Tres años de guerra civil, una ciudad sitiada y la peor crisis humanitaria del mundo en Sudán
Sudán sufre la peor crisis humanitaria del mundo, que deja ya 9 millones de desplazados y decenas de miles de muertos. La ONU teme que la ciudad de El-Obeid, refugio para miles de familias desplazadas, pueda ser el siguiente escenario de vulneraciones de los derechos humanos.

El 15 de abril de 2023, Mohamed Amro vio un avión militar por televisión. Abrió la ventana y en el cielo avistó la misma aeronave. Aún no sabe si el sonido de sus rotores, tambores de guerra en Sudán, venían de la calle o de la pantalla. «Estábamos en Ramadán y nos despertamos más tarde para ayudarnos a pasar el ayuno», cuenta Amro, que se levantó ese día con una llamada de su madre contándole que la tercera guerra civil sudanesa había comenzado.
El conflicto enfrenta al Ejército sudanés, que en 2019 dio un golpe de Estado, con los paramilitares de las FAR (Fuerzas de Apoyo Rápido). El país está hoy día dividido entre el suroeste, controlado por los paramilitares, y el norte y este, territorio del Ejército regular. «Sabíamos que había tensiones, pero no pensábamos que fuera a ser algo tan grave ni que fuera a durar tanto» relata Amro, que nació en Madrid y estudiaba la carrera de Ingeniería Eléctrica en Jartum, la capital de Sudán, al inicio de la guerra.
Crisis de desplazados
El conflicto ha desencadenado la mayor crisis humanitaria del mundo, que ha dejado ya decenas de miles de muertos y ha obligado a millones a huir de sus hogares. Del en torno a 50 millones de personas del país, más de 9 millones viven desplazadas, según el Informe Global sobre Desplazamiento Interno de 2026. Es el país que más desplazados internos tiene en el mundo y, en 2024, fueron 11 millones, la cifra más alta registrada en la historia en un solo país. Muchos, también, han salido de Sudán.
Al tener la nacionalidad española, Mohamed Amro y su familia pudieron refugiarse en Madrid a los pocos días del inicio del conflicto, pero la mayoría no tuvo esa suerte. «Un amigo me contó que vio cómo dispararon en el cuello a una de sus vecinas, una persona mayor», cuenta Amro, que es ahora presidente de Casa del Sudán, una organización que representa y presta apoyo a la comunidad sudanesa en el Estado español.
La mayoría de los que deciden salir del país lo hacen hacia Egipto, desde donde algunos ponen rumbo después a Europa, Estados Unidos, Canadá… A veces, por rutas peligrosas. Desde Casa del Sudán, ahora mismo, tienen el foco puesto en Ceuta, a donde mandan gente para apoyar a los refugiados que entraron en la ciudad a finales de julio. «De las 4.000 personas que hay viviendo en la playa, unas 1.000 son sudaneses», relata el presidente de la organización, que lamenta que «no les están prestando apoyo».
Denuncia, además, desinformación por parte de las autoridades españolas: «Hay casos de sudaneses a los que la Policía ha dicho que no van a poder pedir asilo». El Estado español reconoce y garantiza el derecho a asilo en su Constitución, por lo que estaría obligado a acoger a estas personas, que vienen de un país en guerra en el que se han cometido, además, graves vulneraciones de los derechos humanos.
Asedio en El-Obeid
Cuando las FAR sitiaron y tomaron por asalto la ciudad de El-Fasher, al noroeste de Sudán, a finales de 2025, mataron a 6.000 civiles en tres días. La Universidad de Yale publicó un estudio en el que, a través de imágenes por satélite, identificó tierra removida de fosas comunes, carreteras quemadas y bolsas de cadáveres esparcidas en una ciudad sin prensa internacional que pudiera denunciar los hechos. En febrero de este año, una misión de Naciones Unidas confirmó que las FAR habían cometido crímenes de lesa humanidad en la ciudad.

