Ni trapo de color ni delantal de cocina, cuando cambiar la bandera lo dice todo
Nueva Zelanda es un país multicultural enraizado en el Pacífico y depende cada vez más de Asia. Pero su bandera sigue hablando de colonización y propiedad británica. ¿Cómo influye esto en su identidad nacional? ¿Qué traerá el anunciado cambio de bandera?
El primer ministro neozelandés, John Key, ha anunciado la celebración de un referéndum en 2016 para votar el cambio de la bandera del país que fue izada por primera vez en 1869 y adoptada formalmente en 1902. Paralelamente al anuncio, expresó su deseo de que en la futura bandera deje de figurar la «Union Jack» británica en favor del «Silver Fern» -el «Helecho Plateado»-, emblema deportivo de Nueva Zelanda con el que se identifica y se emociona la totalidad de su población. En palabras de Key, habría llegado ya el momento de que la bandera deje de simbolizar un pasado colonial para apostar por un nuevo diseño que refleje el estatus de Nueva Zelanda como país moderno e independiente.
Pero cambiar una bandera no es un proceso sencillo. Una cosa es querer cambiarla y otra muy diferente poder hacerlo y dotarse de una nueva bandera que sea capaz de agitar los corazones y enfocar las mentes de las gentes. No faltan, por otra parte, comentaristas que apuntan que el debate de cambio de bandera es un truco barato, una cortina de humo para tapar las malas noticias. Sin embargo, por regla general, el debate sobre la identidad nacional raramente es razonado, suele ser muy emocional y los argumentos a favor y en contra se tornan viscerales.
Con todo, el cambio de bandera a día de hoy no está garantizado en Nueva Zelanda. En las últimas encuestas solo un 28% se mostraba favorable al cambio mientras que un 72% prefería mantener el actual status quo. En una encuesta similar realizada hace diez años, en 2004, el 42% de los encuestados manifestaban su deseo de cambio.
Argumentos a favor y en contra
Los defensores del cambio argumentan que la bandera actual es demasiado similar a la de Australia y que las dos se confunden a menudo. Todavía se recuerda la polémica que surgió en 1984, cuando el entonces primer ministro australiano, Bob Hawke, fue recibido oficialmente con la enseña de Nueva Zelanda al visitar Ottawa, la capital de Canadá. Como una bandera azul desfigurada, esta alude a Nueva Zelanda como una colonia o subparte del Reino Unido. Además, ignora la herencia maorí de Nueva Zelanda. Y no conecta emocionalmente con los neozelandeses, en comparación con el orgullo que expresan las banderas en otros países.
Quienes se oponen al cambio argumentan que la bandera «ha resistido la prueba del tiempo». Que representa históricamente los fuertes lazos de Nueva Zelanda con Gran Bretaña, la historia del país como parte del Imperio Británico y su ubicación en el hemisferio sur. Las propuestas alternativas, según los opositores al cambio, se centran demasiado en los maoríes y en diseños del Pacífico cuando la mayor parte de la herencia es anglosajona y celta. Y muy particularmente entre los veteranos de guerra, se recuerda que generaciones de neozelandeses han luchado y han muerto por esa bandera.
Entre estas dos posiciones, la realidad indica que Nueva Zelanda ha cambiado drásticamente desde el siglo XIX. Y más deprisa, si cabe, en los últimos veinte años. Ya no es una provincia británica aislada, sino un país independiente y pujante que, considerando el tamaño de su población -apenas 4,5 millones de habitantes-, a nivel internacional lo hace muy bien en casi todos los ámbitos de su esfuerzo. El movimiento político maorí es vibrante, y la capital económica, Auckland, es más diversa que Londres o Sidney. Los mercados abiertos y la proximidad con las economías emergentes de Asia han transformado al país de una economía agrícola proteccionista -basada en los privilegios de acceso a Gran Bretaña- en una economía globalizada.
Pero los símbolos no han cambiado tanto. Y Nueva Zelanda sigue viviendo en dos mundos separados. Por una parte, es una nación multicultural que hunde sus raíces en el Pacífico y depende cada vez más de Asia. Por otra parte, su bandera sigue hablando de la colonización y la propiedad británica. Y eso, a nivel de identidad nacional, trae consigo un contradicción evidente: ¿los neozelandeses son británicos o kiwis?
Abanderar un nuevo país
Por desgracia, mucha gente de las potencias mundiales jamás han oído hablar de Nueva Zelanda. Y quienes lo han hecho, la asocian a estereotipos como la selección nacional de rugby de los All Blacks, el kiwi -sea la fruta o el ave no voladora endémica de Nueva Zelanda- o a millones de ovejas. Una foto parcialmente correcta pero que no retrata, a día de hoy, la realidad del país.
