Lemoiz: Memoria enterrada bajo 3.000 toneladas de lenguado

Una bahía que corona en una cala de acantilados y agua cristalina. El viento aúlla, la vegetación se mece y las olas chocan contra las rocas. Es 1971 en Basorda, antes de que 200.000m³ de hormigón sepulten el paraje y que, por orden del Gobierno franquista, nazca la central nuclear de Lemoiz.

La central nuclear de Lemoiz, en una foto de archivo
La central nuclear de Lemoiz, en una foto de archivo (Oskar Matxin Edesa | FOKU)

En el paraje de rumor de olas y después de camiones y hormigón que fue Basorda, nació y creció Valentín Elortegi. Arquitecto técnico, estudió en Girona en 1990 y se quedó allí, aunque nunca se fue del todo de Lemoiz. En 2015 presentó en la Universidad de Girona una tesis sobre el ‘Proceso de patrimonialización cultural de la Central Nuclear de Lemoiz’. «Aquí tenemos un caso único a nivel mundial, de una central nuclear visitable y utilizable», cuenta.

Las obras de Lemoiz cesaron en 1982 y nunca se reanudaron. La peste nuclear de unos reactores que nunca albergaron combustible ni llegaron a ponerse en marcha condenó a los terrenos de la central al abandono. La zona quedó militarizada, con controles continuos en la carretera que duraron hasta 1996. El trauma de Lemoiz quedó en las mentes de quienes lo vivieron y en los archivos y, por lo demás, relegado al olvido. «Los que tienen menos de 40 años esto ni lo conocen», dice Valentín Elortegi, que asegura que «los que hablamos sobre esto somos hormiguitas».

Valla de la central de Lemoiz, militarizada hasta 1996. (Luis Jauregialtzo/FOKU)

Valentín propone crear en las ruinas de la central un centro de interpretación donde «todos los relatos estén presentes» porque, cuenta, el tema tiene «centenares de aristas». Cree, además, que es importante que la gente conozca la historia del lugar antes de decidir qué hacer con él. «Lemoiz es un fragmento clave en la memoria histórica de esta zona, Bizkaia, Euskadi y más sitios, nos guste o no», sentencia.

El Gobierno de Lakua –al margen de propuestas como la de Elortegi y haciendo caso omiso a la solicitud de Uribe Kosta y Mungialdea de poner en marcha un proceso participativo para definir el futuro de la central– convertirá las ruinas de Lemoiz, por el momento, en una piscifactoría. 3.000 toneladas de lenguado a cargo de una empresa valenciana que produce para Mercadona y que es propiedad de Roberto Centeno, yerno de Juan Roig. Lakua lo presenta como una oportunidad de desarrollo, alineación con objetivos europeos y sostenibilidad. Para Valentín Elortegi, es la cristalización de la política de mirar para otro lado: «Siempre se ha maltratado esta zona, se ha tenido escondida, como el patio trasero. Van a echar cemento sobre el diálogo, pero sin objetivo». 

La memoria de la peste nuclear

Según los planes franquistas, la central nuclear de Lemoiz debía ser la primera de cuatro en Hego Euskal Herria. Las otras tres estarían en Deba, Ispaster y Tutera. La de Lemoiz –la única que llegó a construirse–, se concibió y cimentó durante los últimos coletazos del franquismo, en 1972. Durante los años siguientes surgió un fuerte movimiento antinuclear en Euskal Herria, fruto del descontento social.

Carteles de la lucha antinuclear en Euskal Herria. (Marisol RAMIREZ/FOKU)

La memoria de la que habla Valentín es, en parte, la de la violencia. Durante los años de la lucha antinuclear, ETA exigió por la fuerza el cierre de la central y las fuerzas policiales reprimieron con dureza las protestas pacíficas. El saldo total fue de seis muertos: la joven Gladys del Estal, tiroteada por la Guardia Civil en una manifestación pacífica en Tutera; cuatro trabajadores de la central que murieron por los ataques de ETA –uno de ellos Ángel Pascual Múgica, ingeniero que había sustituido a Ryan, secuestrado–; y un militante de la organización que murió por las heridas tras un tiroteo con la Guardia Civil. 

Un parque de conciliación

Carmen Abad fue una de las miles de personas que se manifestaron contra la energía nuclear. Cuando era adolescente, participó en la marcha del 29 de agosto de 1976 entre Plentzia y Gorliz, porque «la imposición, el secretismo y el territorio extirpado de la construcción de la central» la sobrecogieron. Este 29 de agosto irá a Lemoiz para conmemorar los 50 años de aquella marcha y anima a quien quiera a ir a ver «aún desde fuera, ese maravilloso paisaje». También conoció la cala de Basorda, «un lugar idílico» al que, cuenta, iba de excursión con su familia.

