Solo lo vamos a disfrutar una vez en nuestra tierra, y ha sido durante un minuto escaso, un minuto entre los aproximadamente 42 millones que tiene un ciclo vital medio de 80 años. Así que la experiencia tenía que ser apurada al máximo. Y contada, reflejada, comparada. Escogemos un lugar que puede servir de termómetro.
En Sagues, en Donostia, el eclipse no era completo, pero casi. Esa explanada suele acoger actos de masas: movilizaciones políticas, carpas festivas, los conciertos masivos en esta misma Aste Nagusia… Es también el sitio al que muchos donostiarras se echaron en masa aquel amanecer de mayo de 2020 tras dos meses de confinamiento. Y donde cada tarde de verano se juntan cientos de personas para asistir al espectáculo gratuito del anochecer. ¿Se parecerá esto a alguna de esas cosas o será directamente incomparable? ¿Vamos a vivir algo trascendental o mundano, abrumador o irrelevante, conmovedor o banal? ¿Histórico de verdad o un ‘histórico’ más?
Hora y media antes del momento central, Sagues ya hierve. ETB lo ha elegido como escenario de su especial informativo. El alcalde también viene. Como miles y miles de personas más, algunas en la playa, otras en la explanada, o arriba, en el monte. En el Pleistoceno, en la Edad Media, en 1912… seguro no había tanta gente, ni menos aún esa ansiedad actual del ‘no me lo pierdo’, efecto FOMO.
19.30: No hay sitio ya en los ‘miradores’ de la barandilla de la Zurriola y del muro de Sagues. Los más previsores miran al astro rey y avisan: «Las gafas funcionan». En minutos el ‘quesito’ redondo ha empezado a recortarse, pero la mayoría no deja de conversar, tomarse la cerveza, hablar por teléfono, jugar a cartas, bañarse, besarse. La música que atrona por megafonía no ayuda a dar trascendencia al momento.
19:45: La mayoría comienza a percatarse de que el eclipse ha empezado. Desde los altavoces se exhorta a usar gafas homologadas, ninguna otra: «Si no, os podéis quedar ciegos. Y con gafas, no miréis en ningún caso más de 45 segundos seguidos». Nadie parece asustado, desde luego.
A alguno se le empieza a hacer larga la espera: «Esto es un rollo macabeo». Se nota que a casi todos les basta con el minuto; les sobra la hora.
20.00: Más o menos medio sol ha desaparecido ya. La luz se torna más tenue y está claro que ha bajado la temperatura, se agradece. A alguno se le empieza a hacer larga la espera: «Esto es un rollo macabeo». Se nota que a casi todos les basta con el minuto; les sobra la hora.
20.15: El fenómeno astronómico avanza. Déjà vu; a la memoria viene el recuerdo del eclipse parcial de hace un cuarto de siglo; fue algo así. Todo parece haberse amortiguado, palidecido… menos el ruido. Si las gaviotas dejarán de chillar cuando el sol se esconda, como avisan los científicos, creo que no se percibirá.
Pasan las gaviotas en manada, como confundidas; esto sí que es nuevo. El ambiente se torna fantasmagórico por unos segundos. De repente, la gente estalla en aplausos y algunos suspiros de asombro.
20.25: El sol ya es solo un hilo. Llega la hora H. Se siente una brisa, lo habían anticipado los expertos, pero ¿es la propia del mar o la del eclipse? Pasan las gaviotas en manada, como confundidas, esto sí que es nuevo. El ambiente se torna fantasmagórico por unos segundos. De repente, la gente estalla en aplausos y algunos suspiros de asombro.
20.35: El astro empieza a asomar otra vez tras la luna; se va haciendo la luz. ¿Ya está? Ya está, como ha venido, se ha ido; la vida sigue su ciclo, los astros su camino. «Vamos a tomar algo», empiezan a desfilar muchos, sin exprimir la experiencia.
Irrepetible, sin duda. Inmejorable, no sé. Seguro que en otro lugar, en soledad o con silencio, la sensación habrá sido más intensa. Desde luego, no ha sido un concierto tipo el de Orquesta Mondragón de la víspera aquí mismo. Ha arrollado con creces al anochecer cotidiano. Puede que recordemos siempre cómo, dónde y con quién lo vivimos. Puesto a elegir, uno se queda con aquel despertar pospandémico de hace seis años. Cuestión de gustos, como los colores que empiezan a repuntar.

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