Se debe constatar, así mismo, que la actual enseña de Nueva Zelanda no es muy popular entre la gente. Se supone que una bandera debe ondear y tener una potencia emocional y simbólica para que la gente la haga suya y la utilice. Su visibilidad es mínima y su uso está confinada a actos y edificios oficiales. Una bandera necesita ser instantáneamente reconocible y la de Nueva Zelanda, además de confundirse con la de Australia, es mucho menos reconocida que el «Helecho Plateado», emblema deportivo del país extensamente utilizado como símbolo por el Gobierno y numerosas marcas comerciales y turísticas.
En efecto, la bandera es una marca. Y un país exportador que compite a nivel global como Nueva Zelanda, necesita una enseña que sea fuertemente competitiva desde un punto de vista de símbolo, de icono. Y, además, tiene que conectar emocionalmente. El corazón tiene que latir más rápido a su avistamiento. El helecho de plata está grabado en la memoria de los grandes triunfos de los All Blacks, de atletas como Jack Lovelock y John Walker, de la increíble gesta del equipo de remo de ocho con timonel en los Juegos Olímpicos de Múnich en 1972. El helecho de plata evoca emoción, vísceras y genio.
No faltan quienes piensan que una bandera tiene que representar un gran diseño. Y la actual bandera de Nueva Zelanda, basada en la bandera de Gran Bretaña, es sencillamente un mal diseño, con confusión de ideas, mal compuesta, no original y temáticamente derivada.
«Helecho Plateado», icono de país
El «Helecho Plateado» es parte de la iconografía de Nueva Zelanda desde hace más de un siglo. Los All Blacks lo hicieron emblema oficial en 1893. Frente al lobby de los veteranos de guerra opuestos al cambio, sus partidarios recuerdan que fue un distintivo del Ejército neozelandés en la Primera Guerra Mundial y una insignia oficial de la Segunda División de Nueva Zelanda que combatió en la Segunda Guerra Mundial.
Si la función de una bandera es la visibilidad, el reconocimiento instantáneo y emocional, de la manera más potente, seguramente la bandera con el «Helecho Plateado» es el símbolo más fuerte que satisface a un mayor número de neozelandeses en un momento dado. Utiliza una sola imagen, tiene un gran alcance y señala al instante el país de origen.
Existe un último argumento asociado al cambio de los tiempos. Cambiar la bandera no sería el primer cambio simbólico impulsado por el Gobierno. En Nueva Zelanda se abolieron varios vestigios del pasado colonial, como los títulos de Caballero. Se estableció también la Corte Suprema de Nueva Zelanda. Cambiar ahora la bandera no sería algo contradictorio con los cambios operados hasta ahora. Tampoco sería, por definición, la defensa de una conversión automática de Nueva Zelanda en República. Aunque con conexiones de otro tiempo, este es otro tema, y afrontar ese debate requerirá otra mayoría en el país. Ejemplo de las contradicciones del panorama político neozelandés, el primer ministro actual se muestra partidario del cambio de bandera y, a su vez, defiende fervientemente que la reina Isabel siga siendo jefa de Estado.
Sí, los tiempos cambian. A su ritmo, con sus altibajos, pero desde la distancia parece claro que una enseña con el helecho plateado combina el pasado, el presente y el futuro de Nueva Zelanda en un símbolo emocional muy potente. Una bandera da energía y un sentido. Una nueva bandera daría a Nueva Zelanda nueva energía y el sentido de la independencia y la autodeterminación, acordes con este nuevo milenio.
También en Euskal Herria lo simbólico tiene una enorme importancia política
Que el nuestro es un país peculiar pocos lo ponen en duda. Y si nos atenemos a los nombres, a los símbolos y a los himnos que nos representan, las complicaciones se multiplican. Tenemos cinco nombres como país: Euskal Herria, Euskadi, Vasconia, Navarra y Nabarra. Para algunos el país tiene tres provincias, para otros cuatro, para los más, siete. Y no hace mucho algunos insistían en que eran seis. Como mínimo, tres banderas -la ikurriña, la del Viejo Reino y el Arrano Beltza- y al menos cuatro himnos: el «Euzko Abendaren Ereserkia» (popularmente conocido como «Gora ta Gora»), el «Gernikako Arbola» el «Himno de las Cortes de Navarra (o Nabarra) y el pretendido por algunos «Eusko Gudariak». Una foto enrevesada que genera ciertos debates a veces kafkianos y otras veces alejados de la construcción de espacios comunes que den suelo al proyecto colectivo.
Ciertamente el debate sobre las banderas y los símbolos suele ser, en general, muy feroz y emocional. La elección de nuevos símbolos no es fácil y puede llegar a ser agonizante. Pero conviene remarcar que lo simbólico siempre es muy político y que distintos países, en diferentes momentos históricos, han sabido enfocar el debate con pasión y con una argumentación sólida. Los tiempos cambian, las generaciones se renuevan, nuevos puntos de partida aparecen y los viejos consensos se desvanecen. Llegará el momento, claro que llegará, en el que este país tendrá que abordar debates de ese tipo. La construcción de un nuevo país, de un nuevo futuro, desde un nuevo punto de partida de soberanía y libertad, así lo exigirá. Y habrá que abordarlo con tranquilidad y genio creativo. M. Z.