Mercedes Zabaleta | Efe

Un Cantábrico cada vez más ‘mediterráneo’ vive un verano de temperaturas récord

Especies que antes se consideraban subtropicales y era imposible verlas en el Cantábrico empiezan a aparecer en sus aguas, mientras otras típicas de estas costas buscan refugio en un frescor que este mar, cada vez más ‘mediterráneo’, va perdiendo a medida que alcanza temperaturas récord.

La bahía de La Concha, con el Aquarium al fondo.
La bahía de La Concha, con el Aquarium al fondo. (Andoni CANELLADA | FOKU)

La medición sobre el agua en superficie que manualmente lleva a cabo el Aquarium de Donostia todos los días desde 1947 ha arrojado este año registros insólitos. El 24 de junio se alcanzaron los 25,2 grados, lo que marca el máximo histórico en ese mes en aguas de la bahía donostiarra, que normalmente no supera los 20 grados en ese periodo, un repunte provocado por la ola de calor de esos días que llevó el termómetro hasta los 38 grados en la ciudad y superó los 40 en varios puntos de Gipuzkoa.

«Los datos que tomamos nosotros pueden ser más elevados al tratarse de una bahía cerrada y puede que en otro punto de la costa y a mayor profundidad la temperatura sea menor», pero en todo caso «es alta», ha señalado a Efe el técnico de Biología del Aquarium Víctor Álvarez.

Por ello «la ‘mediterranización’ del Cantábrico es un concepto que se maneja en los últimos años», afirma el experto, que precisa que ejemplares de algunas especies migran desde el sur para buscar temperaturas más agradables y los habituales de esta zona van hacia el norte.

«El año pasado un chaval que practicaba la pesca submarina capturó una barracuda, una especie que viene de ambientes tropicales. Ha aparecido también alguna lampuga, que viven en Mallorca, se avistan más algunas especies de cetáceos y se ha pescado, de forma casual, algún mero», detalla.

En el otro sentido, lubinas y pintarrojas son ahora menos comunes, aunque «no se sabe si es porque hay menos o es porque emigran», ha puntualizado.

Carabelas portuguesas

Álvarez sin embargo no ve una correlación directa entre la temperatura de las aguas costeras vascas con la aparición de carabelas portuguesas que han constituido una auténtica plaga en playas como las de la capital guipuzcoana, donde el pasado 4 de agosto se registraron 120 picaduras en un solo día.

En total, en los arenales donostiarras en lo que va de temporada se han contabilizado 559 picaduras (154 en Zurriola, 165 en La Concha y 240 en Ondarreta y la isla de Santa Clara).

Una proliferación rápida en el tiempo, teniendo en cuenta que los primeros ejemplares aparecieron en estas playas hacia 2008 como algo excepcional. «Las carabelas no deciden cuándo llegan a la playa, sino que son los vientos y las corrientes los que las arrastran, aunque la temperatura del agua puede afectar en esos fenómenos y traerlas hasta aquí».

Su lugar habitual de cría es el Atlántico tropical o subtropical, aunque es «perfectamente posible que estén criando más al norte de lo normal, cerca del golfo de Bizkaia».

Todo apunta a que si estos tres o cuatro últimos años los veranos han tenido que contar con estos incómodos visitantes, en los próximos años suceda algo parecido, pero «no se puede asegurar con certeza» porque depende de las corrientes y los vientos.

Técnicamente las carabelas no son medusas sino sifonóforos, pero su picadura es peor debido a sus largos tentáculos cargados con un verano muy potente, por lo que no hay que tocarlas ni vivas ni muertas porque sus filamentos pueden seguir siendo urticantes.

Sobre la posibilidad de instalar barreras para evitar que estos animales lleguen a las playas, Álvarez se muestra reacio, ya que, aunque físicamente sería posible, esta actuación afectaría a la navegación y no sería conveniente para el ecosistema.

Además los sifonóforos son en realidad colonias de organismos que funcionan como un solo ser vivo que al verse atacadas podrían disgregarse y sería incluso peor. «Al final las carabelas también cumplen su función en la cadena trófica», como controlar la población de plancton, servir de refugio a otros animales y constituir el alimento de tortugas o las babosas marinas.

«Todo animal en el ecosistema tiene su función, aunque a los humanos nos guste más o menos», concluye.