A principios de julio, la ONU advirtió de que la matanza de El-Fasher tenía riesgo de repetirse en la ciudad de El-Obeid, capital de la región de Kordofán del Norte, que está cerca de la línea divisoria entre el territorio controlado por uno y otro bando. En los últimos meses, cientos de miles de personas que han huido desde otras partes del país se han instalado en colegios, edificios abandonados y campamentos alrededor de la ciudad.
La Organización Internacional para las Migraciones de Naciones Unidas (OIM) informó a mediados de agosto de que en lo que va de año, en la región de Kordofán (donde se encuentra El-Obeid), el conflicto ha causado más de 200.000 desplazados. Según la OIM, además, la llegada de ayuda humanitaria se ve cada vez más limitada por los retrasos en las cadenas de suministro derivados de otros conflictos, particularmente por los cortes en las rutas del mar Rojo y en el estrecho de Ormuz.
Chiara Lodi, coordinadora médica de Médicos Sin Fronteras en Sudán, cuenta que una familia sudanesa puede tener en torno a seis miembros, y hay alrededor de 9.000 familias en Al Mina Al Muwahad, el mayor campamento de refugiados de El-Obeid. En el segundo, otras 5.000. Aunque ese número, cuenta Lodi, va creciendo cada día: «Hay un goteo constante de desplazados, algunos días llegan 20, otros 50…».
Agua, medicamentos y partos
En los campamentos, cada persona vive con en torno a litro y medio de agua al día para beber, cocinar, limpiar… «Eso no es nada. Al tirar de la cadena ya gastamos unos 7 litros», dice la responsable médica de MSF, que cuenta que uno de los mayores retos que enfrentan es poder suministrar agua a los desplazados. Temen, también, que el retraso de la época de lluvia merme las cosechas y pueda desencadenar una crisis alimentaria.
«Los niños no tienen espacios sociales para relacionarse, los colegios están cerrados…»
También hay falta de acceso a medicamentos para los enfermos crónicos y problemas de salud en los recién nacidos: «En El-Obeid hay muchos partos, que normalmente conducen matronas tradicionales en los propios campamentos y, si no hay agua, los neonatos pueden contraer infecciones graves. Estamos viendo, al visitar hospitales, cómo las áreas de maternidad están llenas de pacientes sépticos», explica la responsable de MSF.
La salud mental es un tema quizá más olvidado, «menos vistoso que el agua», dice Lodi, «pero igualmente un problema». «Tener que huir de tu casa, el sufrimiento del que eres testigo y el hecho de vivir durante un periodo prolongado en una tienda de campaña hacen estragos en la salud mental: depresión, ansiedad y un sentimiento de vacío, de no saber qué va a pasar mañana. Es algo que se ve incluso en la forma de andar de la gente por la calle», relata.
Este problema afecta de forma desigual a adultos y niños. En los primeros, por ejemplo, al sentir que no pueden cuidar de sus familias. A los niños, en cambio, la vida como refugiados les niega la infancia, ya que «no tienen espacios sociales para relacionarse, los colegios están cerrados…», explica la coordinadora de MSF.
El combustible de la guerra
Cuando Alfredo Langa Herrero, investigador del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH), era delegado de la Cruz Roja en Sudán, cuenta que les advertían de que tuvieran cuidado con «los bandidos Yanyauid», un grupo de paramilitares «usado por el Ejército para cometer el genocidio de Darfur –una matanza sistemática de grupos no árabes que dejó cientos de miles de muertos– a partir de 2003».
De los Yanyauid surgieron las Fuerzas de Apoyo Rápido, el entonces brazo paramilitar del Ejército sudanés. Tras dar un golpe de Estado en 2019, las fuerzas armadas del país quisieron integrar a las FAR en el Ejército regular. Los paramilitares se rebelaron en abril de 2023 y comenzó la guerra. Langa cuenta que «no hay un bando legítimo, como se suele contar», sino que se trata del «Ejército regular y sus ex-paramilitares en una lucha de poder», ambos «islamistas militares».
«El oro y el petróleo no iniciaron la guerra, pero sí son el combustible y la causa de su deterioro»
La inestabilidad de la guerra, según Langa, beneficia a varias potencias internacionales por los recursos naturales que extraen de Sudán. El Ejército regular controla el petróleo y las FAR, el oro. Ambos tienen sus clientes: «Al Burhan (Abdelfattah al Burhan, jefe del Ejército de Sudán) tiene detrás a Egipto y Turquía, a China también le interesa el petróleo sudanés, y Dagalo (Mohamed Hamdan Dagalo, líder de las FAR), a Emiratos Árabes Unidos, que importa el 93% del oro del país».
«El oro y el petróleo no iniciaron la guerra, pero sí son el combustible y la causa de su deterioro», según el investigador del IECAH, que explica que una «democracia plena donde los sudaneses se beneficien de sus propios recursos sería muy malo para unos y para otros», por lo que «no ha habido prácticamente ningún proceso de paz serio desde los acuerdos del 2005 que terminaron con la independencia de Sudán del Sur».
Un futuro «malísimo»
La guerra no tiene visos de final, apunta el experto, a menos que haya intervención internacional. Relata que, anteriormente, ya hubo una misión internacional de la ONU y la Unión Africana en la región de Darfur –donde ocurrió el genocidio de 2003–, y que durante esa época «no había violencia para nada. En 2020 terminó y la situación se recrudeció». Lamenta que, hoy en día, no se ponga en marcha ninguna misión similar.
Explica, además, que en el Consejo de Seguridad de la ONU, «Rusia ha vetado hace poco varias resoluciones» en relación a la situación sudanesa y que actualmente «no hay mucho interés» en el tema. Sobre el futuro, Langa teme que el país pueda dividirse (como ya ocurrió entre Sudán y Sudán del Sur) y que de la escisión salga «un Estado controlado por las FAR y Dagalo», porque significaría «legitimar a un grupo paramilitar y eso sería malísimo».

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