Scioli plantea gestos de cambio en la antesala electoral
El candidato del Gobierno definió un gabinete distante de los sectores más cercanos a Cristina Fernández con la mirada puesta en ganar votos de independientes que le ayuden a evitar una segunda vuelta con Mauricio Macri. Crece la expectativa de conflicto futuro con el kirchnerismo más radicalizado.
La única certeza para las presidenciales del domingo en Argentina es que el candidato del kirchnerismo, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli, ganará las elecciones. Lo impredecible es si logrará ser presidente electo ese mismo día o si deberá jugar su suerte en una segunda vuelta con el candidato opositor más votado, Mauricio Macri.
Nadie duda que Scioli obtendrá cerca del 40%, pero tampoco que quien lo secunde logre mucho menos de 30%, y por el engorroso sistema electoral local –en el que hay segunda vuelta si el primero consigue entre 40% y 45% con menos de 10 puntos de diferencia con el que le sigue–, es imposible garantizar una resolución el mismo domingo.
Uno de los motivos por los que Scioli tiene problemas en elevar el techo de su intención de voto es su pertenencia al kirchnerismo y la fuerte presencia de la presidenta Cristina Fernández en la campaña. Pero también es el motivo por el cual alcanza los 40 puntos: el partido del Gobierno aún ostenta el apoyo fiel de no menos de un tercio del electorado.
Sin embargo, a sabiendas de que las elecciones en este país se ganan moviéndose al centro y, en esta coyuntura, mostrando la posibilidad de habilitar cambios tras 12 años con el mismo partido en el Gobierno, Scioli comenzó en el tramo final de la campaña un proceso de diferenciación con respecto a las formas y fondos del kirchnerismo más dogmático, que promete ocasionarle conflictos en el futuro si le toca gobernar.
Gestos sordos de ruptura
Scioli, quien ingresó a la política de la mano del expresidente neoliberal peronista Carlos Menem, es el típico político profesional que ha sabido mantenerse en escena gracias a evitar confrontaciones y exabruptos. Por ello, no sorprende que exhiba una ruptura con el legado que le deja la presidenta de forma simbólica, con metamensajes y fotos.
El más claro es el Gabinete: en las últimas tres semanas dio a conocer casi la totalidad de las personas que ha eligido para que le acompañen en caso de ganar. No hubo sorpresas entre los nombrados, pero tampoco guiños al kirchnerismo más duro (identificado con la organización La Cámpora, que dirige el hijo de la presidenta). El jefe del Gabinete (una especie de primer ministro) será Alberto Pérez, el mismo que tuvo en la gestión provincial. La ministra de Hacienda sería Silvina Batakis, quien no comparte precisamente estilo con el controvertido actual titular, Axel Kicillof.
El ministro de Justicia elegido es Ricardo Casal, un tiro al corazón de la izquierda discursiva kirchnerista: como responsable provincial, Casal estuvo acusado siempre por ese ala interna de mantener una política laxa con la Policía bonaerense (violaciones a los derechos humanos incluidos) y de permitir excesos y corrupción en las fuerzas.
En el futuro Gabinete sciolista permanecerían dos colaboradores de la presidenta, pero no precisamente del «ala dura»: Diego Bossio (de la caja de Seguridad Social a la de Fomento) y, como ministro de Seguridad, Sergio Berni el hombre acusado de manipular la escena en el departamento en el que en enero pasado murió (o fue «asesinado», ya que la Justicia aún no lo ha determinado) el exfiscal Alberto Nisman.
Sugestivamente, Scioli se reserva la confirmación de unas pocas carteras clave, como la Cancillería. Quien suena fuerte para ese cargo es el gobernador reelecto de Salta, Juan Manuel Urtubey. Otro gesto de diferenciación, ya que Urtubey representa a la facción peronista más liberal y conservadora (en su provincia promovió la educación religiosa en la escuela pública).
Modificar lo que plazca
En declaraciones a GARA, el portavoz de campaña de Scioli, Jorge Telerman, señaló, sin eufemismos, que el heredero de Cristina Fernández no protegerá «el relato» (como aquí se denomina al dogma kirchnerista) si de ello depende mantener el poder.
«Todo aquello que haya que cambiar, se cambiará. Argentina está en una inmejorable condición de emprender políticas de desarrollo y no necesita políticas de shock ni de ajuste», aseguró Telerman, quien agregó que Scioli buscará sanear la situación económica «generando condiciones de rentabilidad a los sectores económicos, con calidad educativa y muchas más medidas».
Respecto a la coexistencia con La Cámpora, fue evasivo al afirmar que «esas son cosas que dice la oposición», aunque envió un mensaje tajante: «La verdad ya se ve en el Gabinete, cuya conformación anunciada responde a Scioli. Será un Gobierno conducido por él y acompañado por el resto. La interna se ordena con facilidad, esto es gobernar y mantener el poder, no como otras fuerzas políticas que así les fue (en alusión a las coaliciones no peronistas)».
En política exterior, Telerman no quiso brindar precisiones, aunque prometió «generar la mejor relación con todos los países, con mucha particularidad en nuestra región». Pero al consultarle por el posible TLC entre la UE y el Mercosur, respondió que «es una cuestión muy específica que va con el ejercicio del Gobierno». Sobre la propuesta de Macri de exigir al Gobierno de Venezuela la liberación del opositor Leopoldo López, sorprendió con una respuesta neutral: «No es momento, de aquí a las elecciones el interés nuestro está especialmente en lo local».
En caso de ganar, Scioli controlará el Senado y la Cámara de Diputados con mayoría absoluta, gracias a propios y aliados, pero deberá hacer un sensible equilibrio, ya que La Cámpora tendrá alrededor de 25 diputados en el nuevo Parlamento, una convivencia que se avizora difícil a partir de lo que sus propios miembros ya relatan fuera de micrófonos. El domingo se sabrá si su ambigüedad estratégica dio resultado.