Creció y se fue de Bilbo a Barcelona para estudiar arquitectura. En 1998 presentó su Trabajo de Fin de Carrera ‘Conversión de la Central Nuclear de Lemoiz y los terrenos afectados en un espacio de uso público’. Propone que este Plan Especial sirva de base para convertir Lemoiz en un parque patrimonial «energéticamente autosuficiente y escaparate de nuestra I+D».

Para crear este parque hay que hacer dos cosas: vaciar y convertir. Primero, cuenta, «sustraer, como en la medicina tradicional vasca, en la que se sacaba el mal del cuerpo», quitando todo menos los dos edificios de contención. Después, para convertir el espacio, tiene varias ideas: una serie de piscinas con zona de baño, caminos que crucen la central por la costa, una enorme explanada de hierba, aparcamientos, paradas de autobús… Para transformar el «símbolo de discordia» que, dice, es Lemoiz, en un «símbolo de conciliación para las futuras generaciones».

Carmen Abad, arquitecta. (Mikel MARTÍNEZ DE TRESPUENTES/FOKU)

Carmen explica el funcionamiento del Parque Patrimonial como el de un lienzo. «Es un espacio inmenso; la mitad superior de cada uno de los edificios de contención encierra un espacio similar al del Panteón de Roma», explica. En las 116 hectáreas de piscinas, salas, laberintos, explanadas… cabe de todo. Desde lo artístico y cultural, como «esculturas al aire libre» o «el centro de interpretación de Valentín Elortegi», hasta «actividades económicas privadas que armonicen con el criterio general y garanticen su sustento». Sobre estas últimas, cuenta que la acuicultura podría encajar, pero de forma sostenible y no como una «macro piscifactoría» que monopolice el espacio.

«Durante estos años he presentado el proyecto a muchos representantes políticos, pero quizá no era el momento», explica la arquitecta, pues había conceptos, como la sostenibilidad, que no se tenían tan en cuenta. Cree que ahora, por los cambios en la sociedad y la importancia que se da a proyectos como el suyo a nivel europeo, podría ser el momento: «Estaría encantada si me permitieran dar a conocer al Gobierno Vasco actual esta propuesta». 

Para la transformación completa del espacio en uno de uso público, Abad anticipa una inversión de unos 70 millones de euros (la cantidad que en 1981 Lakua propuso gastar en el desmantelamiento de Lemoiz, ajustada al euro y a la inflación). Son 100 millones menos de lo que costará convertir el hormigón y acero de Lemoiz en una piscifactoría para una empresa privada.

El verde en torno al cemento

Alrededor de ese hormigón y acero que Iberdrola –junto a la responsabilidad de rehabilitar la zona– cedió en 2019 al Gobierno español, primero, y al de Lakua, después, algunos caminan y abren senderos. Caminan por los bosques, por las lindes de los acantilados y por los márgenes del pantano que se construyó a juego con la central. Las suelas de sus botas conocen las plantas y las flores, los acantilados y las rocas. La naturaleza en torno a la ruina.

Flores creciendo junto a las ruinas de Lemoiz. (Marisol RAMIREZ/FOKU)

«Es un espacio único en la costa vasca. Desde Bakio hasta Gorliz es completamente salvaje, no hay caseríos, asentamientos… A excepción de Armintza», cuenta Iosu Alberdi, fundador de Etzandarri Mendi Taldea, una asociación que pide, desde hace años, que se proteja el espacio natural de la zona. La asociación lleva años con esta propuesta. Alberdi incluso la presentó en el parlamento de Lakua. «La idea de proteger el espacio les da pánico», dice, argumentando que «una figura de protección les puede dar problemas a la hora de hacer cosas como la piscifactoría». 

Alberdi propone, además, crear caminos «de tipo senderista». Etzandarri ya ha creado y marcado esos caminos, pero cuenta Iosu que «es muy difícil mantenerlos porque la vegetación se los va comiendo». Eso, dice, «debería ser trabajo de las administraciones». Hoy en día, «algunos caminos aún son transitables y en otros hay que ir con machete». 

Pantano de Urbieta, junto a la central de Lemoiz. (Luis JAUREGIALTZO/FOKU)

«Los medios de comunicación, la sociedad… Compran el mensaje de 'quito la central nuclear, pongo piscifactoría y se acaba el problema'. El problema es mayor que el del terreno de 4 o 5 hectáreas de los reactores y los edificios que lo rodean», explica el fundador de Etzandarri, que pone en valor toda la zona: «184 hectáreas de ríos, pantanos, campiña atlántica, encinares, robledales, caseríos…», dice, de una riqueza «biológica, geológica y ecológica impresionante».