eligió.
Al-Awja, Beirut, Teherán: tres formas de despedida
Por fin, Azadi. La avenida se abre entre bloques de viviendas de estilo soviético de otra era, gastados por el sol y con balcones idénticos.
Diez kilómetros separan la plaza Imam Hussein de la emblemática Torre Azadi y diez horas tardó la comitiva en recorrerlos. En un tramo, la carroza que transportaba los féretros del ayatolá Seyed Alí Jamenei y de cuatro de sus familiares muertos junto a él –entre ellos, su nieta de 14 meses– avanzó mil metros en dos horas y media. La multitud, literalmente, no dejaba pasar al vehículo sin antes tocarlo o gritar su nombre.
Asia Occidental ya despidió a otros hombres fuertes antes y cada ceremonia narra una historia distinta sobre el poder. Estuve en Bagdad cuando el expresidente de Irak, Saddam Hussein, fue ejecutado en la madrugada del 30 de diciembre de 2006. No hubo procesión ni plaza: su cuerpo fue entregado a la familia y enterrado casi en secreto en Al-Awja, sin Estado que lo acompañara, con el estigma de la derrota pegado al ataúd como una segunda mortaja.
Fui testigo en Beirut, en febrero de 2025, cuando el estadio Camille Chamoun se desbordó para despedir a Hassan Nasrallah, secretario general de Hizbulah. Allí también hubo multitud y delegaciones de decenas de países, pero también un techo, un perímetro que la organización tuvo que administrar.
Teherán, esta semana, ha optado por una tercera vía: la magnitud. Por eso, hasta llegar a los funerales que se extenderán hasta este jueves 9 de julio, el cuerpo de Jamenei ha sido custodiado sin sepultura durante cuatro meses. La tradición chiita exige rapidez, sin embalsamamiento, pero la contienda que siguió al ataque impuso sus propios tiempos. Para el chiismo, morir así no admite el binomio de derrota o triunfo: es martirio. Por eso, un funeral de Estado puede vestirse, sin contradicción, de luto y de desafío al mismo tiempo.
Vestidos de negro, golpeándose el pecho, los dolientes portaban banderas rojas y carteles donde se leía, en persa y en inglés, una frase corta y filosa: 'Habrá sangre'. No era solamente dolor. Era también una declaración en un momento en que todavía no hay una paz firmada.
No se trata solo de un duelo religioso, es también la arquitectura de alianzas. El mensaje viaja también hacia los mercados, porque podría dispararse el precio del barril mucho más allá de la región.
La ceremonia es, a la vez, luto genuino y carta de negociación. Ningún funeral de Estado se organiza solo para llorar.

El Ayuntamiento de Iruñea confirma una agresión de alta intensidad en la Vuelta del Castillo

Una cornada en la cara en Mercaderes, un corredor épico y otro grotesco

‘La Roja’ divide a la Plaza de Toros de Iruñea: «Puta selección» y «Yo soy español»

Familias de Sestao presentan quejas por la visita de un campus infantil a la Guardia Civil
